De cómo un árabe en Catia le ponía las tapitas a las muchachas

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¡Zaaabateroo!, cantaba el hombre, ¡zaaabateroo!, era la forma de anunciarse a la clientela del barrio, la urbanización o el vecindario, que ya lo había incorporado a su cotidianidad y que le respondía, con toda confianza, desde la casa o el apartamento: “¡Jabibi, ven sube¡”, “¡allaa voy baisana!” –o marchanta– respondía él. En una mano llevaba un cajón con sus aperos de trabajo y sobre la espalda una bolsa con cueros y otros materiales. Había otros dos paisanos del zapatero que transitaban por el vecindario, ofreciendo sus servicios o mercancías: el amolador que se anunciaba con un silbato de sonido inconfundible que creaba todo un espectáculo de chispas que parecían luces de bengala, saltapericos silentes o rayos de la pistola espacial de Flash Gordon que saltaban prisioneros detrás de un plástico rojo al accionar el gatillo plateado; el otro era el “cotero” –porque cobraba por cuotas– y que vendía desde cubrecamas hasta planchas de ropa y que transaba una deuda interminable con sus clientas con las que acordaba pagos de 1 y 2 bolívares semanales y que iba rebajando en un cartoncito azul que perforaba después de cada pago.

Las distintas nacionalidades árabes, principalmente la siria y la libanesa, desde su llegada en el siglo anterior, ya eran parte del paisaje cultural de la parroquia. A finales del 59 George Bechara (abú Karin) junto a su esposa e hijos crea el primer restaurant de comida árabe –aledaño al bar Las Tres Lunas; los sirios de confesión maronita fundan la iglesia de San Jorge en la calle México con primera transversal. El resto de la colonia despliega su actividad comercial principalmente en la calle Colombia, donde comparte con judíos y armenios, y en la avenida Sucre dedicándose, principalmente, a la venta de muebles, telas y electrodomésticos. En 1962, en medio de la violencia de aquellos años, estalla una bomba en el club sirio-libanés de Catia y es creada, en la calle Colombia, la panadería La Flor de Trípoli. Esa cuadra bien podría llamársele del sabor árabe porque allí se crearían el Camel Café, La Casa del Sandwich y la panadería Camel de los hermanos Nader y Nasef Redwan. Más adelante se les agregaría El Arabito. Los árabes llegaron en realidad a Venezuela en los baúles y el habla de los españoles a quienes habían sometido a ocho siglos de dominación. A finales del siglo XIX ya se habían asentado en Caño Amarillo, donde Nayib Lahoud montaría la tenería del mismo nombre. La llegada a Venezuela no pudo ser detenida ni siquiera con la Ley de Colonización e Inmigración, aprobada en 1937. De corte racista, prohibía, además, la entrada de negros, chinos y árabes y que según sus mentores era para “blanquear el país” ya que de acuerdo a uno de sus principales formuladores, la inmigración debía ser blanca, europea y norteamericana. No obstante este impedimento la colonia árabe se las ingenió para seguir creciendo y seguir realizando su labor de mercaderes que le es tan propia y montando talleres de zapatería de los que hoy sobreviven unos pocos y que completaban la labor de los ¡zaabateeros¡ domiciliarios.

Calle Colombia asiento de los “Jabibi”

CATIA ERA UN CORRAL DE CHIVOS:

Fue muy lento el poblamiento de Catia al punto de que para 1870 apenas tenía una población de unos mil habitantes. Para finales de ese siglo tenía una incipiente industria compuesta por alfarerías y dos tenerías: la de Paúl y hermanos y la de José Boccardo quien se inició en la fabricación de botas para los militares y policías de Caracas. A estas se agregan, tiempo después, la de Nayib Lahoud, la Oropal y Los Robles. La industria del calzado encontró en Catia la horma adecuada para el desarrollo de una actividad que tuvo una decisiva influencia en la vida económica, política y cultural de la parroquia hasta los años 80. Caído el “gomecismo” en 1936, son los zapateros de Catia de los primeros en manifestarse a favor de las libertades democráticas a través de la huelga de ese año a los dueños de Boccardo, Benarroch y Saba hermanos. Estuvieron agrupados en la recién formada Federación Sindical de Zapateros del Distrito Federal y levantan la acción gremial solo cuando en octubre de ese año se llega a un acuerdo favorable. Diez años después, en septiembre, estallaría la huelga contra cinco fábricas zapateras. Ese año 36 se instala en la esquina de Nacimiento, avenida Sucre, la fábrica nacional de hormas y en los 40 Francel Ramia crea una fábrica de tacones a la que luego le agregan la producción de peines. En 1942 se crea un taller de zapatería en la cárcel Modelo. En septiembre de 1946 son inaugurados los talleres de Benacerraf que prometían fabricar un par de zapatos cada treinta segundos.

