HISTORIA VIVA | Léxico sapiens

Aldemaro Barrios R.

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En Venezuela acaba de comenzar a partir de enero de 2021 un nuevo período legislativo con dos grupos parlamentarios de fundamentación política diferente, uno de derecha y otro de izquierda. Ambos grupos superaron inteligentemente la nefasta gestión directiva asamblearia de Primero Justicia y Voluntad Popular cuando la violencia y la estridencia eran las “normas”, esa derecha fascista fue insultante a la inteligencia colectiva, con niveles muy bajos de discurso político, no solo por la falta de un lenguaje comprensible, sino por los usos deficitarios del mismo, hubo muestras evidentes de falta de vocabulario, de cultura general, de lectura y por supuesto de creatividad, inventiva e inteligencia. Sus principales voceros fueron “muñecos” operados por ventrículos desde el exterior, ello no se debe repetir, ni en Venezuela ni en ningún país de este continente o del mundo que se respete.

Precisamente quienes orientaron ese discurso político del fascismo moderno venezolano disfrazado de “demócrata”, lo hicieron desde los centros de poder en Washington, que tuvo su cenit con el Trumpismo patético e histórico con los hechos ocurridos en la sede del legislativo de Estados Unidos en la primera semana de enero de 2021. La muestra de un lenguaje político expresado en términos de barbarie, vandalismo e irracionalidad con saldos lamentables para el pueblo estadounidense, no solo por la fatalidad de algunos de los participantes en los hechos ocurridos en Washington DC, sino en la simbología de una sociedad en decadencia puesto que puso al desnudo la triste realidad de la clase política que dirige ese país.

¿Qué podemos pensar los que todavía podemos pararnos en una esquina de cualquier ciudad o pueblo en América Latina y observamos los acontecimientos en desarrollo cuando la historia pasa frente a nosotros como un bólido sin frenos? Lo recomendable sería, tener un poco de sindéresis y permitirnos con serenidad hacer algunas reflexiones históricas sobre estos asuntos y que los políticos profesionales serios de hoy, sean de derecha o de izquierda, analicen estos eventos a la luz de una racionalidad dialogante de paz.

En el siglo XV Antonio Nebrija, notable lexicógrafo y consejero de los Reyes Católicos de España, vaticinó el poder del lenguaje en la dominación imperial castellana como instrumento colonizador que le permitió a los invasores españoles controlar por la vía de la lengua vastos territorios más por la persuasión que por el poder de las armas, no obstante su sustrato violento.

Durante el proceso de independencia nuestros héroes epónimos dieron muestra de un estilo de lenguaje perspicaz que mostró la capacidad de manejo de un léxico derivado de lecturas de los clásicos tanto de la Grecia y Roma antigua como de autores de la Ilustración y del republicanismo europeo.

Simón Bolívar en un fragmento del Diario de Bucaramanga que seleccioné aleatoriamente, destaca la condición de sus subalternos en el sentido de estar prestos al estudio y la lectura selectiva como recurso para el conocimiento del arte de la guerra y la política, cuando refiere a Luis Perú de Lacroix, la condición y características personales del General Juan José Flores, destacado en Quito en 1828:

“Yo conozco á Flores mejor que nadie; tiene mas arte que esto; pocos en Colombia pueden ganar al jral. Flores en astucia, jentilezas de guerra y politicas; en el arte de la intriga y en ambicion: tiene un gran talento natural, que esta desarrollando el mismo pr. medio del estudio y de la reflexion: solo há faltado á Flores el nacimiento y la educacion”. [1]

El mismo Libertador para enfrentarse o acusar a sus enemigos externos e internos usó un lenguaje hiriente sin caer en la chabacanería que se impuso desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, una muestra del manejo de vocabulario y de las artes del lenguaje.

El profesor Alexis Márquez Rodríguez destacó en su obra seriada “Con la lengua” que el discurso político en el siglo XIX usó un lenguaje de corte ofensivo y chabacano:

“Entonces la capacidad para insultar y encarnecer al enemigo político era condición necesaria para triunfar. Necesaria, pero no suficiente, pues si lo hubiera sido, hombres como Antonio Leocadio Guzmán y Juan Vicente González hubiese alcanzado las más altas cimas del poder. Hasta una personalidad con tan buena y justificada fama de atildado y caballeroso, como Cecilio Acosta, fue extremadamente duro en el ataque y la defensa ante enemigos políticos (…)”. [2]

Poco o nada cambio sobre la agresividad y las insolencias discursivas políticas en Venezuela durante la primera mitad del siglo XX. Más pudo la astucia pragmática que el conocimiento y raciocinio político.

Rómulo Betancourt impuso un estilo discursivo sobrelexicado, cargado de demagogia populista que algunos de sus condiscípulos, no tan lectores como él, trataron de imitar no solo en el tono de voz chillona sino en las estridencias verbales, como lo intentó Henry Ramos Allup al atacar a los de su misma condición con aquello de “lechuguinos” y “petimetres” para referirse a los sucesores mala conductas copeyanos del partido fascista Primero Justicia.

No podemos olvidar que durante los momentos estelares de la corrupción política de los años 70 y 80, el verbo político siempre apeló al discurso ramplón que hizo oídos en la opinión pública, como cuando el presidente Jaime Lusinchi amenazó al periodista Luis Guillermo García en un escenario de guerra económica de actores de poder político, donde el reportero de la entonces RCTV, según su propia opinión, era la voz del pueblo. Al respecto señaló García:

“Yo creo que buena parte de lo que pasó en este episodio con Lusinchi es expresión de la Venezuela que teníamos, o sea, es un síntoma pequeño de una sociedad ya carcomida. Detrás del episodio Lusinchi hay una serie de antecedentes que tienen que ver con la historia económica, política, social y cultural venezolana”. [3]

Recientemente los discursos políticos observados en la última contienda electoral durante la campaña para la Asamblea Nacional en Venezuela a finales de 2020 dan cuenta de los lastres del pasado político reciente, pero también advertimos en otros que hay un respeto a la inteligencia pública y que se intenta adecentar el discurso político para producir confianza y respeto en la comunidad política y electoral.

Nos queda solo recomendar a los jóvenes congresantes y a los aspirantes a mandatarios, sean concejales, alcaldes o gobernadores, la necesidad de formarse, de aplicarse al campo del conocimiento y de la lectura selectiva, ser prudentes ante la tentación de la “microfonía” sin contenido, comprender y estar conscientes que hay un público inteligente observándolos. Que los partidos con vocación democrática deben fortalecer las escuelas de formación histórico-política, no solo para la parcela doctrinaria sino y sobre todo para el fortalecimiento de la democracia participativa y protagónica.

Aldemaro Barrios R. | venezuelared@gmail.com

[1] Luis Perú de Lacroix, Diario de Bucaramanga Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información; Caracas-Venezuela. p.30 2009. (transcripción original)
[2] Márquez Rodríguez Alexis, Con la Lengua Volumen V, Vadell Herman Editores, Caracas Venezuela, p.122, 2002
[3] Garrido Andrés / Luis Guillermo García (I) La intrahistoria de Jaime Lusinchi y el “¡A mí tú no me jodes!” Rebelión.org | Martes, 06/03/2012. Disponible en: https://www.aporrea.org/actualidad/n200251.html