PARABIÉN | Que la gesta sea gesto

Rubén Wisotzki

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1.

“Quien se entregue solamente al curso de sus representaciones no llegará muy lejos. Se verá apresado, al cabo de poco tiempo, por un conjunto de frases y tópicos tan pálidos como inmóviles por sí mismos. El gato cae siempre de pie, pero el hombre que no haya aprendido a pensar, que no salga de los breves y usuales enlaces de las representaciones, cae necesariamente en el eterno ayer. Repite lo que otros han repetido ya; marcha al paso de ganso de la fraseología”.

Así empieza un libro maravilloso de Ernst Bloch: “Sujeto-Objeto. El pensamiento de Hegel”. Como ya lo hiciera Hyppolite, ese gran estudioso de Hegel, Bloch no se compromete a que el lector, al leer el mencionado estudio suyo, comprenda, ya como pensamiento, ya como sistema, al gran filósofo alemán (le basta, modestamente, definirla como una introducción). Pero ayuda, y mucho, a que uno empiece esa tarea, cuasi imposible si se quiere, seguro infinita si se quiere, del trillado “conocerse a sí mismo”.

2.

El actual proceso político se ha dispuesto, desde hace ya muchos años, recordar-conmemorar-dar justa medida-sintonizarla en el presente (sirve cualquiera de las opciones, y también todas juntas) la historia de la República Bolivariana de Venezuela. Entre sus grandes iniciativas para este fin se encuentra el ya reconocido Centro Nacional de Historia, bajo la gestión en un ayer no tan ayer del historiador Pedro Calzadilla*, quien ahora es el presidente del Centro de Estudios Simón Bolívar, y en la actualidad del profesor Alexander Torres. Una tarea maravillosa de permanente eco, de permanente resonancia.

3.

Negar el entusiasmo que ha generado, en las dos últimas décadas, toda la historia del país en la gente de a pie, sus sucesos más significativos, sus luchas más encarnizadas, sus encuentros y sus desencuentros, es un imposible. Serán pocos los maestros y profesores de historia, lo decimos con sumo respeto, casi reverencia, que puedan ufanarse de lograr transmitir tal interés por los hechos más trascendentales como lo hizo, no un líder, no un gobierno, no una institución, mucho menos uno de los que se distinguen como intelectuales, sino un encadenamiento fabuloso, una comunión del espíritu nacional en tiempo espacio fulgurante, una necesidad explosiva, que hasta entonces era casi secreta, casi callada, casi íntima, de saber, de saber de uno, de saber de todos nosotros, de saber de los qué y los por qué.

4.

Resulta ahora, luego de dos décadas intensas, plagadas de significaciones y plegadas en ellas (buscar Leibniz, buscar Deleuze, buscar el gran concepto que pliegue, “no están separadas las partes en el pliegue…”), el interés por la búsqueda de la esencia histórica continúa. Y continúa como debe continuar en todas las sociedades que anhelan el conocimiento de sí mismo para alcanzar de esta manera la poderosa razón identitaria: con el pensar, el debatir, el respetar, el corresponder, el dar.

Tanto en los salones de estudios, tanto en los espacios académicos donde el silencio es imperativo hasta para mascar chicle o chimó, y tanto en la calle, donde la gente se ha reunido y se reúne bajo una carpa deslucida y habitada por esas esperpénticas sillas plásticas de agencias de festejo. No nos la han contado, lo hemos visto. Y hemos hablado allí y, lo más importante, hemos escuchado. Mientras algunos, muchos, paseaban su mirada por las vitrinas, otros, sin nada que mirar en ellas y con mucho para mirar en sus vidas, o también en las de otros, se han acercado, espontáneamente, a escuchar acerca de la pasión de Bolívar hecha tinta, y quizás lágrima, en su carta jamaiquina.

5.

Ahora, en la distancia, abrazados a la computadora portátil, informados que al momento de escribir estas líneas se “celebra” el día del cáncer, -ya nos disponemos a apagarle las velitas con una jeringa de nuestra sangre en este frío laboratorio-, nos enteramos que la acción de la buena memoria (como diría Luis Alberto Spinetta) por la historia nacional y su vigencia pasa ahora por Carabobo en un nuevo y pandémico 24 de junio.

Y, por eso, Bloch. “(…) el hombre que no haya aprendido a pensar, que no salga de los breves y usuales enlaces de las representaciones, cae necesariamente en el eterno ayer. Repite lo que otros han repetido ya”. Que la conmemoración o celebración de esta fecha sirva para encontrar nuevas y necesarias representaciones del esfuerzo y sacrificio de otros, ya sea en el ayer, ya sea en el hoy, para darle un sentido útil para todos. Que la irrepetible gesta sirva al gesto de entregar al otro una renovada inspiración en la búsqueda interminable de emancipación y libertad. Para bien.

Rubén Wisotzki