El Territorio Esequibo, Gran Bretaña, Guyana y la validez de la reclamación venezolana

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Foto: Milangela Galea.

No creo que haya duda de que Venezuela ha sido un país poco afortunado en la defensa
de sus islas vecinas y sus territorios limítrofes. Pero también conviene hacer notar que los
gobiernos venezolanos han sido a veces descuidados en defender unas y otros; y sobre todo en aprovechar ocasiones y contextos favorables para hacerlo.

Es que Venezuela no parecería haber entendido nunca del todo que, ante un vecino
ambicioso, los territorios fronterizos no sólo se defienden con derechos y tratados
previamente acordados o, llegado el caso, con las armas, que es lo más problemático y
menos recomendable, sino sobre todo con lo que, además de ser fundamental, es más
sencillo: simplemente con población, ocupándolos y colonizándolos en paz en previsión de
cualquier futura amenaza. Un territorio ajeno desocupado o apenas ocupado es una
tentación para cualquier país vecino en expansión poblacional dispuesto a ocuparlo, o para
cualquier potencia colonialista o imperial que desee hacer lo mismo por ambiciones,
rivalidades o intereses geopolíticos. Los ejemplos cercanos de Estados Unidos con el
territorio mexicano de Texas en el siglo XIX y de Brasil con el territorio boliviano del Acre
a comienzos del siglo XX son paradigmáticos.

I BREVE INTRODUCCIÓN.

VENEZUELA, ISLAS VECINAS Y FRONTERAS

Por eso me gustaría empezar haciendo una breve referencia a lo que serían los dos casos
principales y más tempranos relativos a este tema, ambos ocurridos en la Venezuela
colonial. En los dos la responsabilidad principal o total fue de España, ya que nuestro país
era entonces colonia suya y dependía de la fuerza política y militar y de la decisión con que
ella actuara en su defensa, pero en los que, por ausencia de ésta, la perjudicada fue al cabo Venezuela, que vio reducido su potencial territorio por la pérdida sucesiva de dos
importantes grupos de islas vecinas. Me refiero por supuesto a los casos de Curazao, Aruba
y Bonaire, y de Trinidad (y Tobago).

La pérdida de Curazao, Aruba y Bonaire, asaltadas por Holanda

Desde el mismo siglo XVI y sobre todo a lo largo de los siglos XVII y XVIII las nuevas
potencias coloniales que iban apareciendo en Europa, como Holanda, Francia e Inglaterra,
enfrentadas a España, empezaron a cuestionar y a hacer frente a la hegemonía que el
Imperio español o hispano-portugués ejercía sobre los mares. Esas nuevas potencias
europeas se estaban desarrollando como potencias marítimas. Contaron pronto con flotas y
corsarios, y empezaron a disputarle mares, islas y hasta tierras firmes a España y a Portugal.

A Portugal se lo enfrentó sobre todo en Oriente, en el Índico, lo que no viene al caso ahora,
y a España en Occidente, en el Atlántico. El Caribe, centro del poder español, se convirtió a
lo largo de esos tres siglos en un auténtico campo de batalla en el que piratas y corsarios
atacaban ciudades portuarias y enfrentaban a las flotas y galeones españoles, mientras
barcos comerciantes y negreros que a menudo eran los mismos, se dedicaban al
contrabando y a la trata de esclavos africanos.

El siglo XVII fue clave en esto. Para moverse con libertad en el Caribe, esos países
necesitaban territorios que sirvieran de base a sus operaciones, o de puertos para sus barcos.

El Caribe estaba -y está- lleno de islas de diversos tamaños; y España no estaba entonces en condición de defenderlas, sobre todo a las menores, que eran la mayoría y en las que la
población española escaseaba. Francia se apoderó de varias de ellas, y también lo hizo
Inglaterra, que hasta logró adueñarse de Jamaica, una de las grandes. Pero me interesa
ahora sólo Holanda que, en medio de una larga guerra contra España por su independencia, llevó esa guerra al Caribe y a la costa septentrional de Sudamérica en la que en esos comienzos del siglo XVII se apoderó de parte del territorio poco poblado de Guayana, el cual, con altibajos, mantuvo ocupado desde entonces hasta comienzos del siglo XIX. Y en 1634 una modesta flota de barcos piratas holandeses se apoderó de Curazao, isla vecina de Venezuela y asociada estrechamente a su territorio y a su historia, también poco poblada y mal defendida, sin que España hiciera nada por enfrentar esa invasión.

Holanda utiliza a Curazao como base de operaciones para sus barcos contrabandistas y
negreros y la isla es convertida en centro importante del tráfico de esclavos. No hubo, pues, respuesta española, y fue la colonia venezolana la que intentó recuperar Curazao en años ulteriores, pero sin éxito. El gobernador Fernández de Fuenmayor, que defendió La Guaira de un ataque de piratas ingleses y atacó a los piratas holandeses en el Lago de Maracaibo, lo intentó en 1642 preparando una flota para recuperar la isla. Pero el intolerante obispo Mauro de Tovar, enfrentado a él en una rivalidad feroz por el poder, saboteó la expedición amenazando de excomunión a los que en ella participaran. Después de eso nada más se hizo. Y Curazao se quedó holandesa desde 1634 hasta hoy.

La pérdida de Trinidad, cedida por España a los ingleses

El caso de Trinidad a fines del siglo XVIII con la Gran Bretaña es más complejo. Aunque
avistada por Colón en 1498, Trinidad fue subestimada y poco poblada por los
conquistadores españoles. Lo mismo sucedió con la Guayana venezolana. La dominación
ejercida por España sobre ella fue inestable y confusa. Pero lo fue más sobre Trinidad, y así
se mantuvo hasta fines del siglo XVIII. Había entonces allí pocos españoles y la principal
población de la isla la formaban indígenas, esclavos negros prófugos y emigrados franceses
provenientes de otras islas. Ese descuido y casi abandono de Trinidad por los españoles,
que apenas tenían en ella una pobre guarnición mal armada, era una invitación a la invasión inglesa, que se produce en 1797. El desarmado gobernador Chacón se rinde sin lucha y sin que España hiciera nada para impedir la invasión ni para recuperar la isla. Y nada hicieron tampoco la Capitanía General de Venezuela y el Virreinato neogranadino, a los que al parecer poco o nada les importaba entonces Trinidad. Cinco años más tarde, en 1802, la isla se convierte en colonia inglesa por el tratado de Amiens, que España firma con la Gran Bretaña. Y la futura Venezuela independiente quedó fuera del caso.
Y aquí hay algo que quiero destacar porque, pese a que rara vez se lo menciona o se lo
relaciona con la ambición inglesa sobre el territorio guayanés, lo cierto es que en mi
opinión el control previo de Trinidad, seguido en el siglo siguiente por disponer de la
Guayana inglesa, fue clave para impulsar el ulterior proyecto colonial inglés de apoderarse
del territorio esequibo, de la mitad de la Guayana venezolana y de las bocas del Orinoco,
los cuales, reunidos con su Guayana inglesa al sureste y con su vecina Trinidad al norte,
podían conformar un potencial, enorme y estratégico territorio colonial británico.

Y quizás no esté de más señalar así sea de paso, ya en tiempos de la Venezuela
republicana independiente de los siglos XIX y XX, lo que sucede con la definición de los
límites de nuestro país con la Nueva Granada (luego República de Colombia). Porque en
ese caso Venezuela no perdió islas o territorios isleños potenciales sino territorios reales
situados en tierra firme.

El caso republicano de la delimitación de fronteras con Colombia

El primer Tratado que se firmó, en tiempos de Páez, apenas disuelta la Gran Colombia
bolivariana: el Tratado Michelena-Pombo, en 1833, mantenía la frontera neogranadina lejos
del Orinoco y dividía la Goajira prácticamente en dos mitades. Pero el Congreso
venezolano, que reclamaba más territorio en la Goajira, cometió el grave error de
rechazarlo.

El problema limítrofe quedó por definirse; y así se mantuvo, sin llegar a un acuerdo, a
todo lo largo del siglo XIX mientras Colombia, después de revisión de papeles y planos,
reclamaba más territorios en la Goajira y en los llanos. Agotadas las negociaciones
bilaterales, se propone un arbitraje; y Guzmán Blanco lo acepta en 1883. Pero como el
árbitro aceptado por él, que es el rey de España Alfonso XII, muere, Guzmán acepta en
1886 que lo reemplace su viuda, la reina regente María Cristina, cometiendo el grave error
de darle carácter de árbitro arbitrador. Apoyada en mapas y planos de una Comisión
bilateral, la reina emite en 1891 un Laudo favorable a Colombia que amplía la parte de la
Goajira ahora reclamada por ésta y los territorios que reclama en los llanos y en la vecindad del Orinoco. Y la perjudicada Venezuela se ve forzada a aceptar tal decisión dado el carácter de árbitro arbitrador que Guzmán había aceptado se le diera en ese caso a la reina.

