CARACAS EN ALTA | Caracas la oscura

Nathali Gómez

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La iluminación pública eléctrica en Caracas está relacionada con el Libertador. En octubre de 1873, el día de San Simón, según Manuel Landaeta Rosales, se encendieron “varios aparatos eléctricos para el alumbrado”, explica Guillermo José Schael en Caracas, la ciudad que no vuelve. Diez años después, cuando se cumplió el centenario del nacimiento de Simón Bolívar, se puso en marcha una “pequeña planta eléctrica movida por un motor de vapor” y se iluminó el Teatro Guzmán Blanco, actual Municipal, la calle del Comercio y los bulevares de Capitolio.

Cien años antes de la llegada de la electricidad, el alumbrado público era una cuestión individual. Cada familia ponía en la fachada de su casa un candil o un farol con sebo, aceite de coco, manteca o cualquier otro material inflamable que pudiera alejar un poco a los aparecidos y fantasmas penitentes que rondaban por esta ciudad que se ha caracterizado por ser bastante oscura. En esos tiempos, el miedo era a lo incorpóreo.

Hablando de este tema, nuevamente traigo a esta columna a la esquina Candilito, en La Candelaria, que fue llamada así porque la luminaria señalaba el fin de la ciudad, hace doscientos años. Quien traspasara su umbral sabía que dejaba atrás la luz de lo conocido. Este pequeño recuento, con un caprichoso saltó histórico, mantiene su continuidad sobre los mismos tópicos: la electricidad, la oscurana en la ciudad y los miedos.

La semana pasada caminé en la noche desde la estación del Metro de Sabana Grande hasta la de Plaza Venezuela. Mientras iba por el bulevar, no hubo mayor problema. Los casi dos kilómetros de extensión están bien iluminados y el tránsito de personas genera confianza en el peatón. Sin embargo, al cruzar la avenida Las Acacias, el panorama cambia con un golpe sordo y oscuro, tal como ocurre cuando se llega a la estación Chacaíto. Caracas, en esos pocos metros, se aleja de nosotros.

Mientras avanzaba sola, pensaba en uno de mis grandes afectos que una vez me citó de memoria las palabras de Cortázar durante la entrevista con Soler Serrano, al hablar del suburbio de Buenos Aires donde creció: “Una pésima iluminación que favorecía el amor y la delincuencia, más o menos en proporciones iguales”. Dudo que el romance se hubiera atrevido a tentar a las sombras de un trecho de la Gran Avenida de Plaza Venezuela, que para más señas, queda en la misma manzana del Sebin. Simbólicamente es un pésimo mensaje.

La negritud de la noche, que no estaba tan avanzada, impedía que viera mis pies e incluso no alcanzaba a distinguir con claridad si la estación del Metro estaba abierta o no. A esa altura, no sabía si devolverme, si empezar a correr o si entregarme a mis temores. Es un mal momento que podría cortarse de raíz con unos pocos bombillos, aunque la solución sea mucho más compleja. Las calles son nuestras, lo sabemos, pero las mal iluminadas nos alejan de ellas y se las acercan a quienes pudieran hacernos daño.

Nathali Gómez