Cuentos para leer en la casa | Mi dulce tumba

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Iba, muy tranquilo, camino a mi casa, cuando de pronto todo comenzó a temblar. Vi como se me venía una pared encima y, sin poder correr, irremediablemente me sepultó. Desde ese momento en adelante comenzó mi soledad.

Oía voces lejanas, ruidos de muchas máquinas, hombres dando órdenes, otros maldiciendo al esfuerzo y al cansancio. No recuerdo cuánto tiempo estuvo mi cuerpo aprisionado entre los escombros, hasta que sentí que alzaban un enorme bloque de cemento. Pude ver el resplandor del sol y la cara de todos cuando exclamaban:

—Aquí está uno.

—Con cuidado, puede estar vivo.

—¿Vivo? Después de tantos días sepultado, ¡no juegue!

Un médico me agarró la mano, creo que para tomarme el pulso. Con un estetoscopio trató de oír los latidos de mi corazón. “Está muerto” –exclamó– y se alejó con la misma indiferencia con la que se había acercado.

¡Cosa rara, yo oía todo!

Traté de moverme, traté de gritar, todo fue en vano, me resigné y me dije: “Si ellos dicen que estoy muerto, me quedaré tranquilo. Es la opinión de la mayoría. Solo no puedo luchar contra ellos. ¿Cómo demostrarle que no estoy muerto?”

Una serie de preguntas y cosas, a velocidad vertiginosa, me pasaban por la mente. “¿Qué hago? Me siento bien –me decía– mejor me quedo tranquilo”.

Traté de abrir los ojos, no se me abrían; traté de levantar las manos, tampoco. Traté de mover la boca, el mismo resultado. Era como si mi cerebro no quisiera ponerse de acuerdo con mi cuerpo.

Sentí cómo me levantaban y me lanzaban en una camioneta llena de cadáveres.

El chofer exclamó: “¡Van ciento veintisiete muertos! He dado nueve viajes y sin esperanzas de terminar”.

Arrancó en medio de un escándalo y ruidos de todas clases. Mi cuerpo bamboleaba de un lado a otro y en un frenazo que dio en su loca carrera, mi cabeza pegó contra una de las herramientas, entre tantos cadáveres, que cargaba la camioneta. ¡No sentí dolor!

Empecé a asustarme y me preguntaba: “¿Será verdad que estoy muerto, entonces quiere decir que la muerte es así? Si es así, los que están a mi lado deben sentir lo mismo, entonces me alegro de ir acompañado”.

Llegamos al hospital. Un gentío en la puerta, lloraba, gritaba. “¿Quiénes son!”, “¿quiero verlos!”. Eran las exclamaciones más comunes. Mi vista hizo un recorrido alrededor y mis seres queridos no estaban por ahí cerca.

“Pásenlos adonde están los otros. Colóquenlos en el depósito”. Un sitio lúgubre en donde me lanzaron sin ninguna consideración. En la oscuridad del sitio, comencé a cavilar. Metido en mis pensamientos estaba cuando sentí un golpe de luz. Abrieron la puerta y alguien exclamó: “¡Prepárense bachilleres, a todos estos cadáveres hay que hacerles la autopsia de ley! Si los familiares no los reclaman, nos quedamos con ellos para las prácticas”.

Uno decía, con una de mis manos agarrada y a la vez que me tanteaba: “Este ejemplar me gusta, me lo deja para hacerle el trabajo. ¡Ojalá no lo reclamen!”.

Ya para aquellos momentos había perdido la noción del tiempo cuando me levantaron en vilo y me acomodaron en una camilla. Sentí cómo pasaban por puertas, pasillos y por una de vaivén, como en un bar, me introdujeron en una sala iluminada. Había varias personas con las caras tapadas, manos enguantadas y un olor muy picante que no se me olvida. Prendieron un reflector que estaba colocado en el techo y sin perder tiempo empezaron a cortarme todo el cuerpo y me aserraron el cráneo.