La situación se complica en las décadas siguientes del siglo XX. Hay tensiones; y como
los nuevos intentos de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos países resultan
infructuosos, se apela entonces a un nuevo árbitro, esta vez suizo, y la decisión suiza,
emitida en 1922, favorece también a Colombia.

Se sigue discutiendo, negociando y nombrando comisiones. Y es ya en tiempos de López
Contreras que se redacta al fin un nuevo tratado bilateral que quiere ser definitivo. Se lo
titula Tratado sobre demarcación de fronteras y navegación de los ríos comunes entre
Venezuela y Colombia, y lo firman en Cúcuta el 5 de abril de 1941 los presidentes López
Contreras y Eduardo Santos en nombre de sus respectivos gobiernos.

El Tratado era por supuesto desfavorable a Venezuela. De la media Goajira del Tratado
Michelena-Pombo, a Venezuela le quedó sólo la estrecha franja que termina en Castillete y
se aceptó también la pérdida territorial en los llanos de Arauca y Meta que además hacía
que Colombia llegara al margen izquierdo del Orinoco.

II LA LARGA BATALLA DE VENEZUELA POR EL TERRITORIO ESEQUIBO,
LA GUAYANA VENEZOLANA Y LAS BOCAS DEL ORINOCO

Pero el caso principal, el más grave de todos, es el del territorio esequibo venezolano
usurpado por Gran Bretaña en el siglo XIX como parte de un enorme proyecto colonialista
imperial inglés que ampliaba el territorio de la Guayana inglesa incluyendo en ella el
territorio esequibo venezolano con parte de la Guayana venezolana y con las bocas del
Orinoco (y, como apunté antes, todo conectado además con su cercanía a Trinidad,
entonces también colonia suya.)

Sobre este importante tema se ha escrito y discutido mucho. Existe una enorme
bibliografía, tanto vieja como reciente; textos, documentos y declaraciones de la cancillería
venezolana de los siglos XIX, XX y XXI, y numerosos estudios, artículos y ensayos, muchos
de ellos realmente indispensables. En consecuencia, mi idea en este corto texto que me ha
sido solicitado por la Escuela Venezolana de Planificación no es repetir todo esto ya sabido
y en general bastante bien analizado. Sólo intento resumir en forma breve las etapas del
proceso, desde sus orígenes hasta el presente, detenerme en sus hechos más relevantes,
examinar algunas perspectivas posibles, y sobre todo dar una visión de conjunto de esas
etapas y esos hechos, que a menudo se descuida o se olvida en muchos de esos análisis.

El siglo XIX: una larga lucha contra la agresión británica

En 1841 el problema estalla en casi todo su explosivo alcance. Venezuela descubre en
forma sorpresiva que los ingleses han corrido los límites de la Guayana inglesa, para ese
entonces su colonia, que terminaban en la margen derecha del río Esequibo, no sólo
haciéndolos abarcar el territorio reconocido hasta entonces por ellos como venezolano, que
iba desde la margen izquierda de ese río hasta la provincia venezolana de Guayana, sino
incluyendo también un trozo de esta última en el despojo, para culminar apoderándose de
las bocas del Orinoco, quedando todo el conjunto demarcado como territorio de la Guayana
inglesa, es decir, como dominio físico de la Corona imperial británica. Así, abiertamente,
luego de un tramposo y solapado corrimiento de límites, el colonialismo inglés despojaba a
Venezuela de su territorio esequibo, de parte de su provincia guayanesa, de la
desembocadura de su principal río, y del libre acceso por su intermedio a las aguas del
Océano atlántico.

Aquí, para entender bien la agresión británica contra Venezuela y la forma en que
evoluciona a partir de ese momento, habría que recordar y dejar en claro al menos cinco
cosas importantes: cómo y de dónde surge esa Guayana inglesa limítrofe con Venezuela;
quién y con qué autoridad es el autor de ese corrimiento de límites a favor de Gran Bretaña, dueña de la Guayana inglesa, y en contra de la desprevenida Venezuela; cuál es la reacción del gobierno venezolano ante esta sorpresiva agresión; cómo actúa el gobierno británico en la Guayana inglesa en las décadas siguientes; y cuáles son las fuentes de la actitud colonialista original de la Gran Bretaña con relación a la Guayana venezolana y las bocas del Orinoco y cómo siguen alimentando el renovado proyecto colonial guayanés de la
poderosa Inglaterra imperial del siglo XIX.

La entrada en escena de la Guayana inglesa

Conviene recordar, o explicar a quienes no conocen bien el tema, de dónde y cómo
aparece de pronto esa Guayana inglesa que tiene en el siglo XIX límites con Venezuela.
Porque durante los siglos XVI, XVII, XVIII y los comienzos del siglo XIX, es decir, antes de
la Independencia, cuando Venezuela era colonia de España, no existía ninguna Guayana
inglesa y del lado de la Guayana venezolana el límite venezolano era con la entonces
llamada Guayana holandesa, porque eran los holandeses los que en el contexto de su guerra contra España la habían despojado de ese territorio situado al oriente de nuestro país y se habían instalado desde la segunda década del siglo XVII en él como amos y colonizadores del mismo. Y en los siglos XVII y XVIII, antes de que se creara la Capitanía General deVenezuela en 1777 y España definiera los límites venezolanos, quedando claro  que llegaban hasta el margen izquierdo del Esequibo, esos límites no estaban claramente
definidos, además de que esos territorios tampoco estaban muy poblados por los españoles. Por eso los invasores holandeses se movían con libertad a ambos lados del Esequibo y penetraban con frecuencia hasta la Guayana venezolana, que tampoco estaba muy ocupada por el poder español. Y en ella negociaban; y armaban a los caribes, que se enfrentaban entonces a los españoles y atacaban con frecuencia tanto a las misiones de capuchinos y jesuitas, que eran los únicos ocupantes españoles permanentes de la Guayana venezolana como a los pueblos de los cercanos llanos guariqueños.

Así, la Guayana inglesa sólo aparece en 1814, porque al finalizar las guerras
napoleónicas, Holanda le cede a Inglaterra sus territorios de Guayana que más que una
colonia sola eran tres colonias definidas y relacionadas: Esequibo, Berbice y Demerara; y
se quedan solamente con la parte llamada Surinam, que marca desde entonces la frontera
oriental de esa nueva Guayana inglesa. En 1815 los ingleses reúnen esas tres colonias y
forman con ellas la Guayana inglesa, que llega entonces hasta la margen derecha del
Esequibo y limita con el territorio guayanés venezolano que comenzaba en la margen
izquierda del río. Inglaterra reconoce entonces de hecho esa frontera establecida en 1777
por la monarquía española al definir los límites de Venezuela como parte del Virreinato de
Nueva Granada. Pero a partir de los años treinta del pasado siglo XIX los ingleses deciden
precisar, ampliándolos por su cuenta y sin consultar con su vecino, los límites del territorio
de la Guayana inglesa, incrementándolos a expensas de una Venezuela que lo mantiene
como límite legal y reconocido por Gran Bretaña, pero que no lo ocupa poblacionalmente
para protegerlo de ese voraz colonialismo británico que tiene por vecino, porque parece
confiar en las aparentemente buenas relaciones que mantiene con el gobierno imperial
inglés.

El corredor de límites y sembrador de pilotes

Alemán, hijo de predicador, agricultor y comerciante poco exitoso en Virginia y en las
islas Vírgenes, convertido luego en botánico y en geógrafo, Robert Hermann Schomburgk
fue el que tuvo a su cargo la delimitación de las fronteras, no siempre muy claras, de la
Guayana inglesa. Había escrito antes un informe sobre las islas Vírgenes que impresionó
por su calidad a la Real Sociedad Geográfica londinense; y ésta, por recomendación de
Humboldt, lo envió en 1835 a la reciente colonia británica de Guayana a hacer estudios de
botánica y de geografía. Entregado al servicio de Inglaterra e interesado en obtener la
ciudadanía británica, Schomburgk regresa en 1839 a Londres con un estudio geográfico
sobre Guayana y un nenúfar gigante que ha descubierto por casualidad en 1837 en un lago
o pantano selvático guayanés y que ha dedicado a la joven reina Victoria bautizándolo
como Victoria regia. Satisfecha, la Real Sociedad Geográfica lo envía de nuevo a Guayana
en 1840 a definir los límites de la colonia inglesa con Venezuela; y aprovechando las
imprecisiones y la escasa población del territorio esequibo venezolano, empieza a
desconocer los derechos de Venezuela sobre ese territorio. Y en los límites que le asigna a
la hipertrofiada Guayana inglesa, incluye no sólo todo el territorio esequibo venezolano y
una tajada de la propia Guayana venezolana, sino que lleva el límite septentrional de la
expandida colonia inglesa hasta la punta Barima y las bocas del Orinoco, fijando en aguas
del río pilotes y marcadores con la corona inglesa y la figura de la reina. Esta vez lo que le
ofrece Schomburgk a Victoria no es un nenúfar gigante sino un territorio ajeno muchísimo
más grande. Ha corrido los límites guayaneses con toda libertad a expensas del casi
despoblado territorio esequibo venezolano y desencadenando así el problema limítrofe de
Venezuela con el Imperio colonial inglés.

