CRÓNICAS Y DELIRIOS | Mensaje de voz a Manzanero

Igor Delgado Senior

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Querido Maestro

Todavía no salgo de mi asombro ni el asombro sale de mí, por tu desaparición en el pandemónium de ese coronavirus que solo canta para malograr nuestra existencia. ¡Órale, ¿por qué no te vacunaste aquella tarde que llovía y viste gente correr para inmunizarse? ¿Acaso el ciego de tu canción, en un momento de lúcida luz, no te aconsejó al respecto? ¿Resulta factible pensar que una de tus amadas féminas, luego de realizarse el examen de despiste, te haya dicho: “Estoy tranquila… No sé tú”? Y aquel hombre que vendía flores y mucho preguntaba, ¿nunca te inquirió si habías ido a un Barrio Adentro de allá para que te pincharan el brazo? Te confiaste, camarada del alma, no hay derecho; “tantito te fuiste y ya harta falta que nos estás haciendo” (según expresaría algún personaje de Rulfo).

Te hallas, como un indeleble compañero de viaje, en el repaso de mis acontecimientos y estremecimientos personales. Te miré con mis ojos de muchacho errabundo, cuando tocabas en la taberna El Zafiro, o quizás tenía otro nombre menos ostentoso, situado por los alrededores del Palacio Nacional de México. Allí me sorbí tus canciones y tus modos auténticos desde la barra de cervezas económicas, y al terminar las interpretaciones me permití el elogio de un emocionadísimo apretón de manos. Entonces tú, muy campechano aunque no eres de Campeche sino de Yucatán, me diste una palmadita de agradecimiento en el rostro y le enviaste saludos “al cuate Alfredo Sadel”. No volví a El Zafiro porque un berrinche de beodos lo incendió después.

Mi siguiente trato contigo que continúa hasta los soles de hoy, hermano Armando, posee el rasgo generacional de la más honda cercanía, porque tú nos has acompañado en los lances del amor y en los trances del desapego, en los ensueños pasionales y en el ocaso del enamoramiento, vale decir, en las junturas y en las rupturas. Siempre el mismo, siempre con esa natural solidaridad que reconforta.

Las letras de tus canciones, querido maestro, con apariencia de gemas sencillas, nos rondan por los cauces del sentimiento y constituyen una suerte de nobles lumbres en los escollos del desamparo. Hoy cabe recordar, entre nosotros, la anécdota con García Márquez cuando ustedes dos decidieron realizar un proyecto de canciones en común: tú compondrías la música y el Gabo se ocuparía de elaborar las letras. Pasó el tiempo y tú terminaste la parte melódica, pero García Márquez bajo distintas excusas alejaba las fechas de entrega. Por fin el Gabo, con una carcajada de derrota, te dijo: “Me rindo, Manzanero, me rindo, es que las tales letras no me salen como a ti”.

Con tu metro y medio (más cinco centímetros adicionales) llenaste sesenta años de música romántica en América Latina, además del récord particular de cuatro matrimonios, dos divorcios y siete hijos. Encarnabas, mi buen Armando, la contrafigura de las estrellas del negocio artístico, y por eso la penetrante Elisa Lerner asentó por allá en 1980 que tú no eras un divo lujoso, bello y ególatra, sino el anti-Julio Iglesias por excelencia, sin locuras o altanerías biográficas en el canto. ¡Elisa tiene plena y sabia razón!

Ante tu partida, confieso (también aquí entre nos) que me puse a llorar con seriedad como un antiguo macho de pelo en pecho, pero luego pensé en la trascendencia intemporal de algunos seres humanos, y te coloqué sonoramente a mi lado a través de las canciones, y le pedí a mi mujer que brindáramos con un ron disfrazado de tequila por todos los milenios de tu memoria.

Abrazos eternos, cuate, maestro, camarada.

Igor Delgado Senior