Catia se convirtió entonces en la principal productora de calzado y distribuidora de materiales para su fabricación y se llegaron a producir todo tipo de calzados: industrial, infantil, femenino, deportivos, además de carteras correas y chaquetas. En los años 40 a esta actividad fabril se van a incorporar los europeos, especialmente los italianos con su experiencia en el diseño.

Además de fabricante importante, Catia se convierte también en la principal expendedora de calzado al instalarse en sus principales avenidas numerosas zapaterías.

Era tal la abundancia de fábricas que los jóvenes parroquianos que se incorporaban al trabajo buscaban en esas fábricas su iniciación laboral. Esas empresas para evadir sus responsabilidades fiscales y laborales crearon decenas de talleres familiares que cubrían varias fases de la producción hasta llegar a las fábricas donde se ensamblaban. El éxito comercial de las fábricas de zapatos era tal que muchas exportaban su producción. Jóvenes como los hermanos Francisco e Inocente Carreño alternaron su oficio de zapateros con sus estudios musicales. Lo mismo hizo José Castro, uno de los fundadores de la orquesta catiense “Sonero Clásico del Caribe”. Otro de los fundadores de esa agrupación Carlos Emilio Landaeta, “pan con queso”, inventó sus famosas maracas de cuero utilizando la materia prima de las tenerías de Catia.

Fábrica de calzados opera en el Núcleo Endógeno Fabricio Ojeda.

CAMINANDO EN LOS ZAPATOS DE LA MUERTE

José Patiño asesinó al alpargatero García Chacón en abril del 1963. En noviembre de ese mismo año robaron una fábrica de zapatos en la calle El Atlántico. Ya había sido atracada en 1942 la fábrica de hormas en la avenida Sucre y habían atrapado a Lorenzo Acevedo por robar una alpargatería en Las Tinajitas, avenida Sucre en 1936. En diciembre de 1968 estalla una bomba en la calle Argentina, hecho que es atribuido a la guerrilla urbana. Allí mueren una niña y la italiana María Costa: encargada de la fábrica de calzados La Popular de Guarderian Klikon. En 1972 una comisión de Interpol atrapa, en Ruperto Lugo, a Victorino Campagniolo Razzano de 37 años, de profesión zapatero y dueño de la fábrica de zapatos Mahna, ubicada en Cútira. Se le señalaba como un cabecilla mafioso que huyó de Italia luego de estafar varios bancos. Había llegado a Venezuela desde Colombia en 1968. En 1979 hubo un incendio en zapatería La Sultanita, propiedad de Visconti Filauro. Las pérdidas fueron calculadas en un millón de bolívares. Después de ese episodio no se había oído mas sobre casos del hampa o tragedias relacionadas con el calzado, hasta que a finales de los años 80 comienzan los asesinatos producto del robo de “zapatos de marca”. Siempre fueron las estrellas de cine las que impusieron la moda del calzado: dos tonos, Luis XV, botas vaqueras, botines, zapatillas, suecos, machotes, plataforma –a los que llamaron pisamojones– , suela de corcho, sandalias romanas, suela espuma y otros más. Por cierto: “suelaespuma” era el alias de un temible torturador de la cárcel Modelo en tiempos de Pérez Jiménez. Pero llegó la televisión a colores y vía satélite por donde se transmitían los juegos de básquet de la NBA de los Estados Unidos con sus “grandes estrellas” realizando proezas deportivas admiradas por los jóvenes. En su indumentaria se destacaban enormes y llamativos zapatos. Eso coincidió con la ruina de las fábricas de zapato parroquiales producto de la importación sin control y entre esta una gran cantidad de zapatos de imitación provenientes de Colombia, Panamá y países asiáticos. Lo que se llamaba zapato deportivo o de goma pasó a ser el calzado de mayor preferencia entre la población haciendo casi desaparecer el zapato de suela o “de vestir” –como se les decía–. Los novedosos zapatos fueron la causa de que se cometieran horrendos asesinatos en la persona, principalmente, de jóvenes que presumían orgullosos sus botas, seguramente creyéndose uno de sus admirados jugadores. Los zapatos deportivos que se fabricaban en Catia eran los “Super” “el calzado aristocrático –así se promovían–. Esta fábrica sufrió un incendio en 1953. Luego fueron los “Paseo” y los “Chan”: unos zapatos muy baratos que eran objeto de crítica y hasta de burla.

