PUNTO Y SEGUIMOS | El sinuoso camino hacia los documentos de identidad (I)

Mariel Carrillo García

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Cuando tenía 10 años, mi papá me llevó a la oficina de la entonces ONI de Maiquetía, entonces municipio Vargas del Distrito Federal, para sacar mi primera cédula. Era un lugar francamente horroroso que aún recuerdo por su oscuridad, mobiliario de metal y paredes mal pintadas, fue hace mucho tiempo, pero pasé horas ahí, como era costumbre para obtener un documento de identidad. También recuerdo que según la señora que al fin nos atendió cuando llegó mi turno, me faltaba algún papel, eso significaba volver a madrugar, perder otro día de escuela y mi padre uno de trabajo, pero sobre todo, que tendría que volver a ese lugar tan desagradable. Ante la insistencia de mi viejo, la señora se apiadó. No era que me faltaba la partida de nacimiento… así que se hizo el trámite y salí con mi cédula laminada, que tuve hasta el año 2004.

Renovarla en Revolución – era ya la ONIDEX – en uno de aquellos operativos donde a todo el mundo le daban su cédula en un momentico – ¡gracias Chávez!- suponía un gran cambio, aunque para mí no lo fue tanto; se equivocaron en no sé qué y mientras lo “arreglaban” se me fue un día entero viendo pasar gente, mientras yo seguía acumulando mal humor en aquel solazo guaireño. Finalmente, casi al cierre del operativo me sacaron el documento. “¿Me puede decir por qué me tienen esperando aquí hace tantas horas? ¿Cuál era el problema?” Cero respuesta. Más bien que diera gracias por que me la iban a dar. Salí en la foto con cara de pocos amigos.

Cuando esa se venció y fui a renovarla en una sede del ahora SAIME, no había nadie y di gracias por la suerte. ¡Ah qué equivocada estaba! Los chicos que atendían me explicaron que mi cédula (la vencida) era de soltera, mientras que el sistema indicaba divorciada. “¿Cómo?” Sí. No te podemos renovar hasta que vayas a la sede central a que te arreglen eso porque aquí no podemos. “¿Es en serio?” Era en serio. Me tocó ir a la sede central en Caracas.

Me recibió una señora peinada con muchas trenzas, que no levantó la cara para verme mientras le hablaba porque estaba ocupada pintándose las uñas. Cuando terminé mi explicación me dice: a mí no me consta que tú no te hayas casado y divorciado, anda a buscar una carta de soltería y vuelve. “¿Dónde busco esa carta?” Me dio una dirección de la Alcaldía de Caracas. Al llegar y explicar: “Ahhh eso no es aquí”, y me mandaron a otra sede en Plaza Venezuela. Cuando llegué allá, el vigilante me escuchó y gritó en el pasillo: “¡Otra que jodió el Saime!”. Y con una sonrisa: “Pasa por aquí princesa”. ¡Por los clavos de Cristo! Al menos me dieron la carta. Cuando volví a la sede central, ya no trabajaban más. “Vuelva mañana o pasado”. Esa semana me iba fuera del país, empezaba un nuevo trabajo, así que me fui sin cédula. Aún la tengo vencida. Los consulados no sacan ni renuevan cédulas. Además, reconozco que nunca dediqué ni un día de mis vacaciones a ir a sufrir al Saime.

Entiendo que he tenido mala suerte, porque fui testigo del funcionamiento de Misión Identidad, aquel esfuerzo que hizo el Comandante Chávez por darle a los ciudadanos su documento; a los niños y niñas, a los habitantes de zonas de difícil acceso, a gente que nunca tuvo un papel que la acreditara como ciudadana de este país. Pero como en todo, para que el cambio sea duradero en el tiempo, tienen que cambiar los modos de ejercer la administración pública, no bastó (y no basta) que Chávez hiciera de locomotora de los procesos, si nadie los mantuvo o se esforzó por meter el ojo, la mano y el corazón ahí donde la gente lo necesita. Ciertamente ahora cualquiera puede tener su cédula, pero nadie está exento de la posibilidad de tener que pasar roncha para conseguirla.

En la oficina nacional de identificación, Saime, aún hay burocracia, funcionarios groseros, corrupción y malos ratos; especialmente si lo que necesitamos es el pasaporte, al que le dedicaremos el artículo de la próxima semana, porque sí, quizá con la cédula vamos en góndola, pero con el pasaporte vamos en el Titanic. Más posibilidades de salvación tienen los que pueden pagarlo a una cantidad absurda de salarios mínimos, o a una cantidad aún más absurda de divisas por los “caminos verdes”. Y eso ligando que ningún funcionario descuidado te cambie el estado civil en el sistema, o que la opción para resolver tus problemas no la ofrezca la página web.

Mariel Carrillo García