PUNTO Y SEGUIMOS | Que arda la nueva Roma

Mariel Carrillo García

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El Peluca lo volvió a hacer. No quiere soltar el coroto y defiende su posición de la única manera que conoce, a lo bruto. Para el resto del mundo esta forma es bastante conocida, ellos nos la han hecho padecer en carne propia y por eso vemos – con cierto fresquito – cómo el señor Trump aplica la misma técnica en su propio territorio, sin empachos ni vergüenza. La toma del Capitolio por parte de seguidores trumpistas no es sino otro capítulo de la caída pública del disfraz de república impoluta con el que se ha vestido Estados Unidos desde su fundación. Son las costuras expuestas del monigote imperial, y, claramente, son muy feas.

El demente de Donald Trump no es un accidente, ni una excepción. Es la fiel representación de un grupo no menor de la sociedad estadounidense, profundamente ignorante, racista, supremacista y fanática. Las hordas de hombres blancos armados y disfrazados que algunos loquitos opositores insisten en asociar al chavismo (¡!), evocan a un grupo de gente que está diciendo lo que piensan y sienten muchos al interior de la tambaleante primera potencia del planeta, un grupo de gente capaz de cualquier cosa, que mostró al mundo y al mismo EEUU que se sienten y saben guapos y apoyados. Batmanes, cabezas de búfalo, banderas confederadas y armas de alto calibre gritan a los cuatro vientos “peligro”. Quizá al fin haya llegado la hora de que el pueblo norteamericano se mire el ombligo y atienda sus asuntos, tan oscuros y complejos.

Si bien algunos vemos lo que ocurre en Norteamérica con una leve sensación de justicia poética, también hay consciencia de que la opción demócrata está muy lejos de ser buena, justa o antiimperialista. A lo más cuidará de las formas, cosa que Trump se empeñó en no hacer jamás, sin embargo, es evidente que dentro de esa sociedad deben darse discusiones y cambios desde las entrañas. Cuál camino elegirán, el pacífico o el violento, no lo sabemos, pero sí es evidente que la chispa está en el aire, y que no son pocos los que están dispuestos a echar más gasolina y prender uno que otro fósforo. Dentro de los Estados Unidos de Norteamérica hay un conflicto racial de grandes proporciones, propuestas separatistas, proyectos de fanatismo religioso y millones de personas en pobreza, sin acceso a la comida o a la salud. Nada de sueños, solo la pesadilla americana. Y se están despertando.

Desde el otro lado de la barrera, sin fiesta pero sin tristeza, observamos. Siendo optimistas, quizá estemos presenciando el inicio del fin de un imperio que ha hecho más mal que bien a la humanidad, pero también sabemos que las fieras heridas son más peligrosas, y que a un país como Venezuela, la primera reserva de petróleo del planeta, con un pueblo que intenta ser soberano e independiente, no hace sino crecerle el blanco que tiene en la espalda. Pase lo que pase, aquí no hay que hacernos ilusiones. Los “buenos” y los “malos” nos ven de la misma manera, como el patio trasero, así que si el Imperio necesita incendiarse, que se incendie.

Mariel Carrillo García