CUERO Ná MÁ:

El oportuno, punzante y creativo humor del venezolano no podía dejar de hacer guasa con la actividad de los zapateros remendones y con todo lo relacionado con el calzado. La chanza comenzaba en los juegos infantiles con una canción que decía: “zapatero remendón, tira peo en el cajón”. Luego era frecuente oír a una mujer decirle a otra: “¡umjú mijita¡ ese carajito tuyo como que es hijo del jabibi”. Las tapitas eran unos adminículos que al desprenderse de los altos y muy delgados tacones Luis XV fabricados en Catia, ponían en aprietos a sus portadoras. Por eso, cuando una mujer pasaba por algún sitio malencarada cualquiera decía: “a esa como que se le cayó la tapita” o “a esa como que le hace falta que le pongan la tapita”. En un piropo subido de tono se preguntaba: ¿mami y a ti qué te gusta, la media suela o la suela entera?”. Una mujer podía rechazar las pretensiones amorosas de un hombre o sellar una ruptura sentimental expresando con desenfado: ¡sacúdete zapato viejo que ya no caminas! o si no ¡qué va mijito zapatea pa`otro lado! Las chancletas o cholas de plástico o de goma al igual que las alpargatas estaban en el más bajo nivel de la clasificación del calzado. Así que cuando se quería ofender a alguien se le llamaba chancletúo, chancletero o alpargatúo que era sinónimo de marginal, tierrúo y ordinario o metiche. Una mujer desengañada podía decir, a modo de desprecio: Es que chancleta que yo me quito no la vuelvo a recoger. A los hombres se les advertía que no debían andar en chancletas so pena de ser llamados maricos: solo se admitían como normales las cholas playeras. Como cholas se denominaban los testículos masculinos o se acicateaba a otro para que actuara con más rapidez: “¡métele la chola o dale chola! Alpargatúo era sinónimo de campuruzo o campesino y más ordinario que usar alpargatas con medias era una comparación desagradable. Chancletúo era sinónimo de pobre y mediocre. A un hombre se le acusaba de “zapato prestao” cuando el tamaño de su miembro era muy pequeño en relación con el tamaño de sus zapatos. Pero al que tenía el pie, o el ñame, grande lo llamaban “patón” (como a Alejandro Carrasquel, nuestro primer grandeliga). Esto le ocurrió a un niño de 12 años que, en septiembre de 1950, fue a la zapatería del señor Torres, en Los Flores, a comprar unos zapatos talla 44. Torres, para no perder el cliente mandó a hacer la horma en la fábrica de Cútira. Los tacones y las chancletas eran también armas defensivas y disciplinarias. Una mujer iracunda con unos tacones en la mano era mucho el daño que podía hacer. “Te voy a da dos chancletazos pa´que te quedes quieto” era una advertencia para el hijo inquieto. El que bailaba mal era porque lo hacía “zapateao”. Una persona díscola o agresiva cambiaba de comportamiento cuando se encontraba con la horma de su zapato. Una piedra en el zapato es sinónimo de obstáculo o de fastidio. Para rechazar la intromisión de alguien en determinado asunto se le advertía: “zapatero a tu zapato” y, finalmente, zapatero significaba la victoria aplastante sobre el contrario en el juego de dominó.

Algunas de las trescientas fábricas de calzado que hubo en Catia fueron: Calzados Jazpe de E. Maldonado, en 1951; Calzados Eterna, 1954, 7ma av. entre Perú y Brasil; La Superior, 1954, El Atlántico nº 17; Pony`s Shoe, 1958, de los hermanos Santy; Zillaconza, La cortada; Donicelli: Dery, calle Perú; Botas de seguridad Standard; Pocholino, Plan de manzano; Onasis Shoes, calle México; Pepin, 1976; Semaflex (Paseo) avenida El Cuartel y calle Bolívar; Vencicon; Época; Chicolin. Bonanza, años 60; Super, de Luis Ángel Socorro Castellano. Estos zapatos eran competidores de los populares US kids; Lucas; Laura; En el año de 1968 aparecen registradas en la guía telefónica las siguientes: Soler, calle El Club, Altavista; Framar, calle Perú; Griseppina, calle Argentina; Musco, calle Panamericana; Piemontese, calle México; Pieveneta, Los Flores; Regina, Altavista; San Judas Tadeo, calle Colombia; carteras Jenny, avenida Sucre; Carteras Lyne, avenida España; Napoléon, calle Brasil; Doria, Suelatex y muchas, muchas otras.

Se nos gastó la suela completa 

Casi un siglo de tradición zapatera fue desapareciendo paulatinamente. Las máquinas caseras dejaron de coser y con ellas desaparecieron también los talleres familiares. La economía de puerto se impuso y para los industriales del calzado resultó mas fácil y rentable la importación de inmensas cantidades de zapatos con dólares del gobierno. Una época de pujanza y esplendor se diluyó por la desidia y la falta de incentivos. Así pues, uno de los emblemas productivos de la parroquia junto con otros: como los textiles, el papel, la agroindustria y la pequeñas industria se extinguió definitivamente. Pero las manos de los catienses todavía conservan intacta la memoria del esfuerzo realizado por calzar a los venezolanos. El gobierno, en un intento por revivir esa industria creó, en el núcleo endógeno de Gramovén una industria fabricante de calzado quizás para no dejarnos como “los zapatos de Manacho” que, todos lo sabemos, son de cartón, de cartón.

Ciudad Ccs / FRANCISCO AGUANA MARTÍNEZ
fcoaguana@gmail.com