PERFIL | Cuba: la auténtica revolución de colores

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Las fotografías y los documentos audiovisuales la muestran en blanco y negro, pero la Revolución Cubana fue una auténtica revolución de colores. Y también de olores, de sabores, de sonidos. Un festival de sensaciones, marco pertinente para uno de los grandes sucesos en la vertiginosa historia del siglo XX.

Los desplazados de aquel enero de 1959, el imperio estadounidense y sus aliados locales, en cada país sojuzgado han tratado luego de crear, de inventar o de apropiarse de revoluciones así. Pero siempre les falta la autenticidad que tuvo el proceso encabezado por el comandante Fidel Castro, y les falta, sobre todo, el color, el olor, el sabor y el sonido del pueblo.

El episodio comenzó con el año nuevo. En el país que había sido hasta entonces el gran cabaret del Caribe, aquella nochevieja no fue de jolgorio, sino de jaque al rey. La contagiosa música cedió su espacio a las clandestinas transmisiones de Radio Rebelde. La voz de Fidel –que luego se haría parte de la iconografía sonora de Latinoamérica entera– tronó desde su puesto de mando en las afueras de Santiago de Cuba para alertar sobre las últimas y desesperadas maniobras del dictador Fulgencio Batista para evitar que aquellos hombres barbudos tomaran el poder.

“Hoy vengo a decirle a nuestro pueblo que la dictadura está vencida. Es posible que la caída de Batista sea cuestión ya de 72 horas. A estas horas luce evidente que el régimen no puede resistir por más tiempo. Las fuerzas que lo defienden se están resquebrajando en todas partes”, dijo Castro.

No fueron necesarias las 72 horas. Apenas pisando 1959, Batista huyó con sus familiares y lugartenientes, no sin antes dejar en marcha un intento de gobierno encargado. La aventura, que había comenzado un par de años antes con apenas una docena de fusiles en manos de unos guerrilleros soñadores, ya no tenía marcha atrás, se había convertido en una avalancha de pueblo a la que se habían ido sumando los soldados del ejército regular.

En los últimos días de 1958, los rebeldes se habían puesto más cerca de La Habana, al tomar Santa Clara (en una acción dirigida por Ernesto “Che” Guevara), mientras Castro se alistaba para asumir el control de Santiago y declararla capital provisional del país.

Algunos analistas aseguran que el principio del fin de Batista ocurrió a finales del 58, cuando Washington le retiró el apoyo que le había permitido mantener las operaciones antisubversivas en la Sierra Maestra y un aparato de represión y terror en toda Cuba.

Los funcionarios llamados a la sucesión de Batista (el vicepresidente, el presidente del Senado, el de la Cámara de Representantes y el del Tribunal Supremo) fueron declinando el dudoso honor, por lo que el país estaba supuestamente en manos del general Eulogio Cantillo. Pero su mando era totalmente nominal. De hecho, Fidel se negó a recibir sus llamadas telefónicas. “Yo no estoy loco. Los locos son los únicos que hablan con cosas inexistentes, y como Cantillo no es el jefe del Estado Mayor del Ejército, yo no voy a hablar con cosas inexistentes. Todo el poder es para la Revolución”, dijo el líder a sus colaboradores.

La firmeza de Castro en esos momentos de confusión e incertidumbre fueron determinantes. También lo fue el control de la emisora de radio, convertida en la línea de comunicación abierta entre el alto mando rebelde, las tropas y el pueblo todo de Cuba. “Cualesquiera que sean las noticias procedentes de la capital, nuestras tropas no deben hacer alto al fuego por ningún concepto. La dictadura se ha derrumbado como consecuencia de las aplastantes derrotas sufridas en las últimas semanas, pero eso no quiere decir que sea ya el triunfo de la Revolución. Las operaciones militares proseguirán inalterablemente mientras no se reciba una orden expresa de esta comandancia, la que solo será emitida cuando los elementos militares que se han alzado en la capital se pongan incondicionalmente a las órdenes de la jefatura revolucionaria. ¡Revolución, sí; golpe militar, no!”, dictaminó la voz de mando.

Luego de dar su proclama radial, Fidel volvió también a la acción militar. Conocedor a fondo de la importancia estratégica de Santiago, ordenó sitiar la ciudad y dar un ultimátum a las fuerzas de la dictadura allí acantonadas. Si para las 6 de la tarde no se habían rendido, el ejército revolucionario entraría a la ciudad a sangre y fuego. No fue necesario: se rindieron.

La toma de Santiago tuvo ribetes heroicos. En la noche del 1° de enero, ante una multitud y desde el balcón del Ayuntamiento, Fidel mostró otras de sus dotes de líder, el carácter visionario y la vocación de hablar al pueblo con la verdad: “¡Al fin hemos llegado a Santiago! Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado. La Revolución empieza ahora, la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros, sobre todo en esta etapa inicial”.

Ya en control militar de Santiago, nombró a Manuel Urrutia Lleó como presidente provisional de Cuba, cargo al que este personaje renunciaría meses después para exiliarse en EEUU.

Los estremecimientos y la euforia por la caída de la dictadura se prolongaron por los primeros días de enero. No fue sino hasta el 8 cuando Fidel y otros de los barbudos vestidos de verde oliva llegaron a La Habana a bordo de los rústicos y carros de combate que EEUU le había vendido a Batista durante sus años de contubernio. Fue lo que se conoció como la Caravana de la Libertad, un momento revolucionario que todos hemos visto en blanco y negro, pero que estuvo lleno de color, de sabor, de sonidos y de olor de pueblo, características que, 62 años después, aún no se han perdido.
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Hombres-leyenda, pájaros y palomas

El ingreso de los rebeldes a La Habana fue uno de esos eventos cinematográficos por sí mismos. La pasión desbordada del pueblo y las personalidades magnéticas de los protagonistas hacen pensar no en un documental, sino en un filme de ficción.

La prensa de la época reportó un ruido ensordecedor, formado por la suma de todo aquello capaz de emitir sonido: personas, campanas de iglesia, cornetas de carro, sirenas de barco, silbatos de fábrica, cañonazos de salva en las guarniciones militares.

Los “muchachos de la película” derrochaban carisma: Fidel Castro, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos y Huber Matos hicieron delirar a las masas con sus pintas de insumisos héroes triunfantes.

Cienfuegos ingresó al fuerte militar de Columbia, bastión militar de La Habana, sin necesidad de violencia. Dio una vuelta por la casa que ocupó Batista y abrió las puertas de una gran jaula que estaba en el jardín. “Desde este momento hasta los pájaros tienen libertad en Cuba”, decretó.

Fidel y Camilo, indudables hombres-leyenda, aparecen juntos en muchas de las fotografías icónicas de esos días. En una de ellas, Fidel está dando un discurso y lo acompañan tres palomas blancas, una de ellas posada en su hombro, y las otras dos en una baranda de la tribuna. Fidel se inclina hacia Camilo y le pregunta: “¿Voy bien, Camilo?”. La realidad hecha puro cine.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