PERFIL | Martin Luther King, magnicidio contra un pueblo

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¿Quién mandó a matar a Martin Luther King?”, se preguntó una vez el Comandante Hugo Chávez. Y respondió a su propia pregunta: “El mismo Estado norteamericano, porque era negro y era un líder que estaba levantando vuelo y amenazaba al poder establecido en Estados Unidos”.

Hablando frente a graduados de la Universidad Bolivariana de Venezuela, Chávez citó a King: “Tengo el coraje de creer que algún día todos los habitantes de la Tierra tendrán sus tres comidas por día, para la vida de sus cuerpos; tendrán educación y cultura, para la salud de su espíritu; y tendrán igualdad y libertad para la vida de sus corazones”.
Cuando lo abalearon en aquel motel de Memphis, en el estado de Tennessee, el disparo iba contra su cuerpo, pero también contra todo lo

que él había mencionado en esa frase: el acceso de todos a la alimentación, a la educación, a la cultura, la igualdad y la libertad. No fue una bala contra el cuerpo de un hombre, sino una bomba contra miles de millones de seres humanos.

El eminente historiador Vladimir Acosta, autor de un magistral estudio sobre Estados Unidos, titulado El monstruo y sus entrañas, asegura que el asesinato de King no es un hecho para nada sorprendente. “EEUU ha sido el país más racista que ha habido en este planeta y me atrevo a decir que en la historia en cuatro siglos”, expresó durante un foro televisivo a propósito de los disturbios generalizados causados por el asesinato del afrodescendiente George Floyd, en 2020.

“Cuando mataron a Martin Luther King, 145 ciudades se levantaron y protestaron, quemando todo a su paso; en 1991 pasó algo similar cuando dieron una brutal paliza policial a Rooney King, pero en ambos casos todo quedó en asunto doméstico e interno, con policías represores liberados y asesinos sin castigo. Ahora, las protestas antirracistas de los estadounidenses se dispersaron por el mundo, contagiando a otros pueblos, especialmente en Europa, gracias a las redes sociales, y la condena y repudio están desnudando la verdadera ‘esencia’ de la unión americana: racista y asesina”.

Pero esos hechos de 2020 demostraron también que se ha avanzado muy poco, en realidad, desde los tiempos de King. O tal vez sea una señal de que el imperio estadounidense y buena parte de la humanidad viven una regresión histórica, pues luego de la gran oleada de disturbios en EEUU, el autor del vil asesinato, el policía blanco Dereck Chauvin, fue liberado bajo fianza.

Un pastor de almas y de ideas

Originalmente, Martin Luther King Jr. fue llamado Michael King Jr. Ese fue el nombre que le pusieron en Atlanta, Georgia, el 15 de enero de 1929, cuando vino a este mundo. El Martin Luther vino después, cuando su padre, que también se llama Michael King, decidió cambiárselo él mismo y a su hijo, en homenaje al reformista religioso alemán Martín Lutero.

El joven Martin Luther King Jr. se tomó muy en serio esa especie de epifanía de su padre, y terminó siendo pastor de la Iglesia bautista, una de las más fuertes de EEUU. Pero nunca se conformó con guiar las almas en los términos habituales, sino que incursionó en el efervescente movimiento por los derechos civiles de los afrodescendientes, que sacudía a su país silenciosamente y que se vinculó con otros grandes motivos de protesta general, como fue el rechazo a la guerra contra Vietnam.

En su refulgente carrera, fue líder de protestas pacíficas reclamando el derecho al voto, la no discriminación y otras garantías civiles fundamentales para los afroestadounidenses. Se le recuerda por su rol en el boicot a los autobuses de Montgomery, en 1955, a propósito del caso de Rosa Park, la mujer negra que se negó a darle el asiento a un blanco y fue detenida. También fue dirigente clave en la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad, en agosto de 1963. Fue en esa ocasión cuando dio su más célebre discurso: Yo tengo un sueño (I have a dream), que lo consagró como uno de los grandes oradores en la historia estadounidense.

Las luchas en las que participó el mártir tuvieron resultados. Muchas de las reivindicaciones reclamadas se incluyeron en la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Derecho de Voto de 1965.

Enérgico y joven, King llegó a ser una de las figuras de mayor proyección de EEUU, dentro y fuera del país, en particular porque fue abanderado de las luchas por medios no violentos. De allí que recibiera el Premio Nobel de la Paz en 1964. Cuatro años después, cuando su imagen se agigantaba ya demasiado, fue víctima de lo que sin duda puede catalogarse de magnicidio, pues aunque no tenía un cargo político, era uno de los grandes líderes estadounidenses del momento. Fue el magnicidio contra un pueblo.

King había ido a Memphis para brindarles apoyo a los obreros negros del aseo urbano de la ciudad, que estaban en huelga. Era un típico caso de discriminación: a todos los trabajadores, blancos y negros, se les pagaba 1,70 dólares la hora, pero cuando las condiciones climáticas no permitían la recolección de desechos, a los blancos les pagaban igual y a los negros no.

El día previo a su asesinato pronunció un discurso al que se considera profético (porque prácticamente anunció su propia muerte), pero que, aparte de eso, es una pieza digna de tener en cuenta por la densidad de sus contenidos y su propuesta de acentuar los boicots contra productos de consumo masivo elaborados por empresas racistas. Como una pequeña muestra, dijo: “No estamos ocupados en una protesta negativa y discusiones negativas con nadie. Estamos diciendo que estamos determinados a ser hombres; estamos determinados a ser personas. Estamos diciendo que somos hijos de Dios. Y si somos hijos de Dios, no tenemos que vivir de la manera en que nos obliguen a vivir”.
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Vio la Tierra Prometida

En su último discurso, Martin Luther King habló de las amenazas de muerte que abundaban en su contra. “No sé lo que pasará ahora; se nos vienen días difíciles. Pero de verdad, no me importa, porque he estado en la cima de la montaña. Y no lo tomo en cuenta. Como cualquier persona, me gustaría vivir una larga vida. Pero eso no me preocupa ahora. ¡Yo solo quiero hacer la voluntad de Dios! Y Él me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado, y he visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue allá con ustedes. Pero quiero que ustedes sepan esta noche, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida”.

Unas horas después, King salió un momento al balcón de la habitación del motel Lorraine y el fanático supremacista blanco Earl Ray le pegó un tiro en la garganta.

No fue el primer atentado contra King. Unos años antes, los adversarios se valieron de una mujer negra con problemas mentales. Ella se le acercó cuando estaba autografiando libros en Nueva York y le clavó un puñal apenas a milímetros de la arteria aorta. La prensa dijo que si hubiese estornudado en el trayecto al hospital, habría muerto desangrado.

También en su último discurso recordó ese incidente. Y dijo que recibió muchísimas cartas de gente de todos los niveles, desde el presidente de EEUU hasta una niña blanca que le escribió para decirle: “Estoy muy feliz de que no haya estornudado”.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