Empresa colombiana estafa con “litro” de aceite fallo

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Desde la hermana república no se ve el sol que sale por El Esequibo: en lindas botellas de plástico con 850 mililitros de aceite de soya, marca Majo, alguien coloca una etiqueta que reza: “1000 ml”. Y uno ve la etiqueta, la botella, el aceite, y sospecha. Es un engaño. La Comercializadora Jhoglena, que tiene la siguiente dirección: Av. 7 N. 9N-176 en la Etapa 1 de Bodegas Pescadero, en Cúcuta, Colombia, es el nombre de quien parece ser el responsable. La caja está bien impresa y anuncia que contiene doce unidades de un litro. Eso es cierto. En realidad debí escribir “una”, porque fue ella quien sospechó primero. “Esto no parece un litro”. Fue ella quien buscó la taza de medida pírex, el embudo, el teléfono, la dignidad. Haciendo pulso, sin embudo, no se derramó ni una gota: medidos 850 mililitros de aceite de soya. Ya no parece un engaño: es una estafa. “Habría que averiguar si es aceite de soya, soya”. Como la mantequilla, mantequilla, que es otro tema.

Pagamos doce litros de aceite de soya y recibimos diez litros con doscientos mililitros. Ellos multiplican, nosotros nos dividimos. Noticia criminis, es el latinismo, para que lo lea un fiscal. O una fiscal.

En Catia, donde se consuma la estafa, no estaba nublado. Como invitando a La Guaira, el cielo se despejaba antes de ese viaducto nuevo que ya no es tanto. Viaducto sin nombre, autopista con nombre nuevo que se sigue llamando igual por los que cuentan los tráficos de esta ciudad intranquila. Seis patillas como melones por un dólar; 13 plátanos sin bolsa por la misma cantidad, tres medios cartones de huevo por cinco dólares, un kilo de tomates en un dólar, si tienes el billete. Cuando vas a pagar algo, lo que sea, en divisas, la discrecionalidad de las personas que examinan el billete impreso en EEUU es, siempre, una película. Te miran para tratar de adivinar de dónde sacaste ese billete tan sucio, arrugado y manoseado. Lo ponen al trasluz, en busca de muestras de belleza; doblan (o enderezan) las esquinas. Algunas lo planchan. En las estaciones de gasolina, se hace una nueva cola mientras llega alguien con un billete glorioso de cinco o diez dólares: es la nueva cola para el vuelto. Caracas hace a la ciencia inexacta: cada vez que se vende una caja de aceite de soya con doce litros, a nosotros, desde Colombia, nos roban casi dos.

Y así multiplican desde allá. No metamos, en las cuentas pendientes, el territorio robado o la hemorragia de combustible. No solo pretenden adueñarse (hacerse dueños: ¿habrá que pagarles?) de la arepa, del joropo, del café; desde el año pasado, lo intentan con el chimó. Ahora resulta que el ministerio de cultura colombiano (distinto al de aquí; aquí te dicen, con una sonrisa: “por dinero no te preocupes, porque no hay”), junto con la Unesco, patrocinó un documento donde se asegura, textualmente, que en la hermana república “el proceso (de producción) es 100% artesanal y de origen  natural”. En cambio, a los fabricantes del chimó venezolano se les cuestiona la calidad de sus ingredientes y se les acusa de usar productos químicos para “rendir la producción”.

¿Quienes son los que “rinden” la producción? Con aceite de soya Majo ni hay dudas.

Gustavo Mérida