Como es de suponer, Schomburgk es premiado con honores a su regreso a Londres en
1842; la Real Sociedad Geográfica lo felicita por su trabajo; se le publica su libro
Description of the British Guiana; se le concede la ciudadanía británica; Victoria le otorga
un título de nobleza en 1845, y pronto entra a formar parte del servicio diplomático
británico.

El defensor de Venezuela

Aunque hubo indicios tempranos, en tiempos de la Gran Colombia, de que Inglaterra
estaba ya ocupando territorio esequibo venezolano, y el embajador de entonces en Londres, José Rafael Revenga, por orden de Bolívar hizo un reclamo a Inglaterra en 1822, la cosa no pasó de allí. Y fue Alejo Fortique quien tuvo a su cargo librar la primera gran batalla que llevó a cabo el gobierno venezolano apenas se tuvo conocimiento en Venezuela del resultado de la actividad de Schomburgk. Fortique, reconocido abogado, político y
diplomático venezolano, es desde 1839 ministro plenipotenciario de Venezuela ante la Gran
Bretaña, ocupado por cierto de resolver diversos problemas relativos a deuda y tratados con Inglaterra, y hasta de reconocimiento de la independencia venezolana por el gobierno
español. Sobrecargado de trabajo, porque no cuenta con un secretario permanente que lo
ayude, Fortique asume el problema y mediante un esfuerzo sostenido y una tenacidad
admirable logra que Lord Aberdeen, el Ministro de Exteriores británico, acepte
formalmente su reclamación y le asegure (lo que era mentira) que los pilotes de
Schomburgk en Punta Barima no constituían un límite definitivo y podían ser discutidos
cuando se discutiera un ulterior tratado de límites entre ambos países. Lo mismo dijo en
Caracas O´Leary, que ya no era edecán de Bolívar sino embajador de Gran Bretaña. Pero al menos Fortique logra de Aberdeen que acepte quitar los pilotes y marcadores de la
desembocadura del Orinoco ordenando al gobernador guayanés que así lo haga.

Pero agotado por su inmenso y solitario trabajo, Fortique enferma y muere en 1845. No
hay más discusión; y después de un acuerdo firmado en Caracas entre el representante
diplomático británico y el ministro de exteriores de Venezuela, Inglaterra da por congelado
el problema en 1850. Es la primera congelación del diferendo; y desde entonces no hay más protestas de Venezuela ni se intenta por ninguna de las dos partes presentar proyectos de delimitación de territorios en Guayana.

Y es que en Venezuela se ha venido incubando una profunda crisis política y social. A los
gobiernos conservadores de Páez y Soublette en los años cuarenta, suceden en los cincuenta los gobiernos liberales de los Monagas en los que la crisis se precipita y lleva al estallido de la sangrienta Guerra federal. Venezuela no se ocupa en esos años de la Guayana inglesa ni del Esequibo y es sólo después de la Guerra federal que empieza a retomar el tema. El gobierno de Falcón envía en 1866 a Guzmán Blanco a Europa a contratar un empréstito y a reanudar conversaciones con Gran Bretaña sobre el tema guayanés. Guzmán negocia el
cuestionado empréstito, pero no encuentra ocasión de retomar el tema con los ingleses. Y
sólo lo retoma en varias ocasiones durante las dos décadas siguientes, las de los setenta y
ochenta, en las que gobierna en forma autoritaria el país, ya sea actuando como presidente, ya sea haciéndose nombrar ministro plenipotenciario en Europa en los intervalos entre sus sucesivas presidencias.

El solapado e indetenible avance británico en Guayana

Pero como el asunto de los límites había quedado abierto desde 1850, los ingleses han
seguido ocupando y poblando el territorio usurpado en el Esequibo mientras Venezuela,
dominada por su drama interno, no hacía nada y ni siquiera intentaba ocupar su propio
territorio esequibo. Ya desde 1777, al constituirse la Capitanía General de Venezuela,
España había señalado que el territorio de ese lado del Esequibo era venezolano, pero que
no pensaba poblarlo. Es decir, que el territorio estaba prácticamente libre, Venezuela nunca
lo ocupó, porque al parecer no había venezolanos interesados en poblarlo ni gobierno que
intentara interesarlos en ello. Mientras tanto, los ingleses lo seguían explorando y sobre
todo ocupándolo, con pobladores traídos de sus colonias asiáticas y africanas.

Así, el territorio de la Guayana inglesa sigue aumentando silenciosamente a diario a
expensas de Venezuela. El límite occidental trazado por Schomburgk, que terminó siendo
conocido como Línea Schomburgk, había sido ampliado luego de que éste dejara Guayana.
De modo que, si inicialmente abarcaba cincuenta mil millas de territorio venezolano, fue
llevado mediante esos avances hasta ochenta mil millas, lo que significaba que el límite
Schomburgk entraba abiertamente en nuevas zonas de la Guayana venezolana. Porque esas treinta mil millas nuevas empezaban a abarcar las cercanías de Upata y parte de las minas de oro de El Callao, que desde la segunda mitad de esos mismos años cuarenta estaban en plena explotación de la riqueza aurífera guayanesa; y reafirmaban más al norte la ilegal propiedad británica de las bocas del Orinoco.

Cerca de Punta Barima se denuncia la instalación de una garita con bandera británica
mientras barcos ingleses empiezan a hacerse ver abiertamente en el canal principal del gran río, y también en el vecino Caroní. Los ingleses instalan empresas en la Guayana
venezolana y empiezan a tratar amistosamente con los indígenas guayaneses intentando
ganarse su apoyo para basar en él su dominio sobre el territorio venezolano. Como puede
verse, se trataba de un proyecto colonial en forma.

La fuente de todo: Walter Raleigh

Y es que todo el ambicioso plan colonizador británico de apoderarse de Trinidad,
Guayana, el Caroní y el Orinoco, viene del tiempo de la colonia española, y tuvo como
promotor y primer protagonista a Walter Raleigh.

Como recordé antes, Trinidad y Guayana fueron territorios descuidados por los españoles
a lo largo del siglo XVI. Trinidad estuvo casi abandonada. En Guayana el primer
conquistador que exploró el Orinoco, sin consecuencias, fue Diego de Ordaz, ex compañero
de Cortés, y eso en 1531. Los pocos intentos que siguieron fracasaron sobre todo por los
ataques de los caribes. El cuadro cambia con la llegada del mito del Dorado en el último
tercio del siglo XVI. El mito había venido pasando de la meseta bogotana al Perú, y luego
del saqueo de la riqueza de los incas por Pizarro y Almagro, se desarrolló la idea de que
incas sobrevivientes a ese saqueo habían huido a la selva amazónica o al norte argentino
con su oro para fundar nuevas ciudades ocultas a la codicia insaciable de los españoles. Y
tras nuevas búsquedas infructuosas, ese fantástico Dorado terminó trasladándose de la selva amazónica a la Guayana venezolana, donde se convirtió en el mito de Manoa, la ciudad del oro, vecina de un lago dorado, y rodeada de altas montañas que relumbraban con el sol.

El ya viejo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, inicia en 1568 esa búsqueda por el
Meta. Pero tras su fracaso y muerte, Antonio de Berrío, esposo de su sobrina y heredera,
reanuda desde 1583 la búsqueda y exploración de Guayana y Trinidad a lo largo de varios
años, sin hallar a la oculta Manoa, pero fundando un pueblo en el margen del Orinoco y
otro en Trinidad. Son los dos primeros pueblos que los españoles fundan en Guayana. La
aparición en 1595 de Walter Raleigh cambia todo. Al frente de una pequeña flota bien
armada, Raleigh, noble, intelectual, poeta, guerrero y famoso corsario inglés, llega con un
fantasioso proyecto capitalista de colonizar Guayana para la reina Elizabeth de Inglaterra,
expulsando a los españoles, aliándose con el mítico cacique dorado de Manoa y ganando
para su reina el apoyo de los indígenas guayaneses, enemigos y adversarios de los voraces
españoles.

