EstoyAlmado | ¿Cuál privacidad?

Manuel Palma

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La disputa por el derecho a la privacidad no es nueva. En las civilizaciones antiguas era usual hablar cerquita de las fuentes hídricas, pues se creía que el ruido del agua impedía que los curiosos pudieran escuchar. La iglesia, por su parte, valoró desde tiempos remotos que la privacidad era peligrosa, porque relajaba la exigencia clerical de admitir pecados en los confesionarios.

Hasta ahora no se sabe, con documentos comprobables, en qué punto de la historia humana comenzó la lucha en defensa de la privacidad. Se conoce que en 1890 los estadounidenses Samuel Warren y Louis Brandeis escribieron un ensayo para alertar sobre la necesidad de proteger el derecho a la privacidad. Ambos hicieron la advertencia por los “cambios tecnológicos” que suponían para aquel entonces la fotografía y los periódicos. Warren y Brandeis justificaron la privacidad sobre la base del derecho a la intimidad, un atributo –según ellos– esencial para la humanidad.

Hoy la privacidad causa controversia por el cambio de políticas de privacidad anunciado por WhatsApp. Millones, según reportes de prensa, se fueron de la app. Los motivos abundan: moda (otros lo hacen, yo también lo hago, porque quiero estar en “lo nuevo”), la necesidad digital de sentirse más moderno porque “Ahora también estoy en Telegram”; o por simple miedo infundado por lo que Facebook pudiera hacer con los datos personales.

Y digo infundado porque no es verdad que, de ahora en adelante, Facebook (FB) usará nuestros datos con las nuevas políticas de WhatsApp. Al igual que otros gigantes tecnológicos, lo más seguro es que Facebook siempre ha usado nuestra información, pues WhatsApp es una empresa de Facebook, y precisamente el modelo de negocio de Mack Zuckerberg es ceder nuestros datos personales a empresas que pagan por ello para hacer publicidad ajustada a nuestros gustos e intereses. ¿Qué nos hace pensar ahora que nuestros datos estaban protegidos antes del anuncio de WhatsApp?

Si todavía creemos que nuestros datos han estado siempre protegidísimos, ¿cómo se explica la “filtración” recurrente de conversaciones de WhatsApp de políticos, famosos y empresarios? ¿Por qué solo le ocurre a figuras públicas; acaso le robaron los datos cuando dejaron el celular un momentico en la mesa?

Creo más bien que en esta era digital los llamados teléfonos inteligentes y dispositivos electrónicos son nuestra condena y satisfacción, al mismo tiempo. Sin alarmarse ni caer en la histeria debemos asumir que todos nuestros datos digitales los manejan otros, nos guste o no. El escándalo de Cambridge Analytica ratificó la sospecha de que los cifrados de extremo a extremo no son más que un tecnicismo con falsa apariencia de seguridad. Y la filtración de los datos de 235 millones de usuarios de TikTok, Instagram y Youtube, ocurrida el año pasado, revela la permanente vulnerabilidad de los sistemas de seguridad digital.

Es inevitable: por más que Elon Musk o Edward Snowden nos recomienden usar Signal tendemos a dejar nuestro rastro informativo en la red. Culturalmente lo aceptamos gustosamente.

Por tanto, indignarse y hacerse los sorprendidos con el anuncio de WhatsApp es desmesurado e hipócrita de nuestra parte. Dennis O’Reilly, escritor e investigador desde 1985 de nuevas tecnologías, lo resumió en 2007 de la forma siguiente: “La mejor manera de proteger tu privacidad en la red es asumir que no la tienes”.

Entonces, ¿qué nos queda?, ¿no usar más las redes ni las aplicaciones de mensajerías?

Limitar nuestra vida digital no parece la mejor salida, pues ya se volvió algo natural en nuestras vidas. Incluso, hay quienes afirman que sin dispositivos electrónicos no podrían vivir. Surtió efecto la creencia de que sin Internet ni dispositivos digitales no funcionamos; no hay sinapsis ni emoción que calme nuestros temores y alivie la cuesta de las adversidades mediante un divertido meme, un atractivo video corto o la revisión chismosa del último estado de WhatsApp de nuestros contactos.

Aunque hay pequeños sectores en el mundo libres de ese cordón digital, la última cifra actualizada indica que un promedio de 3.960 millones de personas en el planeta usan redes y aplicaciones. De esa cifra, el 99% lo hace mediante dispositivos inteligentes. Al parecer es nuestro nuevo opio, y para la mayoría de las empresas es la materia prima codiciada en el siglo XXI.

En ese contexto, el respeto a la privacidad de nuestros datos personales es solo una utopía. En la práctica el modelo de los gigantes tecnológicos basado en el intercambio de nuestros datos por diversión, entretenimiento y servicios gratuitos online aún tiene bases sólidas.

Cuando creemos que nuestros datos estarán mejor protegidos si nos cambiamos de WhatsApp a Telegram, por otro lado le confesamos a Instagram (una empresa que por cierto también pertenece a Facebook) cómo nos fue en el día, si terminamos con nuestra pareja, si preferimos el ron o el vino, si somos pro aborto o qué comida nos gusta. Es un círculo vicioso en el que estamos entrampados.

Seguramente esa debe ser la razón por la cual la Unicef nos pide que nos centremos mejor en los niños. Cada 28 de enero (día de la protección de datos) este organismo nos insiste en educar a los niños con énfasis en el respeto a la privacidad digital. El organismo multilateral dice que su campaña busca que los niños de hoy ejerzan a futuro “una ciudadanía digital responsable”. No sé si nosotros, (los de esta generación), lleguemos siquiera a la categoría de “responsables digitales” con el uso que hemos dado a nuestros datos, pero no podemos culparnos de haber pagado la novatada con un fenómeno que apenas fuimos entendiendo a trompicones.

Para las próximas décadas quienes no quieren arriesgarse son los ricos. Optan por pagar cifras exorbitantes para que sus datos y los de sus hijos no sean vendidos como mercancía a Facebook o Google, según publica Nellie Bowles en el The New York Time. La premisa que los adinerados aplican a su prole es menos exposición a las pantallas, más interacción social.

Por su parte, Europa intenta frenar a los monopolios tecnológicos con un reglamento general que a corto plazo no vislumbra garantía alguna de éxito, entre otras cosas, porque Facebook y Google esperan pacientemente que los países de la Unión Europea se enreden con legislaciones internas que debe aprobar cada nación, según sus propios mecanismos burocráticos. Y en efecto es lo que está sucediendo.

Algunos tenían esperanza en Irlanda porque en Dublín, la capital del país, están ubicadas las sedes de varias poderosas empresas tecnológicas. Se esperaba que allí se aplicaran las regulaciones necesarias, y luego ese ejemplo de mano dura se rebosara al resto del mundo.

Sin embargo, la realidad es que Irlanda, un país azotado en otrora por crisis económicas, fue seducida por la generación de empleos y la inversión de las compañías tecnológicas.

De ese modo, la regulación del derecho a la privacidad de los datos quedó relegada al olvido, como seguramente pasará con el reciente episodio de WhatsApp.

Manuel Palma | @mpalmac