Perfil | Camarada Farabudo Martí, patriota centroamericano

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Decir Farabundo Martí es decir El Salvador. Pero este luchador social nacido el 5 de mayo de 1893 en Teotepeque, departamento de La Libertad, a unos 50 kilómetros de San Salvador, fue, rigurosamente hablando, un patriota centroamericano.

Durante su breve vida (solo 39 años), luchó contra las desigualdades sociales de su país natal, pero también lo hizo en Nicaragua, Guatemala y México, y siempre tuvo entre sus objetivos el ideal de que las naciones del istmo se confederaran en una unión, un proyecto que había logrado hacer realidad, por muy breve tiempo, el prócer hondureño Francisco Morazán, a quien no por casualidad se le llama “el Bolívar centroamericano”.

Además de ese afán por reencontrar la unidad regional, a Martí lo distingue su sólida convicción ideológica. Comunista sin dobleces, su nombre aparece en los anales de los movimientos marxistas de toda la región, incluyendo el de un intento fallido de Partido Comunista de Centroamérica.

Igualmente fue protagonista de la formación de grandes organizaciones sindicales obreras y campesinas en El Salvador, que irradiaron al resto del subcontinente.

Por todas esas razones, no es de extrañar que Farabundo Martí haya pasado buena parte de su vida política preso, en huelga de hambre, desterrado o clandestino. Tampoco es raro que haya sido declarado enemigo público de todas las oligarquías centroamericanas y del imperialismo estadounidense, ni que cayera fusilado luego de un inicuo juicio sumario, el 1° de febrero de 1932.

Los biógrafos dicen que pertenecía a una familia de modestos recursos y que su padre, incluso, desempeñó cargos políticos en Teotepeque.

A pesar de esos privilegios, de los catorce hermanos procreados, cinco fallecieron durante la infancia. Agustín Farabundo, el sexto de esa extensa pero malograda prole, logró graduarse de bachiller e ingresar a la Universidad de El Salvador, a realizar estudios de Derecho. No los concluyó porque le actividad política se apoderó por completo de su tiempo.

Sus primeras participaciones en actos públicos fueron contra los gobiernos de una dinastía de terratenientes que se había apropiado del poder político, las familias Meléndez-Quiñones. Sobreviene así la primera de varias expulsiones de su propio país. En Guatemala, lejos de aplacar sus ánimos, se involucra en las luchas de los sectores populares contra Manuel Estrada Cabrera, el dictador que retrata Miguel Ángel Asturias en su novela Señor presidente, quien lleva en el poder más de veinte años ininterrumpidos y planea gobernar de manera vitalicia, con el visto bueno de Estados Unidos, pues su régimen es complaciente con los intereses corporativos y, además, es un enemigo declarado de la unión centroamericana.

En Guatemala, Martí lleva un exilio lleno de enseñanzas y de aprendizajes. No pidió prebendas, sino que laboró como obrero en una fábrica de cerveza, jornalero en las faenas agrícolas, peón en los ingenios de azúcar y albañil. Fue su manera de experimentar en carne propia la explotación de la que hablan los manuales de marxismo. Ese contacto directo fue clave para la formación de muchos cuadros dirigentes entre obreros, campesinos e indígenas.

Prominentes anticomunistas, como el guatemalteco Jorge Schlessinger, elogiaron esta conducta de Martí, señalando que mientras otros hablaban de marxismo en los cafetines, él enseñaba marxismo a los trabajadores.

Una presencia tan influyente no podía pasar inadvertida. Así que también debió huir de Guatemala y refugiarse en México, donde participó activamente en los movimientos obreros que habían surgido de la revolución agraria. Sin embargo, de las tierras mexicanas retornó decepcionado, pues estaba convencido de que los trabajadores y campesinos de esa nación habían sido, una vez más, engañados por las clases dominantes.

En 1925 logró retornar a Guatemala, donde se fundó el Partido Comunista Centroamericano (PCC) y renació la idea de la unión regional. Ese movimiento unionista fue determinante para el derrocamiento de Estrada (el “señor presidente”). Esta efervescencia, junto al rechazo a la invasión estadounidense a Nicaragua, generó una fuerte represión contra el recién creado PCC. Los sucesivos gobiernos guatemaltecos se dispusieron a exterminarlo. Los extranjeros, como Martí, fueron nuevamente expulsados.

En El Salvador, los gobernantes adscritos a la oligarquía no querían saber nada de él, sobre todo porque estaba en formación el Partido Comunista Salvadoreño y estaba claro que la intervención de Martí lo dotaría de mayor solidez doctrinaria. Tuvo que actuar en la clandestinidad, donde usó el seudónimo de “el Negro”.

Su periplo por el resto del istmo tiene un episodio crucial en Nicaragua, pues Farabundo Martí llegó a ser uno de los hombres de confianza de Augusto César Sandino, con quien además sostiene uno de los grandes debates ideológicos de ese tiempo fundacional. Martí eran raigalmente comunista, mientras Sandino profesaba un nacionalismo antiimperialista comprobado, pero no era partidario de una revolución al estilo de Rusia.

En los años finales de su vida, Martí estuvo en su país, que se estremecía por la crisis económica del capitalismo, hecha patente en el crash de 1929. La economía salvadoreña, basada en el café, estaba totalmente colapsada y los campesinos, obreros y desempleados llevaban la peor parte. Las protestas estaban en su apogeo y las ideas del líder comunista calzaban a la perfección con ese dramático cuadro socioeconómico.

La represión más despiadada se hizo sentir con innumerables masacres de gente pobre, llevadas a cabo por militares, policías y grupos de choque de las capas medias y altas de la sociedad. A hombres como Martí se les culpó de todo. Los acallaron a balazos en nombre de la libertad y la democracia.
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Volvió hecho colectivo

Las reseñas del 1° de febrero de 1932 señalan que Farabundo Martí no quiso que le vendaran los ojos para fusilarlo. Se puso de frente al escuadrón y trató de gritar: ¡Viva el Socorro Rojo Internacional!, la organización comunista a la que pertenecía.

Heroica, sin duda, fue su muerte, al lado de dos dirigentes estudiantiles igualmente juzgados de forma sumaria y sin garantías de defensa.

Casi medio siglo más tarde, mientras El Salvador seguía sumido en terribles dictaduras y confrontaciones internas, el nombre de este titán de las luchas populares renació, ya no como una persona, sino como una coalición de partidos y movimientos: el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

Esta alianza de factores tuvo un papel medular en la guerra defensiva del pueblo salvadoreño contra la política de exterminio de los gobiernos (algunos pretendidamente democráticos, otros claramente dictatoriales) que se mantuvieron en pie a sangre y fuego, con el apoyo de Estados Unidos y sus satélites latinoamericanos (incluida la Venezuela el puntofijismo).

Como Túpac Katari, que profetizó su regreso hecho millones, el fusilado Farabundo volvió hecho un colectivo, primero para la guerra y luego para la paz, llegando a ejercer el gobierno por elección popular ya un par de veces, entre 2009 y 2019. En eso anda.

Clodovaldo Hernández