El proyecto fracasa en lo inmediato, pero Raleigh deja un interesante libro, el Discovery,
publicado en ese mismo año 1595, que cuenta en forma acomodaticia su hazaña guayanesa; que se leyó mucho en Inglaterra; y que fue resucitado en el siglo XIX en el contexto del moderno proyecto colonizador e imperial británico que cobra forma pública desde 1841.Y vale la pena recordar que Schomburgk leyó a Raleigh, que además hizo una cuidadosa reedición del Discovery con introducción y notas explicativas suyas en 1848, y que el libro y los textos y mapas de Raleigh van a ser citados y utilizados por los ingleses que decidirán con sus pares estadounidenses en París en 1899 sobre el problema de límites entre Venezuela y Gran Bretaña, dueña de la Guayana inglesa.

El desenlace: crisis, mediación y sesgada decisión final

En los años setenta y ochenta del siglo XIX, décadas del dominio de Guzmán Blanco
sobre Venezuela, el problema de ésta con la Gran Bretaña se agrava. La actitud inglesa se
hace cada vez más arrogante y agresiva, por lo que Venezuela abandona su actitud
conciliadora y se decide a responder. Unas veces como presidente de su país y otras como
enviado plenipotenciario, Guzmán, siempre sacando ventajas personales, tiene un papel
importante en la defensa de los derechos venezolanos que se lleva entonces a cabo, lo
mismo que lo tuvieron esos altos funcionarios venezolanos que fueron Rojas, Seijas,
Calcaño, Camacho y Soteldo, unos como cancilleres o ministros plenipotenciarios y otros
como embajadores en Gran Bretaña o Estados Unidos.

El resultado de este enorme esfuerzo es nulo porque todo intento de revisión de límites, de
acuerdo y de tratado propuestos por Venezuela es rechazado por Inglaterra. Venezuela se
decide entonces a exigir un arbitraje, lo que Inglaterra rechaza, y desde mediados de los
setenta empieza a pedir el apoyo de Estados Unidos basado en la Doctrina Monroe. Pero
esto no es fácil porque Estados Unidos responde que sólo aceptaría ser mediador en caso de que ambos gobiernos enfrentados así se lo pidieran y es claro que Inglaterra por principio no acepta el arbitraje. Y menos para que un país inferior como Venezuela intente colocarse a su altura. De manera que las cosas empeoran, mientras Venezuela se ve forzada a pasar casi dos décadas pidiendo ese apoyo a Estados Unidos. Y en diciembre de 1886, ante nuevas e inaceptables agresiones inglesas en la Guayana venezolana y las bocas del Orinoco, en las que circulan barcos de bandera inglesa y agentes ingleses reponen postes como marcas de propiedad británica, Venezuela rompe todo tipo de relaciones con la Gran Bretaña. Así se lo hace saber el presidente Guzmán Blanco al representante británico en Caracas, Saint John, en una tensa reunión entre ambos. La ruptura de relaciones se hace efectiva el 21 de febrero de 1887.

Las razones de la indecisión estadounidense no son difíciles de descubrir. Estados Unidos
tiene perfectamente claro el serio peligro que para sus viejos planes de dominio sobre el
continente americano basados en la doctrina del Destino Manifiesto (y en la proclamada
pero apagada Doctrina Monroe) constituye el proyecto colonialista británico. Porque ese
proyecto pretende expandir las fronteras de su Guayana inglesa apoderándose no sólo del
territorio esequibo reclamado justamente por Venezuela y de parte de la Guayana
venezolana sino además de las bocas del Orinoco lo que, tomando en cuenta que Gran
Bretaña es ya dueña colonial de la vecina Trinidad, le permitiría conformar una enorme
colonia inglesa, esto es, europea, centrada en torno a la desembocadura de un río enorme y estratégico como es el Orinoco, que pertenece sin ninguna duda a Venezuela.

Para Estados Unidos, que no ha podido aplicar hasta entonces la doctrina de Monroe
luego de su arrogante pero demasiado prematura proclamación por éste en 1823, esa seria
amenaza británica debe ser enfrentada, y pronto. Pero la explicación de sus vacilaciones es
sencilla. Está dejando correr tiempo para tomar una decisión al respecto porque hasta
entonces no cree estar en condiciones de hacerlo como desea, pues no se siente preparado
para un enfrentamiento bélico con Inglaterra; enfrentamiento además que no sería ni
siquiera en defensa de su propio territorio.

Para resolver el problema central de mantener la unión entre ambas partes del país,
Estados Unidos había debido ir a la guerra, a una terrible guerra civil, en 1861. Ese
conflicto armado, en el que el norte manufacturero e industrial venció al sur plantador y
esclavista, terminó en 1865 y desde entonces el enorme país, ya unificado, había estado
impulsando a toda prisa un acelerado desarrollo industrial. Aunque el proceso estaba ya
avanzado para comienzos de los ochenta, cuando Venezuela pide apoyo, el país sigue
necesitando todavía más tiempo para convertirse en una potencia industrial capaz al fin de
imponer su hegemonía sobre América Latina y poder enfrentar a Inglaterra y Alemania
para empezar a expulsarlas de este continente. Es algo que le toma treinta años y sólo en
1895 Estados Unidos decide al fin intervenir.

Ese año hace resucitar la muerta Doctrina Monroe, que ahora sí puede convertirse en
instrumento capaz de darle el control de todo el continente americano. Richard Olney,
secretario de estado del presidente Grover Cleveland, es quien la proclama y así se lo hace
saber de inmediato a la orgullosa Inglaterra. Sin apoyar directamente a Venezuela, tratando siempre de parecer neutral, Cleveland le exige a Inglaterra aceptar que el caso de su enfrentamiento con Venezuela sea arbitrado. Se niega, pero Estados Unidos no acepta la
negativa. Cleveland la amenaza entonces con la guerra si no acepta ir al arbitraje e
Inglaterra se ve forzada a ceder. Y cede, lo que, como era de esperar, contenta mucho a
Venezuela. Y en Caracas, donde se aplaude la Doctrina Monroe, el embajador
estadounidense se convierte en un personaje popular.

Pero lo que, con su arrogancia y su racismo, Inglaterra no acepta, es discutir con
Venezuela. Estados unidos convoca una reunión representativa de ambos países en
Washington en febrero de 1897 en la que Inglaterra acepta el arbitraje, pero a condición de
que Venezuela, a la que desprecia, no tenga representantes en la reunión que debe decidir el diferendo. Estados unidos lo acepta; y presiona a Venezuela para que haga lo mismo. Esto, que Inglaterra impone, constituye una injustificable arbitrariedad colonialista suya, lo que podría estar prefigurando un fraude. Pero Venezuela debe aceptarla, por lo que se ve
obligada a delegar su representación en Estados Unidos. Y esto conduce a que después de
discutir y negociar, el jurado que debe decidir el arbitraje, quede formado por dos abogados estadounidenses en representación de Venezuela y dos abogados británicos en
representación de Gran Bretaña, con exclusión de Venezuela, y que sean ellos cuatro los
que escojan el árbitro o presidente del jurado. Y eligen a Frederick Fiódor Martens, un
reconocido político y diplomático ruso, autor de varios libros, aceptado por ambos países
anglosajones, y que por cierto es profesor en universidades inglesas y amigo de la reina
Victoria. Poca duda cabe de que el olor a fraude va haciendo ya pesado el ambiente. Pero
Venezuela, si sospecha algo, nada puede hacer.

El Tribunal arbitral se reúne al fin en París en 1899, realiza las reuniones previstas, y su
decisión final e inapelable, aprobada en forma unánime, conocida como Laudo de París y
emitida el 3 de octubre de ese año, establece que las bocas del Orinoco y el territorio
amenazado de la Guayana venezolana son propiedad de Venezuela, pero le entrega todo el
disputado territorio esequibo a la Gran Bretaña como parte integral de la Guayana inglesa.
Las críticas a esta decisión, que despoja a Venezuela de un territorio que era ya venezolano
antes de la aparición invasiva de los ingleses en Guayana, no se hacen esperar. Algunos
periódicos progresistas europeos la consideran injusta, la ridiculizan en caricaturas y
muestran que ha sido un ejemplo más del triunfo usual del rico y poderoso sobre el pobre y
débil, un triunfo de la fuerza del poder sobre el derecho. Y Venezuela es la primera en
expresar su abierto rechazo a la injusta legalización de ese atropello. Pero no hay nada que
hacer porque se trata de una decisión inapelable. Y al cabo Venezuela no tiene otro camino
que acatarla.

