PUNTO Y SEGUIMOS | Economía: inventamos o erramos

Mariel Carrillo García

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Venezuela es un país bastante acontecido. Pasa de todo, no hay chance de aburrirse casi nunca y, en líneas generales, cualquiera tiene una explicación de las cosas que ocurren y que nos afectan en conjunto. Sin embargo, desde hace varios años hay un tema particularmente truculento que no entendemos casi ninguno y que muy pocos se esmeran en explicarnos de manera honesta y didáctica: la economía nacional. Es muy difícil dar una respuesta concreta y puntual sobre el tema cuando alguien de afuera (o de aquí mismo) pregunta: ¿qué pasa allá?, ¿qué onda con los salarios, precios?, ¿cuáles son los planes para salir de la crisis?, ¿dolarizaron o no?

Particularmente no soy partidaria de las respuestas –en ningún asunto– que se atan a una sola variable, causa o argumento. Con esto quiero decir que no encuentro entendimiento ni paz intelectual con la “explicación” que culmina en que el estado de nuestra economía es culpa del “socialismo de Maduro” (sic) y el chavismo que destruyó la industria, servicios, etc. que existían antes; pero tampoco encuentro completo ni satisfactorio que me digan que todo lo malo o disfuncional que vemos hoy es culpa del bloqueo y las sanciones bárbaras que nos impusieron.

Se entiende lo que significa no poder acceder a nuestros recursos en el extranjero y que además no podamos contar con aquella lluvia de divisas que nos otorgaba la producción petrolera, afectada por las sanciones desde la producción hasta la distribución. Se comprende la caída apoteósica de nuestros ingresos y las trabas para utilizar los “ahorros”, por decirlo de alguna manera; así como se valora el esfuerzo por mantener políticas públicas que permitan que la gente coma y que sigan existiendo servicios básicos pagables y educación y salud públicas, cosa que probablemente no harían en muchos otros países ante la misma circunstancia. Sin embargo, cualquier ciudadano corriente se da cuenta de que si bien estamos todos bajo la misma tormenta, no estamos todos en el mismo tipo de barco.

Mientras la mayoría de los asalariados -con un sueldo paupérrimo en bolívares– debe esperar bonos o rebuscarse en el sector privado de servicios (dolarizado) para poder sobrevivir, hay otro grupo de gente que vive y gasta en una suerte de país burbuja, con bodegones llenos de comida importada, concesionarios de marcas de alta gama, restaurantes de lujo, turismo en dólares y entretenimiento a precios prohibitivos para los ciudadanos trabajadores.

Sería bueno que alguien nos explique con datos y argumentos certeros cómo es que la empresa privada, especialmente la tradicional (es decir, importadores) goza de una vida en ascenso, con incentivos estatales y un mercado de gente que puede pagar sus productos y servicios a precios de primer mundo, en un país bloqueado y asediado como el nuestro. Hay algo que no cuadra. En esta crisis que sufrimos la mayoría, las minorías están obteniendo beneficios, y no pocos, sino más bien de esa clase que representan injusticia y desigualdad.

El pensamiento de “en tiempo de guerra todo se vale” nunca me ha parecido convincente, en especial si ese “todo” implica comportarse como lo que se supone estamos intentando cambiar o ser. Un pueblo con el ingenio del nuestro, con su resistencia y valor seguramente es capaz de encontrar una salida a los problemas que nos impone el adversario; lo que no podemos es pretender ser efectivos en dar una alternativa al capitalismo (desde nuestro modesto lugar) siendo más capitalistas que nunca, usando sus monedas, sus modos de pensar, producir e intercambiar bienes. Inventamos o erramos, decía el maestro Robinson.

De cualquier modo, por acá no somos economistas ni cuadros políticos. Si alguno de los nuestros tiene a bien convencernos (con argumentos, al modo Chávez) de que no estamos aplicando esa de que todo se vale, se agradecerá. Hay lealtad, paciencia y resistencia, pero no nos gusta la injusticia.

Mariel Carrillo García