CARACAS EN ALTA | Sin tapabocas

Nathali Gómez

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Se cumplió uno de mis temores pandémicos: salí a la calle sin tapabocas y me di cuenta cuando ya era difícil regresar para ponérmelo.

Un domingo me fui muy temprano de Candelaria a San Bernardino en la bici. Había pocos carros, hacía algo de frío aún y me distraía viendo los árboles. En el recorrido me crucé con algunas personas que iban a pie. Reparé con detalle en una de ellas y vi que tenía puesto lo que me faltaba. La sensación al darse cuenta es como de estar desnudo en un vagón del Metro sin poder encontrar algo para cubrirte.

Una inmensa vergüenza comenzó a invadirme, que fue seguida por mi dura recriminación y por las posibles respuestas para tratar de entender cómo se me había olvidado un accesorio que se ha vuelto parte de la cotidianidad.

No pensaba en el inmenso riesgo que supone salir a la calle sin mascarilla, pensaba en que le había fallado a todos los demás, que su mirada acuciosa me seguiría y que yo suponía un riesgo para los demás.

A esa altura, no sabía qué hacer: devolverme era perder y seguir también. Continué pedaleando. Pensé que como iba en bici, no tendría mayor contacto con nadie, a menos de que yo misma lo propiciara. Desde marzo de 2020 era la primera vez que salía de mi casa sin la protección en mi rostro. Pensé en las veces que vi con reprobación a quien no lo tenía. Ahora era mi mirada la que estaba sobre mí.

Al llegar a la Cota Mil, sentía la necesidad de decirles a las personas con quienes me topaba que había sido un olvido y que no era una negacionista, aunque como bien establece la lógica, dos negaciones son una afirmación (que en este caso era no tener tapabocas).

Al ver a quienes trotaban, caminaban o iban en bicicleta, me di cuenta de que tampoco tenían tapabocas o que los llevaban a la altura de su cuello. No me sentí mejor, ni creí que por esa sensación de rebaño de ovejas negras, iba a ser una gris.

Esta historia no tiene moraleja. A veces nuestros olvidos nos salvan y otras veces no.

***

Una tarde de hace un par de meses estuve en San Agustín.

En esta ocasión, era yo quién tenía puesto el tapabocas mientras un grupo a mi alrededor no. Mis primeras miradas fueron de reproche y de asombro. ¿Cómo era posible que les importara tan poco su salud y la de los demás? Supongo que me pregunté.

Rato después de estar allí, la sensación cambió. Ante la cantidad de gente que iba apareciendo sin mascarilla, era yo el bicho raro que marcaba distancia de ellos. De cuestionarlos pasé a sentirme cuestionada. Era la oveja obediente del rebaño.

Estos dos episodios, más allá del coronavirus y de las medidas de protección que usamos, me hicieron pensar en que aún estando en dos polos de una misma realidad (tener tapabocas y no tenerlo), nuestra manera de reaccionar no obedece a manuales ni a lo que alguien esperaría que fuera “lo correcto” o lo “lógico”.

Es una oportunidad de verle el rostro a nuestras contradicciones y a las respuestas ante ellas. Somos un universo complejo.

Nathali Gómez