Y, sin embargo, si se intenta ver todo en su conjunto, tomando en cuenta el contexto
abiertamente colonialista propio del momento y la relación de poder e intereses existente
entre las fuerzas realmente enfrentadas, que eran Estados Unidos y la Gran Bretaña, la
decisión, con toda su parcialidad e injusticia, pudo haber sido mucho peor para Venezuela.

Y no lo fue.

En efecto, siendo una de los dos partes del juicio en que se jugaba su futuro, Venezuela,
por imposición de Gran Bretaña, que era la otra parte del juicio, estaba ausente del Tribunal arbitral que debía decidirlo. En ese juicio, ya sólo por ello inválido, cojo y sesgado, era inmensa la agresividad británica en su contra; y su defensa, que le correspondía hacer a Estados Unidos, tenía límites precisos, pues no hay que olvidar que Estados Unidos tenía
en todo este asunto sus propios objetivos e intereses. Es claro que, para lograr la
unanimidad necesaria a objeto de hacer pasar la decisión por justa, el jurado debía dar algo a cada parte. Así, Venezuela recuperó las bocas del Orinoco y su territorio guayanés
amenazado, que era lo que le interesaba lograr a Estados Unidos a fin de limitar la peligrosa ambición territorial inglesa. Y para que pudiese haber acuerdo y decisión unánime, Gran Bretaña también debía sacar ventaja, de modo que recibió como propio todo el territorio esequibo venezolano del que había despojado a Venezuela. Y esta debió conformarse con no haber perdido todo.

El siglo xx. Décadas perdidas y despertar tardío

Desde el comienzo del siglo XX, ya apagada la protesta inicial de Venezuela contra el
Laudo de París, el tema del Esequibo fue desapareciendo con rapidez de la política
venezolana. Ninguno de los gobiernos de la primera mitad del siglo volvió a retomar o a
mencionar el tema. Es que se había aceptado bajo protesta el Laudo de París. Y lo cierto es
que ese prolongado silencio de cinco décadas hizo que las reclamaciones del siglo anterior
dieran la impresión de haber pasado a la historia a medida que la vieja Venezuela pobre se
iba convirtiendo en otra Venezuela, moderna, petrolera y rica. El gobierno de Castro que,
en defensa de los intereses del país, enfrentó a diversos gobiernos europeos y al de Estados Unidos, no tocó el tema. La larga dictadura de Gómez, amiga servil de Inglaterra y luego de Estados Unidos, ignoró por completo el cada vez más lejano asunto del Esequibo. López Contreras sólo se ocupó en el último año de su gobierno de finiquitar, como ya vimos, el delicado tema de los límites con Colombia. El gobierno de Medina Angarita estuvo
dominado en lo internacional por el tema central de ese período, el de la Segunda Guerra
mundial. Tampoco fue asunto que tocara la Junta militar que lo derrocó ni el subsiguiente y
breve gobierno de Gallegos, derrocado a su vez en noviembre de 1948.Y es la dictadura
militar que lo sucede, que dura diez años, la que replantea el problema del Laudo en 1951 y en 1954 pero siempre en el plano documental. Y va a ser la llamada Cuarta República que gobierna el país después del derrocamiento de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 la que tomará el problema en sus manos a partir de 1962. Ese año el propio presidente Betancourt lo toca en un discurso, y a continuación el representante venezolano en la ONU, Sosa Rodríguez, y el canciller, Falcón Briceño, hablan en reuniones de ésta acerca del asunto, resucitando con mucha prudencia el tema de nuestra vieja reclamación contra la decisión del Laudo de 1899 que nos despojó del territorio esequibo.

Y aquí, para reubicarnos dentro del tema y examinar el nuevo contexto en que el gobierno
de Venezuela se lo fija como tarea, nos conviene detenernos, a partir de algo que ha pasado antes de 1962 y de algo que está ahora por pasar, en las características centrales de este nuevo contexto geopolítico, el de los años sesenta del siglo XX, que van a ir marcando y condicionando en gran parte la pauta no muy favorable de lo que va a lograrse.

Mallet-Prevost

Lo que había ocurrido alrededor de década y media antes de 1962 fue algo fundamental
referente al veredicto del Laudo de París y ligado al nombre hasta entonces poco conocido
de Severo Mallet-Prevost. En la reunión de París, además de los cinco jueces, hubo otros
participantes y de ellos los principales fueron los abogados defensores de las partes
enfrentadas: uno, el inglés Richard Webster, por Gran Bretaña, y el otro, el estadounidense
Severo Mallet-Prevost, por Venezuela. Al inicio del proceso cada uno de ellos dedicó trece
días a la defensa de los argumentos del país que le correspondía defender. En cada caso
hubo preguntas y discusiones y Mallet-Prevost hizo una minuciosa defensa de los derechos
venezolanos. Luego de terminadas ambas exposiciones, los jurados se separaron y tras una
corta vacación para que reflexionaran, reanudaron su trabajo; y en forma excepcionalmente rápida, el 3 octubre de 1899, emitieron su concisa, unánime y sesgada decisión.

En febrero de 1944 Mallet-Prevost, integrante para entonces de un respetado bufete de
juristas estadounidenses, le dicta al abogado Otto Schoenrich, jefe del bufete, un
memorandum en el que denuncia lo realmente ocurrido en el tribunal que emitió el Laudo
de París, para que ese memorandum, grave denuncia de las irregularidades que
caracterizaron el cuestionable arbitraje, sea publicado y difundido sólo después de su
muerte. Mallet-Prevost muere en diciembre de 1948 y Schoenrich lo publica y difunde en
los medios estadounidenses a partir de enero de 1949. El memorandum tiene repercusión en Estados Unidos y pronto es conocido del gobierno dictatorial venezolano, que lo utiliza
desde 1951 como argumento de peso para replantear sobre estas nuevas bases la lucha
venezolana contra el infame Laudo y dar nueva fuerza a la reclamación de Venezuela sobre
el territorio esequibo. Así el tema es planteado en 1951 en la ONU y en 1954 en la Décima
Conferencia de la OEA en Caracas, la misma que condenó al gobierno progresista de
Árbenz en Guatemala, Venezuela toca el tema en un documento colectivo contra el
colonialismo en el que hizo constar su principista rechazo a éste, en cuya calidad apoyaba
la futura independencia de Guyana, pero sin perder por ello su derecho a reclamar una
solución justa para recuperar un territorio que le había sido robado.

El memorandum de Mallet-Prevost ha sido reproducido en diversos textos y es accesible en Internet. Pero debo hacer una breve síntesis del mismo para facilitar la comprensión de
lo que sigue. Mallet-Prevost cuenta que cuando se hicieron las largas exposiciones en
defensa de los argumentos británicos y venezolanos, mientras uno de los jurados británicos
se notaba totalmente identificado con los argumentos ingleses, el otro parecía tener dudas, y hacía preguntas. Al terminar las exposiciones y decretarse la vacación, los dos jurados
británicos decidieron irse a Londres. Y Martens, el árbitro, se fue con ellos. Al regresar a
París a iniciar las reuniones del Tribunal, el jurado inglés que tenía dudas estaba ahora
firmemente comprometido con la posición británica y Martens se veía claramente
identificado con ellos dos. Desde antes, Martens estaba muy vinculado a Inglaterra, siendo
como era profesor en las universidades de Oxford y de Cambridge y amigo de la reina
Victoria. Era evidente que en su vacación los tres se habían reunido con el poder británico
en Londres y cuadrado posiciones.

Y por si había alguna duda, Martens dejó pronto todo en claro. Se reunió con los dos
jurados norteamericanos y les dijo que él apoyaba plenamente la posición británica de que
Inglaterra se quedara con todo: territorio esequibo, pedazo de Guayana venezolana y bocas del Orinoco. Con esos tres votos, los de los dos británicos y el suyo, Inglaterra ganaba el juicio. De modo que le dio a escoger a los jurados estadounidenses entre dos posibilidades: mantener su defensa de Venezuela y perderlo todo tres a dos teniendo que salvar sus votos sin la menor consecuencia, o aceptar la generosa propuesta que quería hacerles para que la decisión del juicio fuera unánime: que se conformaran con que Venezuela conservase las bocas del Orinoco y el trozo amenazado de Guayana venezolana mientras Gran Bretaña se quedaba con todo el territorio esequibo, algo que, les repitió, él estaba dispuesto a aceptar en busca de la unanimidad del Laudo.

