Correo de Carabobo | Sigamos derrotando imperios

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Hace exactamente 200 años (enero de 1821) los habitantes de este territorio, que hoy conocemos y nombramos con orgullo Venezuela (para entonces, en los labios de los libertadores éramos Colombia o el proyecto de Colombia), llevábamos acumulados once años de conflicto con España. Luego de un año de jugadas políticas y golpes de salón estalló la década de confrontación efectiva y nominal contra aquel dispositivo imperial en decadencia, matizada por un episodio de pavorosa guerra social (finales de 1813 y todo 1814).

En ese período todas las familias tenían uno o más muertos, desaparecidos o mutilados en su haber. La tercera parte de la población había sucumbido al espanto tectónico de la guerra, y las crónicas disponibles hablan del momento lúgubre, triste, inconcebible, en que a los ciudadanos les tocaba salir a la calle a buscar algo de comida: había que esquivar los cuerpos de vecinos y desconocidos, en el trance de ser devorados por los zamuros y otros carroñeros.

Éramos una sociedad despedazada, herida hasta la médula por una de esas conflagraciones de las que parece que nunca será posible salir sino hacia algo peor. Pues aquella generación de fabricantes de nuestra primera independencia le torció las riendas a ese presunto destino fatal, con voluntad, resistencia y una insólita cohesión en torno a un liderazgo, y salió de allí con algo que hacía pocos años no tenía: un país, un retoño de patria, un territorio donde construir una República y unas instituciones.

En ese ámbito, donde vale la pena establecer paralelismos y comparaciones, es bueno empezar a detectar una de las identidades clave entre aquello que culminó o empezó a mutar en Carabobo (1821) y la Venezuela resistente de hoy (2021): aquella ciudadanía golpeada hasta el absurdo derrotó a un imperio, y esta otra, que también ha llevado y sigue llevando golpes, le va ganando la partida a otro.

Carabobo no es memoria marchita sino una entidad viva que ha desembocado en estas continuaciones. Hemos decidido entregar nuestros esfuerzos a la misión de humanizar a Bolívar, de despojarlo de esa aura de Dios o ídolo romano con que cierto discurso se empeña en embadurnar al venezolano más universal, y esto no se logra sino ubicándolo y comprendiéndolo en su dimensión más obvia, aunque desdeñada: el Libertador era un carajo brillante que se equivocaba; un sujeto imperfecto que tenía impulsos e ideas geniales; un tipo que cometía errores e injusticias en la misma medida y profusión con que moldeaba hazañas sublimes.

Quien quiera comenzar a entender cómo era en realidad ese Bolívar no tiene sino que mirarse al espejo: allí está un ser humano que se mete o es metido en problemas y es capaz de salir de ellos. Eso es “popularizar”: reconocernos como pueblo en un caballero a quien la guerra lo acercó irremediablemente a los excluidos y humillados de la historia.

La verdadera hazaña

En estos 200 años de la Campaña y Batalla de Carabobo (la batalla fue el desenlace; la campaña, todos los preparativos y circunstancias previas) nuestra misión, como equipo editorial, complementario de los muchos equipos y comisiones activadas desde los ámbitos institucionales, consistirá en emplear los espacios de esta página para acercar a nuestro pueblo y nuestra ciudadanía el conocimiento, el interés e incluso el disfrute del relato de aquella gesta heroica.

No es solo Bolívar quien merece, o a quien nos merecemos, despojado del aura fatua de los santos y entidades metafísicas; la ciudadanía en pleno está hecha de héroes colosales. No toda la gente que construyó nuestra Independencia lo hizo con una lanza o espada en la mano; la rotunda y aplastante mayoría, de hecho, lo hizo pasando penurias día a día: la batalla crucial de Carabobo fue un combate entre unas 15 mil personas, pero en el territorio que hoy se conoce como Venezuela había menos de 700.000 habitantes. Diez años atrás esa población era de 898.000. Más de 200 mil compatriotas fueron liquidados por la guerra, por las enfermedades y por el terremoto de 1812, solo hasta 1821; en esa década el terremoto social y político liquidaría a muchas más personas: que esa sociedad haya fundado después una sociedad distinta (y no solo una República), eso se llama heroísmo y resistencia, y esa es una hazaña tan grandiosa como cualquier escaramuza o estrategia armada.

Así que esta sección tendrá por objeto revisitar a los héroes, tanto a los militares como a los anónimos, a esa gente que padecía la guerra en su cotidianidad: la casa, el día a día, el campo de batalla de los seres humanos. Las sucesivas entregas de esta página, que reconstruirán semana a semana los eventos de 1821, tienen por objeto vincular a niños y adolescentes, a gente con o sin vocación investigadora, con su historia, que es aquella que parece tan lejana pero que en realidad es un episodio más de esta otra: el aquí y ahora donde todos somos protagonistas.

Esta sección será posible gracias (también) a un equipo de investigadores conformado por Lheorana González, Gabriela Ibarra, Jesús Arteaga, Gustavo Mérida y otros y otras que se irán incorporando a la tarea.

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Gente Clave | Bolívar Pueblo

Nada o casi nada es “inocente” en Bolívar. Ser humano capaz de evolucionar entre aciertos y tropiezos, el caraqueño fue un aristócrata a quien el huracán de la Historia ubicó en la senda del más importante requisito para construir naciones, que es la incorporación del pueblo más pobre a un proyecto de emancipación. El Bolívar de 1810 a 1814 no estaba preparado para encarar esa verdad ni esa práctica. Pero el de 1815 en adelante sí: cuando Bolívar regresa de las Antillas y de su escala en Haití ya no es un aristócrata sino un revolucionario.

El artífice de su acercamiento decisivo con el pueblo combatiente fue Páez, pero la tarea de igualarse con la tropa, con aquellos hombres que no concebían el respeto al jefe por miedo sino por reconocimiento del valor y la gallardía, esa fue tarea suya. Si no hubiera pasado el examen del afecto de sus guerreros hubiera terminado aplastado por sus propios hombres.

+ Datos

Población

Antes de la Guerra de Independencia (1810) la población de Venezuela era de 898.000 habitantes. Después de Carabobo, se redujo a menos de 700.000 (datos de la Secretaría de Interior y Justicia).

Guerra Mediática

El empleo de los medios para debilitar
y confundir al enemigo no es un fenómeno
reciente: acudiremos a bibliografía, a
la prensa (fundamentalmente el Correo del
Orinoco y la Gazeta de Caracas) para detectar los canales informativos y fake
news de la época.

Ciudad Ccs / José Roberto Duque