Cuentos para leer en la casa | Ausencias

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La imagen del perro se impregna tanto en su retina que creyó sentir el olor de la descomposición. Era triste ver hasta como los seres más simples evocan un sentimiento de temor ante lo que puede ser la muerte. La lengua afuera, colgando de un lado, la mirada vidriosa y perdida, la rigidez del cuerpo ya frío y sin aliento, todo era la suma de la inercia postrada y sin alma de la no vida.

Cuando tienes cinco años, solo sientes la pavorosa tristeza ante la pérdida y el temor de qué significa morir. No logras entenderlo de un todo, sino como un “no más” de eso o esto o alguien. Y se te cuela un miedo infinito que en las noches se transforma en pesadillas y hasta orinas la cama. En ese instante, eres como el cachorrito juguetón e indefenso que todavía no sabe cómo controlar los esfínteres, y está sin madre ni nodriza que seque con lamidas sus humedades.

Cuando tu mundo de cinco vueltas se reduce a jugar y aprender el abecedario y los números, descubres con imágenes más que con palabras, aunque trates de capturarlo verbalmente, repreguntando cientos de veces lo mismo o muchas cosas.

Ahora, cuarenta años después, vuelves a tener las mismas pesadillas y no pasas mucho tiempo sin recordarlo. Es increíble, cómo todo ese acopio dormido de sensaciones y sentimientos que creías olvidado, y hasta eliminado de tu memoria, resurge de nuevo con la misma fuerza original.

Lo que es peor, adicionalmente sientes una culpa insoportable, cuando recoges bajo las llantas, el cuerpecito arrollado y embestido exhalando el último aliento en tus brazos, de tu amigo amoroso y fiel que salía contento a recibirte moviendo la cola.

La tristeza es una serpiente enroscada que te muerde en sueños, como en la infancia.

LA AUTORA

Sonia Prat estudió Periodismo en la UCV, es hábil en relacionar datos de diversos contextos en la construcción de sus historias. Es abuela desde tiempo reciente.