PUNTO Y SEGUIMOS | Las manos a la tierra

Mariel Carrillo García

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En casa cultivamos una mata de auyama. Bueno, decir cultivar es exagerado porque la
verdad es que no sabemos de dónde salió; alguna semilla cayó quién sabe cómo en un
mísero espacio de tierra del estacionamiento, que es puro concreto. El caso es que un
día vimos que algo verde estaba creciendo muy rápidamente. En pocos días la rastrera
ya había agarrado parte del piso y comenzó a subir por la pared. La inconfundible
forma de los tallos, flores y hojas indicaban que era una auyama, con aquellos
arabescos que uno espera ver convertirse en ruedas de carroza mágica. Y siguió
creciendo, prácticamente sola.

A las semanas, los integrantes de esta casa – que poco sabemos de agricultura -,
empezamos a vigilar la mata: ¿Por qué crece tan rápido? “Ya tapó toda la ventana, las
hojas son enormes, llegó hasta el techo, se está llenando de hormigas pero se ve
sana”. “Mira ahí viene una auyamita”. De la pura observación aprendimos que
aparecen en la base de algunas de las flores, empiezan del tamaño de un botoncito de
milímetros de diámetro y que crecen rápido, pero que deben ser verdes para que
prosperen (si se pone amarillita, no va). Cada día la veíamos, le revisábamos todo,
buscábamos nuevas auyamitas y pusimos nuestras esperanzas en una que en poquitos
días ya era más grande que un melón.

Al ser una rastrera que creció hacia arriba en vez de seguir por el piso, hubo que hacer
malabares para aguantarla, porque resulta que no solo era del tamaño de un melón
sino que pesaba más que uno. La primera igual no resistió y se cayó causando
tremendo estruendo en una de esas noches sin luz y tormenta. Hubo tristeza esa vez.
Nuestra primera auyama, perdida. Para otra que venía en camino el aparato para
sostenerla (una escalera) fue mejor fijada. Esta se veía bien, verde oscura brillante y
grandota, posteriormente anaranjada. “¿Cuándo estará lista?”. Preguntas al vecino que
tiene sembradas varias cosas, al señor de la frutería y a San Google. Hay que esperar
que el tallo se seque. Ok.

El día llegó, tallo seco. La bajamos de su altar y la pesamos. Siete kilos trescientos
gramos. “Es muy bonita”. “Que emoción”. “Tanto cuidarla y mira que linda salió, ya la
quisieran para esas películas de Halloween”. “Vamos a comer auyama hasta que el mar
se seque”. Esas cosas dijimos, pero la mata de auyama también nos puso de frente a
algo sobre lo que se conversa pero que no siempre se hace, especialmente en las
ciudades, la siembra: ¿Por qué no me enseñaron nada de esto en la escuela? ¿Por qué
no hemos sembrado nada más en la casa? Esto no es fácil pero tampoco es
complejísimo e imposible. Con lo caro que está todo, tener frutas y verduras en la casa
no es poco. Si cultiva toda la cuadra algo, podemos intercambiar, y así. En fin,
discusión práctica de soberanía alimentaria a nivel de un hogar de tres.

Sembrar es, además de algo imprescindible en estos tiempos, una oportunidad de
aprender (y enseñar) a relacionarnos más de cerca con la tierra, con lo que somos, lo
que comemos, con las cosas que son esenciales y que este sistema nos ha hecho desconocer, despreciar, ver como algo que deben hacer otros, o como algo lejano, que
se hace “tierra adentro”. Hasta en un departamento o espacio pequeño se puede
sembrar. Y existe además el beneficio de la alegría que da la cosecha. Todo tiene más
valor cuando lo quisiste, cuidaste y tuviste finalmente en tus manos. Entiendes desde
la experiencia – así sea algo tan simple como una auyama – lo que vale el trabajo de
nuestros campesinos y la necesidad impostergable de defender la tierra y a quienes la
trabajan. No hay libertad ni independencia si no somos todos, desde la edad escolar,
capaces de cultivar.

Mariel Carrillo García