Los profetas del desastre se quedaron cortos

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Los astrólogos habían pronosticado que 2020 sería un año muy, muy, muy complicado. Algunos hicieron vaticinios apocalípticos. Pero, claro, solo les prestaron atención quienes creen en la astrología. Además, hay que decirlo, los astrólogos serios sufren la falta de credibilidad endosada por los otros, esos (y esas) que en lugar de predecir lanzan sus propios deseos o los de la gente que les paga.

Lo cierto es que –crea usted o no en las influencias planetarias– este año ha sido incluso peor de lo que muchas aves de mal agüero anticiparon. Los profetas del desastre se quedaron cortos.

Para comprobarlo basta con pensar en que ya tenemos nueve meses saliendo a las calles enmascarados y que los abrazos y los besos de saludo han pasado a ser digitales, lo que resulta muy cortanota.

Más allá de los cambios en la rutina, el año deja una estela de muerte y sufrimiento en todo el planeta. Hablamos de muertes y sufrimientos absolutamente fuera de lo habitual, pues –como todos los demás años– este ha tenido también su enorme cuota de bajas y de dolores en lo que respecta a guerras, invasiones, crímenes violentos, accidentes, desastres, otras enfermedades, etcétera.

El gran protagonista de 2020 ha sido, sin duda, la pandemia del covid-19, una enfermedad que muchos ni siquiera nos tomábamos en serio cuando nos estábamos dando abrazos y besos reales con nuestros familiares, en los primeros minutos del año. ¡Qué tiempos aquellos!

Si alguien esa noche nos hubiese dicho que, menos de tres meses después, íbamos a estar todos con tapabocas, guantes y con gente tomándonos la temperatura hasta en las puertas de las tiendas, habríamos atribuido el asunto a una alucinación etílica o algo por el estilo.

Pero muy temprano comenzó a demostrarse que la gran conjunción Saturno-Plutón (en enero) y el agregado de Júpiter (en marzo) nos tenían reservados muchos malos ratos.

De entrada digamos que en enero pudo haber comenzado un conflicto bélico a gran escala, que los más sensacionalistas tipificaron incluso como la Tercera Guerra Mundial. Para los que ya no se acuerden de ese remoto tiempo, sucede que Donald Trump mandó a matar al general iraní Qasem Soleimani… Así, pues, como si fuera El Padrino u otro capo de la mafia representada en el cine, ordenó asesinar al oficial, considerado uno de los más importantes cuadros no solo de las fuerzas armadas, sino de todo Irán.

Los persas, que no se andan por las ramas, respondieron atacando con misiles dos bases militares estadounidenses en Irak, la de Al Asad, ubicado al oeste de Bagdad, y la de Irbil, cerca de la frontera iraní. Trump, que por esos días estaba ganando fácilmente las futuras elecciones presidenciales, se mostró arrogante como él solo: “No nos hicieron ni un rasguño”, dijo.

Los tambores de guerra, paradójicamente, se aplacaron con la crisis sanitaria mundial a partir del momento en que la Organización Mundial de la Salud declaró que estábamos frente a una pandemia como no se había experimentado desde la llamada gripe Española, cien años atrás. Tratando de ver el vaso medio lleno, podría lanzarse la tesis de que el covid-19 nos salvó de una guerra nuclear.

En rigor, la pandemia sacó de las brasas a unos cuantos. Solo como ejemplo citemos el caso del presidente de Chile, Sebastián Piñera, quien estaba técnicamente nocaut desde finales de 2019. Las medidas de cuarentena y distanciamiento fueron su conteo de protección.

Por el contrario, el coronavirus marcó la caída en desgracia de otros gobernantes, entre ellos el mismo Trump, cuya desastrosa gestión de la emergencia le condujo a la vergüenza de haber perdido unas elecciones en las que iba galopando ante un candidato bastante gris como Joe Biden.

La pandemia, como lo han dicho muchos analistas y líderes, dejó desnudo al capitalismo hegemónico global. Está más que demostrado que los sistemas privados de salud, instaurados por el neoliberalismo en el mundo entero, no sirven para atender una situación como la que se presentó. Solo los más ricos pueden salvarse de una amenaza así sin el apoyo de los estados. Esa realidad es hoy más patente que nunca, cuando Europa vive un espeluznante rebrote y EEUU no ha salido aún de la primera ola.

Claro que ese no fue el único problema grave que enfrentó Trump este año. En mayo ocurrió algo que pasa muchas veces, solo que en esta ocasión quedó irrebatiblemente documentado: un policía blanco asfixió a un ciudadano afrodescendiente, George Floyd, mediante la técnica de colocarle una rodilla en el cuello. Lo hizo a pesar de que Floyd rogó por su vida y advirtió que no podía respirar. La reacción de los movimientos de derechos humanos, de los grupos negros y de miles de ciudadanos fue contundente, y la respuesta del Gobierno, brutal. La muerte de Floyd es una herida que llega abierta al final del año.

En lo que nos toca más directamente, los vaticinios apocalípticos (de astrólogos, sí, pero sobre todo de politólogos, internacionalistas y otros expertos en desastres) no se han cumplido. Han fracasado de nuevo las ya seculares profecías de la caída del gobierno revolucionario y el triunfal retorno de la derecha al poder; y han fracasado también los vaticinios específicos de este año, según los cuales ya para mediados de año habría cientos de miles de fallecidos por covid-19.

Es prudente advertir que este recuento es solo hasta la mitad de diciembre y el año podría estar reservándonos alguna otra sorpresa de despedida, pues para que lo sepan los descreídos en los saberes astrológicos, el día 21 Júpiter y Saturno llegan a conjunción exacta en el signo de Acuario, una especie de pelea de los pesos completos del sistema solar de la que –dicen los astrólogos– surgirán grandes cambios mundiales. Después no digan que no les avisaron.
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Un año apretado… y horribilis

Este 2020 fue el año del intento de invasión de mercenarios, el de las elecciones parlamentarias y el de la parodia mediante la cual el autoproclamado ahora es vitalicio. Fue el año de las victorias populares en las presidenciales de Bolivia y en el plebiscito de Chile; el del gobierno de coalición en España (con rey emérito prófugo en hoteles de más de cinco estrellas); el del retorno de la derecha a Uruguay y el de la reelección del uruguayo Almagro como cabecilla de la OEA; el del ascenso al poder del ultraderechista Alejandro Giammattei en Guatemala, que a los pocos meses ya está a punto de caramelo; el de tres presidentes en una semana en Perú, sede del grupo (de Lima) que nos da lecciones de recta conducta política; el año en que el Reino Unido se abrió de la Unión Europea y le robó 31 toneladas de oro a Venezuela; el de más de 83 masacres en Colombia (y las que faltan), mientras sus gobernantes apuntan sus dedos hacia este lado de la frontera; fue el del Lunes Negro de Wall Street, cuando el petróleo hasta regalado resultaba caro y el año en que el agua comenzó a cotizarse en la bolsa, en calidad de commodity; el de la suspensión de los Juegos Olímpicos, la Eurocopa, la Copa América y casi todos los deportes, salvo los celebrados en “burbujas”. Y, para colmo, fue el año de la muerte de Kobe Bryan y de Diego Armando Maradona. Un annus horribilis, pues.

Clodovaldo Hernández