“Regáleme esta parte del cerebro, doctor”, dijo alguien con una de sus manos metida en mi cráneo y arrancó algo que hasta hoy no sé lo que era. “¡Quiero el corazón!”, exclamó otro a su lado. “Me quedo con el hígado”, dijo un tercero colocado al lado del doctor. Durante un rato estuvieron repartiéndose mi cuerpo y yo sin poder protestar.

Tampoco se me olvida el olor a cacho quemado y formol que impregnó aquel ambiente. Me rellenaron el cuerpo con algodón, me cosieron y luego me vistieron con la misma ropa con la que me habían recogido.

¡Qué raro, nada de eso me dolió!

Me metieron en una larga gaveta y allí estuve no sé por cuánto tiempo, que pasó sin darme cuenta. Quizás dormí… quizás no dormí y de pronto sentí que halaban la gaveta y preguntaban: “¿Es este su hijo, señora?”. Vi a mi madre, vestida de negro y toda llorosa, que movía la cabeza en ademán afirmativo.

—Bueno, busque la urna para que se lo lleve, necesitamos este espacio para otro.

Mi mamá, ayudada por mi hermano y un enfermero, me acomodó en una urna de madera. Muy mala la madera y muy incómoda la urna. La cerraron y otra vez a oscuras.

Sentí el bamboleo de la carroza fúnebre al recorrer las calles.

Llegamos a mi casa y otra vez el alboroto, la gritería, los sollozos y el “aquí lo traen, bájenlo con cuidado” y yo me decía: “Para que tanto cuidado si ya estoy muerto”.

Vi muchas caras conocidas cuando destaparon la urna. Unos se quedaban viéndome fijo. Otros les daban el pésame a mis familiares y los demás ni en cuenta me tomaban. Estaban preparándose para el velorio.

Cayó la noche y más gente llegaba. Más café, más chocolate, más cigarrillos, más de todo para la concurrencia a costa de mi situación. A golpe de medianoche, oí un chiste tan gracioso que me dieron ganas de reír, pero como yo era el muerto no podía hacerlo. Quise disgustarme por tantas conversaciones sin interés, pero pensé y me dije: “Tú también lo hiciste”.

Así transcurrió la noche en un ambiente nada agradable para mí. ¡Todo estaba animado! Qué lástima que el muerto era yo y todo por culpa de esa pared.

Pero no era hora de lamentaciones, ya estaba amaneciendo y tenía que prepararme para mi entierro, que se llevaría a cabo en la mañana.

A la hora de salir de mi casa se presentaron los desmayos y los “tan bueno que era”, los chistes de mis amigos y de los conocidos tampoco faltaron, “quedó igualito, decían unos; otros respondían, “él siempre fue así, antes y después de su muerte”.

Más desmayos y mucho consumo de valeriana. Me taparon. Después sentí el paseo en hombros conocidos. No pude contar las calles que recorrimos, ellos a pie y yo sobre sus hombros. Introdujeron la urna en la carroza fúnebre. En una sola carrera llegamos al cementerio y sentí cuando me bajaban a la fosa. Oí como cayó la tierra sobre mi urna y sentí golpes de los pedazos de piedra que caían. Oí mucha gente llorar, entre ellos a mi madre, a mi hermana y me parece haber oído sollozar a mi hermano.

Después de todo ese acto, comenzó el silencio.

Solo, en esta oscuridad, en una misma posición, en esta urna tan incómoda, que ya se está desbaratando, sin poderme mover, este olor putrefacto que se hace insoportable y una serie de animalitos caminando por todo mi cuerpo.
Mientras no hallo qué hacer, sigo esperando el día que deje de pensar, es decir, hasta siempre.

EL AUTOR

Julio Barazarte
Caracas, 1942. Es periodista
y abogado
con especialidades en
deportes, movimiento olímpico y legislación deportiva. Ha ejercido ambas profesiones en diversos medios impresos,
radiofónicos ytelevisivos. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Deportivo en cinco oportunidades. Aficionado a la escritura y posee una serie de narraciones cortas inéditas.