Cuentos para leer en la casa | La triste

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La muchacha observaba con avidez los pinceles expuestos en la tienda de implementos especializados para el arte de la pintura. Alba solía pintar acuarelas pacientemente, capa sobre capa. Siempre pintaba. Había en su ser íntimo un pocito lleno de texturas posibles, de colores, de formas nuevas naciendo, cambiando. Aunque sólo tenía tiempo los fines de semana, sacaba en las noches algunos minutos para algún retoque, diseño, estudio o previos. Tenía la ilusión infantil de mostrar sus pinturas a sus amigos y contar la historia de cada una de ellas.

Al apartarse un poco para echar una última mirada al conjunto de objetos expuestos, el reflejo de la vidriera la sorprendió; ese rostro que veía tenía una expresión tan triste, ajada, pálida, que hubiera querido consolarla. Era el de ella.

Sonrió para ver su sonrisa, luego hizo alguna morisqueta sin llamar la atención, pero la imagen no cambió. Entonces sólo la observó.

Jamás dudó que aquel rostro compungido tuviera algo que decirle. Fuera secreto o no, mantenía su velo, lo único que le daba personalidad. ¿Qué decía?, ¿qué tenía escondido? ¿Sería algo más que un puro reflejo?

¿Era una premonición, una visión futura acaso?, ¿qué le advertía? ¿Le anunciaba acaso la muerte de alguien querido? Comenzaba a sentirse inquieta.

Su doble al igual que ella cumplía con cierta rutina. Salía todos los días temprano, la observaba en la ventanilla del metro, y de regreso por la noche en los mostradores plateados del mercado. Hacía las compras como ella, iba al trabajo, quizá pintaba también, pero si alguien más la veía no parecía notar la diferencia entre aquella imagen reflejada y ella. La descubría en todos los lugares que visitaba, y en el espejo del baño cada noche al igual que cada mañana se quedaba largo rato contemplándola sin decirle la razón de su tristeza.

Nadie conocido de ella fue a la exposición que organizaron en el curso de pintura que llevaba. Luego, al enterarse que había ganado una mención honorífica, se sintió tan feliz que los invitó a todos nuevamente para que estuvieran en el acto.

Pronto se dio cuenta de que nadie quería acompañarla, todos tenían alguna excusa y ni un asomo de interés por la ocasión. Decidió ir sola.

Llegó temprano, había mucha gente, todos conversaban, compartían su entusiasmo. Sus compañeros del curso estaban todos acompañados de numerosa barra entre familiares y amigos. Alba los observaba sintiéndose completamente invisible. Cuando anunciaron el comienzo del acto, salió del salón.

Fue aquel día de la premiación que la lluvia vació las calles, y solitaria parada en medio del bulevar veía el agua deslizarse en rápida corriente. Y en esa capa continua, incesante, vio a la otra. Corría la voz también como el agua, la voz de aquella, escuchó lo que decía:

—Nadie parecía verme, sólo tú.

A pesar del paraguas se mojaba sin remedio, a pesar de estar llorando nadie la veía, sólo la otra, que también lloraba. Las dos imágenes se confundían ahora.

Una mariposa volaba discreta entre las dos luchando afanosa contra el viento y la lluvia, y cuando cayó vencida en el charco a los pies de Alba siguió volando frente a la otra. El cielo estaba detrás, como detrás de Alba estaba también, desgajándose en gotas. Entonces comprendió la razón de esa tristeza más allá de la circunstancia en sí. En ese momento, la camioneta que venía bajando hacia la avenida tomó la curva demasiado rápido, patinó y se montó sobre la acera de la esquina llevándosela por delante.

La mariposa jugó un rato antes de irse, de desaparecer tras el resplandor del sol que de improviso apareció entre las nubes que se abrían. Alba alcanzó a verlo y se dejó caer sobre el charco que abarcaba todo el pavimento y la pista.

La muchacha se separó de la imagen que observaba, oscurecida en ese instante, y corrió asustada, antes de que la camioneta que acababa de ver bajara y resbalara en la pista mojada.

Las nubes avanzaron llevándose la lluvia, el charco brillaba al sol.

LA AUTORA

Rachel Ortecho
Es ingeniero químico pero su vocación es la de la escritura literaria. Estuvo en los talleres de La letra voladora en Valencia, finalizó una novela juvenil: El tiempo de la araña, con la cual ganó un premio en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y fue publicada en el 2009. Este relato es del tiempo de su asistencia a los talleres. Ella por varios años se dedicó al oficio de bibliotecaria de la Escuela Luisa Cáceres de Arismendi en Valencia, e impartió, a su vez, talleres literarios a liceístas de la región.