ARRIMANDO LA BRASA | Con la vacuna o sin ella

Laura Antillano

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La televisión de Galicia, en un programa de variedades, ha comentado el caso de una señora de tercera edad (mayor de ochenta) cuya asistente o familiar encargada de su cuido impedía le pusieran la vacuna, el hecho es que finalmente se la pusieron sin su consentimiento, y el hecho es que en el programa se discutía que argumentos podrían tener para que no la recibiera, entre los mismos se habló de principios religiosos y otros, el hecho es que quien se coloca la vacuna no sólo se está protegiendo a sí mismo sino también a las personas de su entorno, lo otro es tener prejuicios con relación a la vacuna del covid en sí, los que parecen tener algunos dada la variedad de vacunas que se han anunciado atribuidas a diferentes empresas y países; pero en el caso en cuestión esos no parecieron ser los argumentos.

Hace unos cuantos años tuve oportunidad, en Cuba, de presenciar una obra de teatro montada al aire libre para una comunidad, a la cual algunos argumentos religiosos prohibían justamente ese asunto de las vacunas. La obra fue escrita y se representaba en distintos lugares al aire libre con evidente intención pedagógica, y generaba una conversación con la gente de las comunidades después.

Lo cierto es que con todos estos meses de pandemia, encerrados y con las rutinas de vida transformadas, las vacunas son como un regalo que pienso todos esperamos, dado que sin ellas la posibilidad de volver a una cierta normalidad parecida al pasado, no podría generarse. La gente que se niega a la vacuna de repente es un problema que no incluimos en el cuadro idealizado de cómo serían las cosas.

Así que entre las muchas circunstancias que se sumarán al hecho de esta espera, de las que se comprarían o serían gratuitas, de las cualidades que se atribuyen a unas y otras, y de la lista de países que han creado las propias y son ofrecidas a la población mundial, más el procedimiento aparentemente generalizado de que primero estarán para la tercera edad como grupo con mayores riesgos de contagio, ahora habrá que sumar el hecho de que hay gente que no quiere la vacuna…

No tenemos ni idea de cuál será el porcentaje de población con esa idea, ni cuál será la mejor manera de manejar el asunto. El hecho es que sin la vacuna la posibilidad de contagio está abierta de manera explícita (y es por eso que seguimos encerrados y aislados en muchos sentidos).

En el programa en cuestión nunca quedó claro cuál sería el argumento para negar la posibilidad de que la abuela se la pusiera, quizá temor a los efectos posibles de la misma, quién sabe. Lo que nos resultó evidente es que allá se la están poniendo y con mucho entusiasmo general, salvo excepciones como esa.

Habrá que sumar esa posibilidad a lo que pasará con nuestros conterráneos y el proceso de vacunación aquí. Esperemos no sea mucha gente la del desacuerdo con vacunarse.

El hecho es que probablemente tendremos después de ese proceso colectivo una normalidad relativa, dado que las informaciones alrededor del virus y sus mutaciones no son muy optimistas.

En todo caso, pensamos que la vigilancia permanente en el cuidado de mantenimiento de las normas que se han hecho internacionales deberá continuar, al menos un tiempo prolongado. Con ello florecerán las relaciones virtuales con mayor énfasis que nunca, lo que no deja de ser un asunto interesante.

Acaso el amor tendrá el brillo de centrarse en las palabras y los gestos a distancia propios del nacimiento del Romanticismo, y las virtudes de la palabra y su uso poético en términos excelsos llegará a la cúspide, regresaremos a pudores y recatos propios de nuestras bisabuelas, y la vida en común adquirirá un brillo donde la inteligencia, el ingenio y lo invisible asumirán el trono.

Trono que, en el fondo, nunca han perdido.

Laura Antillano