Perfil | Fruto Vivas, arquitecto por casualidad

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No pensaba ser arquitecto. Lo suyo era el dibujo, en particular los retratos. En Caracas, su primer oficio fue pintor de toreros y toros, escenas de la fiesta brava. Utilizando materiales reciclados, imitaba al artista español Carlos Ruano Llopis, un cartelista taurino. Vendía los cuadros de casa en casa y así logró sobrevivir y pagar sus estudios con esos modestos ingresos. “Soy arquitecto por casualidad”, dice Fruto Vivas.

Con una audacia que lo ayudó mucho, este tachirense de La Grita se presentó a buscar trabajo como dibujante arquitectónico sin serlo. Solo había hecho los bosquejos de una casa a la que llamó Sinfonía, porque tenía las notas musicales en la reja. Le dieron el trabajo. Apenas tenía 16 años y allí comenzó su carrera, de un modo inusual, tanto que cuando llegó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar arquitectura ya tenía su propia oficina de proyectos.

Sin embargo, supo ser humilde ante el portento de la formación académica. Conoció la historia de la arquitectura, se ubicó en el mapa de los grandes arquitectos y se vinculó a las luchas políticas que hervían en la UCV. Asegura que fue por la universidad que dio el paso de acercarse a las necesidades de los más pobres, a los barrios de Caracas y a los saberes del mundo rural.

Entre sus muchos recuerdos significativos de esos tiempos, están las expediciones que hicieron los estudiantes para buscar tres pueblos coloniales que habían sido borrados del mapa por la Guerra de Independencia, en las montañas de Oriente. Los datos los aportó Alfredo Armas Alfonzo, quien le dio los nombres de esos sitios extintos: Urchire, Purvuey (o Purgüey) y Tucuyo. Los encontraron tras una investigación de campo en la que contaron con la ayuda de baquianos indígenas. Localizaron el trazado urbano al encontrar las piedras de moler maíz. En un momento estuvieron perdidos. El baquiano les recomendó pasarle la lengua a un madero vertical: del lado que supiera salado estaba el mar y debían caminar hacia el opuesto. Era un indio dando clase a los universitarios.

El enfoque de Vivas, de ese tiempo en adelante, ha estado signado por la misma idea: aprender de la naturaleza y de los saberes ancestrales, siempre con un notable sentido social.

“La arquitectura es el organismo exterior del hombre, creado por él mismo en el espacio y en el tiempo –dice este hombre que acaba de cumplir 93 años–. Tenemos en todas nuestras ciudades y campos una terrible pobreza. Para los pobres es que debemos trabajar los arquitectos, para los que necesitan nuestro trabajo, no para los millonarios que construyen hoteles y aeropuertos”.

Dimitri Duarte, en un artículo publicado en 2007, relataba las andanzas de Vivas en el exilio al que fue forzado durante los primeros años de la democracia representativa. Unos ingenieros del Banco Obrero, antecesor del Instituto Nacional de la Vivienda, viajaron a Cuba a conocer la experiencia de autoconstrucción por microbrigadas populares. Los cubanos se mostraron extrañados: “A nosotros nos enseñó un venezolano llamado Fruto Vivas”.

El arquitecto Leopoldo Andrade dice que Vivas era, para sus estudiantes, amigo y maestro, seguidor de Simón Rodríguez en lo que se refiere a aprender haciendo. “Me impresionó su claridad, la forma sencilla de analizar y sacar conclusiones de los problemas planteados. Su sabiduría para entender la forma de pensar de cada estudiante, escuchando su razonamiento con respeto, brindando la confianza para expresar nuestras ideas y propuestas. Siempre hacía hincapié en la ubicación y situación geográfica, nuestra historia, costumbres e idiosincrasia para solucionar problemas sociales”.

“Aprendimos que un arquitecto debe ser un gran organizador de ideas, que ayuda a canalizar y a hacer viables las inquietudes y necesidades de los seres humanos, para dar respuestas racionales a sus problemas grupales o individuales”, añadió Andrade, quien cataloga a Vivas como “un vanguardista en la arquitectura de nuestro país, pues marcó pautas que aún siguen vigentes, con sus ejemplos en el desarrollo de los proyectos. Por eso siento que siempre está dentro de nosotros, los que fuimos sus alumnos”.

El arquitecto Jesús Yépez, director de la revista especializada Entre Rayas, evoca también al Fruto profesor: “Ya cercano a graduarme, comencé a trabajar en el Instituto de Desarrollo Experimental de la Construcción de la UCV, y pude conocer a los profesores. Uno de ellos, Fruto Vivas, quien asistía con regularidad para dar conferencias en los cursos de postgrado y las jornadas de investigación. Vivas motivaba a los alumnos con sus magistrales posiciones sobre los materiales y sistemas estructurales. La ‘máxima resistencia’ y las ‘estructuras límite’ siempre estaban presentes en sus discursos. Mostraba y contagiaba esa pasión por la arquitectura y el cómo construirla. Transmitía energía y ganas crear arquitectura a través de la lógica estructural”.

Yépez recuerda muchos episodios del gran docente, pero destaca uno, en un curso de ampliación de conocimientos realizado en una universidad en Guayaquil, Ecuador, en el 2001, Vivas pidió una gran cantidad de palos de escoba para la clase, que se realizó en el patio.

“Él comenzó a hablar de la resistencia del palo de escoba como unidad, y mientras hablaba pidió a los alumnos presentes que, entre todos, fueran formando un techo. En pocos pasos emergió una estructura. Los estudiantes quedaron impresionados y pudieron comprobar cómo era posible construir un techo con sencillos elementos aplicando lógica estructural. Ese es el Fruto Vivas que conocí: un arquitecto que siempre ha sabido transmitir su experiencia profesional a muchos arquitectos de Latinoamérica”.
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Sobre estructuras límite

Uno de los fundamentos teóricos de la arquitectura de Fruto Vivas es el concepto de estructuras límite.

Según él, una estructura debe ser tan fuerte como sea necesario y no más de eso. Uno de sus ejemplos es que si el material de un avión no es lo suficientemente fuerte, se rompe; y si es más fuerte de lo necesario le impide volar.

Ideológicamente, Vivas ha sido una estructura límite. En los años de la guerrilla, puso su talento y creatividad al servicio del movimiento insurreccional. Debió pagar por ello con un exilio que retrasó el reconocimiento nacional que ya había comenzado a recibir por sus obras y su peculiar visión de la arquitectura.

Abierto el proceso de pacificación, se acogió a él, tras aceptar que la opción armada había sido derrotada. Sin embargo, no se doblegó.

Siguió cultivando sus utopías, mientras daba de qué hablar con logros como las casas-árbol y el impactante pabellón de Venezuela en Expo Hannover 2000.

El triunfo de la Revolución Bolivariana le concedió mayor fuerza al material ideológico del que está hecho. Así, Vivas ha sido una referencia en la idea del ecosocialismo, aún en gestación.

Su peso específico es tal que fue elegido para diseñar La flor de los cuatro elementos, el mausoleo del comandante Hugo Chávez en el Cuartel de la Montaña, una metafórica estructura límite: el dolor de un pueblo transmutado en robusto honor a su líder.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