Los dos jurados estadounidenses le contaron esto a Mallet-Prevost y luego fueron los tres
juntos a hablar con el expresidente Harrison, que era también defensor de Venezuela.
Indignados de verse sometidos a semejante trato por los británicos aliados con Martens,
pensaron mantener sus posiciones y salvar sus votos. Pero a los estadounidenses no les
gusta perder; y al final prefirieron aceptar la impositiva proposición de Martens. Votaron a
favor de ésta; y así se logró que la decisión fuera unánime y que Venezuela no lo perdiera
todo.

No obstante, esto era algo escandaloso, porque ya no se trataba sólo de una decisión
sesgada sino de un auténtico fraude, de una operación chantajista que le quitaba todo valor al Laudo. Claro que era ya bastante tarde, que habían pasado cinco décadas y que, a esas alturas, en términos efectivos, conocer esto no cambiaba nada, aunque sí le permitía a Venezuela denunciar con más poderosos e incuestionables argumentos el infame Laudo,
reanudando con fuerza la prácticamente abandonada lucha por recobrar el territorio
esequibo. Y eso se había venido haciendo desde 1951.

La rebelión de las colonias asiáticas y africanas

Sin embargo, lo más grave era lo que estaba pasando y lo que estaba por pasar en esa
década de los sesenta. Porque ya era -o iba siendo- demasiado tarde para intentar recuperar el territorio esequibo por otra razón de mucho mayor peso. Porque después de terminada la Segunda Guerra mundial, las colonias de los debilitados imperios coloniales europeos habían empezado -o reforzado- sus luchas por lograr la independencia. Y esas luchas de liberación habían alcanzado su plenitud desde fines de los años cincuenta, llevando a las potencias coloniales como Francia, Holanda e Inglaterra, las mismas que en el siglo XVII le robaban tierra a España en sus colonias, a tener que elegir también entre la represión brutal y armada de los pueblos de sus colonias en lucha, o la necesidad forzosa de entrar en negociaciones con ellos para acordarles la independencia.

De esta manera, después de una sangrienta guerra de liberación, Indonesia había logrado
su independencia de Holanda en 1949; Argelia se enfrentaba ese año de 1962 a la brutal
guerra de la colonialista Francia para impedirle independizarse; Inglaterra había decidido
abandonar la India, su gran colonia, la Joya de la Corona, en 1947 y luchaba ferozmente
desde los años cincuenta por conservar a Kenia. Pero vistos los costos de esas guerras y que su destino era perderlas, la misma Inglaterra que se negaba a conceder la independencia a Kenia en África y masacraba y calumniaba a los independentistas kenianos, había concedido la libertad a Ghana en 1959 y estaba reflexionando sobre el destino de sus colonias americanas. En este último caso trataba de evitar la guerra porque América Latina estaba ya dominada por Estados Unidos y porque entre sus dos grandes colonias del norte de Sudamérica, esto es, entre Trinidad y la Guayana inglesa, se hallaba Venezuela, dispuesta ahora a reclamar su territorio robado. De modo que, por esta y otras razones, Inglaterra, en ese mismo año de 1962, le concede sin lucha su independencia a Trinidad y se compromete públicamente a concedérsela en 1966 a la Guayana inglesa.

Y esto amenazaba con complicarle todo a Venezuela, porque para ésta no iba a ser lo
mismo reclamarle el territorio esequibo a Inglaterra, poderosa potencia colonial que se lo
había robado en 1899 gracias al tramposo Laudo de París, que reclamárselo a una futura
Guayana que para ese cercano 1966 habría dejado de ser inglesa; que no era la que le había robado ese territorio esequibo a Venezuela; que seguramente lo necesitaba, porque
constituía casi tres cuartas partes del país; y que, a diferencia de Inglaterra, era un país
pobre y débil comparado con la relativamente rica Venezuela.

En su carácter de país anticolonialista, a Venezuela no le queda otra cosa que apoyar la
inminente independencia de la Guayana inglesa, ratificando en cada ocasión su derecho a
recuperar en forma pacífica el territorio esequibo del que había sido despojada por Gran
Bretaña. Y en eso, en emisión de declaraciones amistosas con ésta y con la próxima
república de Guayana y en conversaciones con los dirigentes guayaneses, se pasan los
cuatro años y así se llega al 26 de mayo de 1966, fecha en que Inglaterra reconoce la
independencia del nuevo país, que asume desde entonces el nombre de Guyana.

El Acuerdo de Ginebra

Lo que sigue es el Acuerdo de Ginebra. Inglaterra y Venezuela, con presencia de Guyana
y en el marco de las Naciones Unidas, se reúnen en esta ciudad suiza el 16 y 17 de febrero
de 1966 para definir las futuras relaciones entre Venezuela y la Guyana que está a punto de independizarse, es decir, que será pronto soberana, y formalmente libre de la tutela
británica. El amistoso lenguaje entre los tres países es del más alto nivel diplomático. Pero
la realidad es que Inglaterra, que patrocina el acuerdo, se libera hábilmente del incómodo
tema de Guayana, lavándose las manos de todas sus responsabilidades y atropellos y
trasladándole a Venezuela la difícil tarea de lograr un acuerdo limítrofe con su excolonia.
Las dos saben que será harto difícil llegar a ese acuerdo; y que Venezuela, ante la
comprensible actitud de espera de Guyana, que conserva y necesita el territorio en disputa,
deberá encontrar un casi imposible equilibrio entre su firme posición anticolonialista y su
igualmente firme decisión de recobrar el territorio del que fue despojada. No por Guyana
sino por Inglaterra que, como si no hubiese roto un plato, se despide felizmente del
enrevesado problema que creó con su piratería colonialista y su ambición territorial
atropelladora de países débiles.

Y es que -como señalé antes-, con este acuerdo en gran medida prematuro, Venezuela se
dejó imponer de nuevo la tramposa voluntad británica y quedó envuelta en una enrevesada
maraña, típica obra de la “pérfida Albión”, porque Inglaterra quería deshacerse lo más
pronto posible de Guyana, y el anticolonialismo en este caso un tanto ingenuo de
Venezuela le impidió al menos intentar oponerse a que Inglaterra le concediera la
independencia a Guyana antes de resolver en algún grado el problema limítrofe que tenía
con ella. De modo que Venezuela fue convertida por Inglaterra en la malvada de esta nueva fase de la historia colonialista opresiva que había creado. Y de ser como era hasta entonces el país débil enfrentado a la potencia colonial rica y poderosa, Venezuela pasó a ser ahora el país rico que quería despojar de casi todo su territorio a una colonia pobre y débil que acababa de independizarse. Y desde entonces esa ha sido la contradicción fundamental y hasta el presente insoluble de este problema.

El optimista Tratado firmado, cuyo texto está disponible en internet, se proponía dejar
resuelto el problema en los siguientes cuatro años. Es decir, que 1970 era su límite. Una
verdadera fantasía. Se creó para ello una Comisión Mixta formada por dos representantes
de Guyana y dos de Venezuela que, de ser necesario, debería celebrar no menos de
dieciocho reuniones en el período pautado. Se buscaba una solución justa y pacífica,
satisfactoria para ambos países. Y de no lograrse para la fecha prevista, el artículo cuarto
del Acuerdo establecía que entonces, si convenían en ello, ambos países podrían apelar a
uno de los organismos previstos en el artículo 33 de la Carta de la ONU como la Corte
internacional de justicia o acudir al propio secretario general del organismo.

Hubo optimismo en Venezuela. Por primera vez, pese a la crisis política que vivía el país,
el tema del Esequibo se hizo popular. Se produjeron reuniones políticas, se crearon grupos
de apoyo, se modificó en 1965-1966 el mapa oficial del país para añadirle el territorio
esequibo como zona en reclamación. Y hasta hubo serias tensiones y choques fronterizos
que por suerte fueron pronto controlados. Uno fue el problema de la isla Anacoco en 1966;
otro, mucho más importante y complicado, el de la rebelión de Rupununi; y un tercero fue
que Guyana dio en 1967 concesión a un consorcio de Estados Unidos y Canadá para buscar
petróleo en territorio esequibo, lo que llevó al gobierno venezolano a protestar y al
presidente Leoni a declarar en julio de 1968 la extensión y límites del mar territorial
venezolano en el Esequibo con la consiguiente protesta guyanesa. Las cosas de calentaban,
y mientras tanto, los años iban pasando, las reuniones de la Comisión Mixta se hacían una
tras otra sin llegar a acuerdo, y los cuatro años previstos terminaron sin que hubiese
solución.

