VITRINA DE NIMIEDADES | Te doy un “Me Disgusta”: paradojas de estos tiempos de la información

Rosa Pellegrino

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¿Qué pueden tener en común Donald Trump, que se quedó sin sus cuentas en redes sociales, y usted amigo lector que comparte trozos de su vida en texto, palabra e imagen por plataformas que un día cualquiera le cambian la seña sobre la disponibilidad de sus datos? Podríamos sumar diferencias en una infinita lista, pero eso no importa mucho: ambos están atrapados en una pasmosa vulnerabilidad. Mientras discutimos sobre libertad de expresión, seguimos afrontando las mismas pugnas de poder en torno a la información como bien público.

El asalto al Capitolio no solo echó por tierra la visión hollywoodense sobre la vida pública de Estados Unidos. Metió el dedo en la llaga: la fantasía de libertad y equidad que nos creó internet se mantiene hasta que las nuevas élites de la información así lo deciden, como aquella diada Iglesia-Monarquía que secuestró para sí la interpretación de la Biblia. La diferencia acá está en un punto: en aquellos tiempos, la circulación de datos era limitada; hoy, vivimos surfeando sobre continuas olas informativas.

Pero, en medio de ese incesante consumo de contenidos, una cadena por mensajería instantánea por acá, una notificación por allá, un video que nos roba dos minutos del día, hemos comprado poco a poco, sin sentirlo, la falsa idea de que podemos controlar los datos que consumimos y, mejor aún, podemos expresarnos con la libertad que dan unas plataformas que hasta lo hacen parecer a uno más bonito.

Esa actitud tan “Como me da la gana”, tan “Qué poder tan brutal da un tuit”, tan “Puedo ser influyente”, cuesta: nada de eso podría ocurrir sin el beneplácito de las políticas de las plataformas digitales que usamos. Cambian sin saber si nos gustan, se “perfeccionan” a costa de cuentas restringidas y controlan lo que podemos decir. Aún más: pueden ser discrecionales en su proceder.
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Muestras frescas tenemos en la cotidianidad: un presidente que desconoce el sistema político de su país se quedó sin redes sociales, mientras el hombre que él reconoce como homólogo “interino” desestima el orden institucional en su patria y puede seguir tuiteando desde la sala de su casa.

La otra muestra está en la privacidad de nuestros datos. Las nuevas políticas que en ese sentido aplicará Whatsapp nos llevan por el camino de la indignación aunque lo expresamos desde dispositivos que ya nos sugieren qué palabra o emoji usar, nos hacen ubicables y pueden resguardar la historia de nuestra vida entera. Vamos entregando gustosos nuestra información sin saber si la tendremos de regreso.

Si en otros tiempos el problema era el acceso a la información, hoy el asunto es más complejo y desigual. Mientras más datos circulan, más impositivas y discrecionales son las políticas de quienes nos dan herramientas para sentirnos más libres al mostrar nuestras vidas y opiniones. Usted solo tiene la opción de decir “Me gusta”; ellos, en cambio, le pueden dar un “Me disgusta” que le cierre sus cuentas.

Rosa Pellegrino