PUNTO Y SEGUIMOS | Y ya no saben qué hacer…

Mariel Carrillo García

0

Desde que el régimen de Trump se empeñó en apoderarse de Venezuela a su estilo, es decir, no en la tradición de la política “formal” del imperio, sino en su forma de magnate empresarial atorrante en la que para alcanzar un objetivo de remoción, destrucción o apropiación del contrario para aumentar los activos propios se vale todo sin disfraz y sin respetar las reglas que impone el derecho internacional a los Estados, hemos tenido que lidiar con constantes ataques que no soportan ningún análisis de racionalidad e incluso justicia, dentro de la reglamentación y acuerdos de funcionamiento que ha establecido la sociedad mundial.

Es muy claro que las potencias no se caracterizan por cumplir los acuerdos, pero, en aras de mantener el “orden” y valores comunes como la paz hay ciertas formas que se cumplen para no volver a edades más atrasadas de la historia humana. El sistema es cruel, pero es un sistema y requiere de actualizaciones para seguir sobreviviendo. Para muestra un botón: ya se cotiza el agua en el mercado de futuros de Wall Street, eso es un avance del capitalismo. Donald Trump diciendo que las elecciones en Venezuela y en Washington son un fraude porque los votos “ilegítimos” (de sus contrarios) están siendo más que los “legítimos” de él y sus aliados-empleados, es un retroceso, al menos en la formalidad.

La lógica de desconocer al otro, de ignorar conscientemente su existencia o afirmar que no puede ser porque se le considera inferior, amenazante o menos apto, es uno de los peligros más grandes que hemos tenido que presenciar. El contrario político es menos que un enemigo, es ilegítimo, y es esta palabra la elegida para vestir de coherencia ante la opinión pública mediatizada a una serie de actos que son poco menos que una atrocidad para la sociedad humana en pleno siglo XXI. La administración Trump llevó esta práctica – ya existente – a los extremos, al punto de aplicarlo en la propia política interna de Estados Unidos, exponiéndola y sentando un precedente mundial que las naciones no deberían permitir.

A Venezuela se le han aplicado las viejas y nuevas tácticas del imperialismo y del corporativismo: intento de golpe de Estado tradicional (2001), huelga patronal de la industria petrolera (2002), sabotaje de la citada industria (2002-2020), decretos de amenaza a la política interna estadounidense que amparan legalmente agresiones (2015), desconocimiento de elecciones democráticas (2014-2020), cartelización de naciones para articular medidas injerencistas (OEA, Grupo de Lima), creación y reconocimiento de un gobierno paralelo y ficticio (2019-2020) con firma autorizada para ejecutar despojos de patrimonio nacional (oro, Citgo, cuentas varias, etc), bloqueo económico y financiero, acusaciones (sin pruebas) de narcotráfico, campaña pro migración y éxodo de nacionales, amenazas constantes de invasión militar e intentos con milicias privatizadas (contrato Guaidó y Silvercorp), además de una agresiva campaña mediática que ha colocado al país en los titulares del planeta entero con una regularidad nunca vista desde la llegada del chavismo al poder hasta la actualidad. La resistencia del pueblo venezolano, lejos de hacerles desistir, ha incrementado la furia de las potencias.

El caso de las agresiones a Venezuela es uno de los mejores ejemplos de este retroceso civilizatorio que vive el mundo, por la “variedad” de acciones que se han intentado, desafiando ya las leyes del derecho internacional y siendo abiertamente cínicos y descarados a la hora de implementarlas. La piratería, la mentira, el pasar por encima de cualquier legislación, manipular a miles de personas a través de los medios y negar constantemente la existencia del pueblo chavista, son actos “moralmente” justificados en esta lógica perversa del imperialismo, que necesita y debe, como punto de honor, conseguir el gran tesoro natural y geopolítico que representa Venezuela. No entienden ni interpretan al chavismo y la fuerza de un pueblo que no tiene ni en su sangre ni en su destino, el servilismo.

Mariel Carrillo García