El Protocolo de Puerto España

Visto que la Comisión Mixta no había podido llegar a ninguna solución, que se había
vencido el tiempo, y que la situación entre Venezuela y Guyana se estaba tornando más
tensa, hubo al menos coincidencia en suspender lo establecido en el artículo cuarto del
Acuerdo de Ginebra para poder seguir discutiendo. Y ambos países decidieron que
autorizados representantes suyos se encontrasen en Puerto España, capital de Trinidad, con un representante ya simbólico de Gran Bretaña, para tomar respecto al problema algunas decisiones.

La reunión tuvo lugar el 18 de junio de 1970 y en ella el Primer ministro de Trinidad, que
era Eric Williams, desempeñó el papel central. Pero este papel tampoco fue favorable a
Venezuela. Williams era un curtido luchador anticolonial, un consecuente revolucionario de
formación marxista, político lúcido, culto, autor de varios valiosos libros. Pero por ello
mismo, por su firme posición anticolonialista, Williams no podía estar del lado de
Venezuela. Y aprovechando que la insoluble situación seguía trancada, hizo una
proposición conciliadora que los tres países presentes acogieron: congelar el problema por
doce años renovables, es decir, por lo menos hasta 1982, manteniendo contactos y
mejorando entendimientos y relaciones, pero sin que fuese posible hacer propuestas
relativas a la reclamación. Y esta decisión, que prácticamente la mataba, era fatal para
Venezuela. Gran Bretaña aceptó la decisión acordada para salirse definitivamente del
asunto. Guyana, que tenía desde ahora la ventaja de conservar y administrar como propio el territorio en disputa, también la aceptó; y Venezuela, que no pareció captar bien la trampa, pues se congelaba su reclamación, pero no el derecho de Guyana a seguir manejando el territorio en su interés, la aceptó también. El hecho es que mientras la reclamación venezolana quedaba congelada por doce años, Guyana seguiría ocupando el territorio en disputa, poblándolo, creando vías de comunicación y negociando acuerdos con empresas mineras y corporaciones transnacionales. A Venezuela sólo le quedaba vigilar y protestar. El gobierno demócrata-cristiano venezolano defendió lo acordado en Trinidad, pero el Congreso del país, de mayoría social-demócrata, impidió que se lo aprobase. De todas formas, era inútil, porque incluso sin esa aprobación ratificatoria del Congreso había
forzosamente que acatarlo.

Desde 1982 hasta el fin de siglo

En efecto, para 1982 ha cambiado todo y el problema está otra vez prácticamente muerto.
Para intentar revivirlo, Venezuela, después de negarse a renovar la congelación por otros
doce años, sigue insistiendo en su derecho. Pero la verdad es que se la ve cada vez más
lejos de recuperar el disputado territorio y que la ventaja sigue estando del lado de Guyana, que tiene y maneja el territorio. Además del papel no muy heroico que le toca jugar ahora, en el fondo de todo esto está el hecho de que para Venezuela luchar por recuperar el territorio esequibo es esencialmente luchar por hacer reconocer su derecho territorial pisoteado casi tres cuartos de siglo antes por el poder y la arrogancia colonialista de la Gran Bretaña. Y los años van a aumentar. Pero es que a esto se añade algo esencial: recuperar ese pequeño territorio no es algo vital de lo cual dependa la sobrevivencia del país. En cambio, sí lo es para Guyana, cuyo argumento central es que no le ha robado el territorio a Venezuela, que sólo lo ha heredado de Gran Bretaña al independizarse, y que sí lo necesita porque constituye entre dos tercios y tres cuartos de su escaso y pobre suelo. Guyana, que lo ha rechazado desde el principio, quiere que de una buena vez el caso Esequibo se dé ya por cerrado. Por eso a partir de entonces la política venezolana va a ser legalista, conciliadora y a menudo reactiva, mientras la de Guyana se caracterizará por su
continuidad, su firmeza y su carácter siempre activo, siempre haciendo fuerza y buscando
apoyo para hacer ceder a Venezuela.

De esta forma, se alternan desde entonces períodos pacíficos de casi indiferencia y
períodos en que se agitan y se renuevan los problemas. Se reactiva así el conflicto; y al
cabo cada país bloquea las propuestas del otro hasta que todo vuelve otra vez a parecer lo
mismo. Pero el tiempo sigue estando en contra, el Laudo se hace cada vez más viejo, el
anticolonialismo parece no cuadrar muy bien con el reclamo territorial de un país rico a una
colonia, pobre para más señas, que no es la que se lo ha robado; y el panorama se le hace
cada vez es más difícil y menos favorable a Venezuela.

En 1982 Venezuela decide no ratificar el Protocolo de Puerto España y regresa al Acuerdo
de Ginebra. En 1983, agotadas todas las salidas, le propone a Guyana una negociación
directa. Ésta no acepta y propone escoger entre tres vías posibles: acudir a la Asamblea
general de la ONU, a su Consejo de seguridad o a la Corte internacional de justicia.
Venezuela rechaza las tres, argumentando con razón que ninguno de ellos es organismo
calificado para eso. La proposición venezolana, hecha ese mismo año 1983, es llevar el
conflicto al secretario general de la ONU, como está previsto en el artículo cuarto del
Acuerdo de Ginebra. Pero se requiere que las dos partes acepten. Y Guyana se mantiene
firme en preferir la Corte internacional de justicia.

En 1987, de nuevo trancado por completo el diferendo, ambos países, por recomendación
de la Secretaría general de la ONU, deciden apelar al método de los Buenos oficios, que
empieza a funcionar en 1989 con un Buen oficiante elegido y aceptado por las dos partes
con respaldo del secretario general de la ONU. En el cargo se suceden tres Buenos
oficiantes, Alistair Mc Intyre, reconocido filosofo escocés que es designado en 1989 y
conserva el cargo por diez años, Oliver Jackman, de Barbados, que lo reemplaza y se
mantiene hasta 2009, y el jamaicano Norman Girvan, que sucede en 2010 a Jackman y
muere en 2014. Como era más que previsible, ninguno logra resultados; y desde esa fecha
se ve que resulta inútil seguir manteniendo el cargo.

Entretanto Guyana, que sigue controlando el territorio en disputa, continúa manejándolo a
su voluntad y tomando decisiones inconsultas. Decidida a promover su desarrollo y no
contando con recursos propios, continúa celebrando convenios complacientes con empresas
transnacionales estadounidenses, canadienses y hasta brasileñas, las cuales buscan petróleo, gas y diversos minerales. Esas empresas exploran el territorio esequibo sin tomar en cuenta para nada a una Venezuela impotente que no puede hacer sino protestar e intentar paralizar varios de esos abusivos contratos.

El siglo XXI. ¿Problema insoluble? ¿Buscar nuevos caminos?

Con la llegada al poder de la Revolución bolivariana en 1999 y el creciente auge del
liderazgo de Chávez, el gobierno venezolano toma algunas decisiones que sacuden el
estancado problema. Chávez comienza condenando y haciendo paralizar en 2001 un
proyecto estadounidense de montar una plataforma de lanzamiento de cohetes en el
territorio esequibo. Pero en febrero de 2004 visita Guyana, y en una reunión amistosa en
Georgetown con el Primer ministro guyanés Bharrat Jagdeo, declara que hay que ir
saliendo del tema ya agotado del Esequibo; que Venezuela no se opondrá a que Guyana
desarrolle en el territorio esequibo planes y proyectos de inversión que sean necesarios para mejorar la vida del pueblo guyanés; y que Venezuela está dispuesta a colaborar en esos proyectos, lo que de hecho equivalía a plantear que el desarrollo de ese territorio en disputa fuese administrado directa y amistosamente por los dos países.

Después de tantas reticencias mutuas y conflictos, quizá era ya un poco tarde para intentar
ese proyecto, pero no hay duda de que esta declaración abría un verdadero camino para
salir al fin del callejón sin salida que era la disputa por el territorio esequibo y para reiniciar
(porque se lo había ensayado antes sin éxito) un proyecto amistoso y solidario de cogestión
y desarrollo fraternal del territorio por los dos países.

Por desgracia no fue así. El agudo conflicto político que vivía Venezuela hacía imposible
generar en el país un proyecto nacional en torno a esta propuesta. La derecha venezolana,
cada vez más servil a Estados Unidos, no vaciló un instante en acusar a Chávez de haber
entregado el Esequibo, y ni siquiera el gobierno chavista y el propio Chávez convirtieron
esta valiosa idea en proyectos y planes concretos. Lamentablemente la propuesta no pasó
del plano del discurso, y en los grandes planes de desarrollo y crecimiento de la Venezuela
de esos años de liderazgo de Chávez y de auge del poder y prestigio venezolanos, no se
dejó ver ningún proyecto referente al Esequibo, confirmando así lo antes dicho, que la
ocupación y desarrollo del territorio esequibo nunca tuvieron antes prioridad en Venezuela,
y que tampoco la tenían ahora, volcado como estaba el gobierno del país a un
extraordinario proyecto de construir la Patria grande de Bolívar que era ahora el grandioso
sueño de Chávez y al que dedicó todo su esfuerzo. La que sí captó y aprovechó la generosa
propuesta de Chávez fue Guyana que, en ausencia de los planes y recursos ofrecidos por
Venezuela, continuó desarrollando libremente sus proyectos con empresas transnacionales
para explorar y ocupar el territorio en disputa, e incluso sus áreas marinas, básicamente en
busca de minerales estratégicos, de gas y de petróleo.

Y en 2015 la relación entre Venezuela y Guyana vuelve a hacerse explosiva. El gobierno
bolivariano ha seguido hasta entonces la propuesta de Chávez, esto es, dejando que Guyana desarrollase proyectos con empresas extranjeras, pero sin materializar la ayuda venezolana ofrecida. Actuando con toda libertad, Guyana no sólo estaba dando entrada a monopolios y corporaciones extranjeras, en especial estadounidenses, sino que éstas habían empezado a explorar por su cuenta el área marítima correspondiente al territorio esequibo, esto es, a Venezuela, área que había quedado definida desde 1968. Conviene a este respecto recordar que, desde entonces, el océano frente a la costa guayanesa de Venezuela y la costa propiamente guyanesa quedó dividido como área marítima en tres zonas. La primera es la venezolana o Zona Roraima, la que se proyecta desde el Orinoco y la costa guayanesa venezolana hasta el límite izquierdo del territorio esequibo conocido desde 1966 como Zona en reclamación. Esa primera área es claramente venezolana, vigilada y patrullada por la Marina de Venezuela. La segunda es el área marítima que se proyecta desde el ancho territorio de la Zona en reclamación, y la tercera la que corresponde en forma exclusiva a Guyana.

El conflicto se revive desde 2015 porque Guyana, que desconoce ya la Zona en
reclamación, está permitiendo que barcos de Estados Unidos se muevan en esas aguas
marinas explorando y buscando petróleo. La empresa exploradora es la Exxon Mobil,
enorme y bien conocido consorcio petrolero estadounidense al que años antes Chávez había enfrentado en Venezuela. La Exxon se movía y se mueve en esa zona marítima como si fuera propia, con autorización abusiva de Guyana, ya que es y será mar de la zona en
reclamación por Venezuela mientras no se llegue a una decisión definitva de la ONU sobre
el problema limítrofe. Incluso la Exxon ha delimitado en ella varios bloques, uno de los
cuales es el bautizado como Stabroek, que es el bloque en el que ha descubierto el ansiado
petróleo. Y se trata de una serie de pozos submarinos que contienen petróleo ligero de alta
calidad. La Exxon ha prometido iniciar esa explotación desde 2020, calculando que para
2025 la producción pueda alcanzar los 750.000 barriles diarios.

Lo que se deriva de esto es que de hecho el problema del territorio esequibo, no
reconocido ya por Guyana, ha pasado de terrestre a marítimo y que la Exxon, famosa por
sus abusos, sus atropellos y por los daños ambientales que produce, está autorizada por
Guyana para explotar el área marítima de la zona reclamada por Venezuela, los límites de
cuyo mar territorial fueron definidos, como antes dije, desde 1968. Por cierto, gracias a su
plataforma marítima, el subestimado territorio esequibo se revela como territorio rico en un
petróleo ligero que viene a sumarse a las riquezas mineras y a minerales estratégicos
descubiertos en años anteriores.

Esto vuelve a cambiarlo todo y a convertir el diferendo en un tema explosivo que lleva al
gobierno venezolano a reaccionar. La amenaza era seria. Y Venezuela venía confrontando
desde entonces una creciente crisis. El Caricom, tan ayudado por Chávez, ahora que la
ayuda económica y petrolera de Venezuela había disminuido por la crisis venezolana, se
mostraba cada vez más comprometido con Guyana, esperando compartir la riqueza
petrolera de la que pronto ésta dispondría. Estando de por medio la Exxon, era de esperar
que Estados Unidos, ya enfrentado abiertamente a Venezuela, se declarara a favor de
Guyana en el diferendo. Y así fue. Guyana estaba ampliando su área marítima a expensas
de Venezuela. Tanto Trinidad como Barbados hacían lo mismo, y todo indicaba que el
objetivo era reducir o bloquear el acceso marítimo venezolano a las aguas del Atlántico. Y
como resultado de todo esto, el asunto de las áreas marítimas cobraba absoluta primacía.

Y hay más. En cuanto a los organismos que deben decidir la controversia, desde 2017
Guyana había empezado a pedir a la ONU que fuese la Corte internacional de justicia la
que la dirimiera. Venezuela se opuso por considerar que la Corte no era organismo idóneo
para ello. En 2018 el secretario general de la ONU, Gutérrez, acepta que sea la Corte la que dirima la disputa, lo que implica que prefiere no involucrarse en el problema, dándole así clara ventaja a Guyana. Venezuela se niega a aceptar la decisión de que sea la Corte y el 15 de abril de 2019 ratifica su negativa a acudir a ella. La situación se va haciendo más tensa. A principios de este año de 2020, Venezuela reitera otra vez que se niega a acudir a la Corte internacional de justicia a dirimir el diferendo. Pero no es sólo que Venezuela es hoy un país sumido en una profunda crisis económica, política y social, y que cuenta con escaso apoyo internacional para su cada vez más problemático reclamo del Esequibo, sino que Guyana, para su defensa de ese territorio, cuenta en cambio con un respaldo grande y
sustancial. Y a ello viene a sumarse en este mismo mes de agosto de 2020 el resultado
diferido y finalmente resuelto de la elección presidencial realizada el año anterior en
Guyana. El ganador y nuevo presidente es Irfaan Ali, miembro del PPP, el partido que
desde un principio declaró que reconocía el Laudo de 1899 y que rechazaba la reclamación
venezolana. Apenas asumido el cargo, Ali ha declarado que mantiene la propuesta de
acudir a la Corte internacional de justicia, añadiendo que la soberanía del estado guyanés y
la integridad de su territorio son sagradas y que Guyana es una nación indivisible.

Frente a este preocupante panorama hay preguntas que surgen en forma inevitable una
tras otra: ¿Qué puede pasar en la ONU y en la Corte internacional de justicia? ¿Cuáles son
hoy las perspectivas reales de Venezuela? ¿Es que está ya agotado este camino? ¿Qué
puede hacerse? ¿Seguir reclamando ritualmente el Esequibo sin esperanza de lograr nada,
sólo por sostener un principio jurídicamente válido pero que parece cada vez más
irrealizable y más lejano? ¿Puede Venezuela seguir asumiendo un papel que muchos países
ven como el de permanente obstaculizador del desarrollo de Guyana? ¿Sería todavía
posible a estas alturas, y en medio de tantas dificultades como las que tenemos, retomar la
propuesta de Chávez que abría un camino de colaboración y acuerdo fraternal entre las
partes y que lamentablemente no pasó del plano declarativo? ¿O es que, como parece, sería ya demasiado tarde para intentarlo, debido entre otras cosas a la excesiva tensión
acumulada entre ambas partes y a la actual situación de crisis, de acoso y de aislamiento
que vive Venezuela? ¿Es que puede buscarse otro camino? Y en caso de que así fuese:
¿cuál es o cuál podría ser ese camino?

Responder esas punzantes cuestiones no es por supuesto tarea de este modesto ensayo
personal que se contentaría con haber contribuido en algo a dar una visión de conjunto
sobre el complejo tema de la justa lucha de Venezuela por recobrar el territorio del que la
despojó la Gran Bretaña pirata, ladrona y colonialista, la misma que, como heredera de esa
arraigada tradición saqueadora, hoy le roba a Venezuela el oro depositado en el más
importante de sus bancos.

En fin, no hay nada, son meras ideas, meras preguntas. Y lo único de lo que podemos
estar seguros es de que, cualquier cosa que sea lo que se haga en los próximos meses,
nuestra cancillería, con la dignidad que ha demostrado defendiendo valores y derechos,
tiene un enorme reto por delante, porque tendrá que buscar también la forma de enfrentar
ese grave problema con ideas y planes nuevos, de discutirlos, de hacerlos conocer, de limar asperezas, de conseguir apoyos, y de empezar a intentar abrir caminos hacia una verdadera y justa solución, algo que compete por igual a ambos países, y que en ningún caso podría esperar otros cien años.

Vladimir Acosta
Caracas, 17 de agosto de 2020