LA CARAQUEÑIDAD | Carnavales con tapabocas y otros disfraces…

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Este virus moderno es tan efectivo que acabó con la libre escogencia de los disfraces. El preferido es el fastidioso pero necesarísimo tapabocas. ¿Quién podría imaginárselo? Un pedazo de tela (aunque algunos muy estilizados con filtros y válvulas) no solo sería el gran salvavidas sino la principal prenda quién sabe hasta cuándo…

Es tan impositivo el microscópico y letal enemigo que las tradiciones variaron: El juego con agua ahora llevará alta concentración jabonosa, porque así como la sabiduría popular afirma que donde hay pelo hay felicidad, los científicos enuncian que donde hay espuma el virus no corona.

De igual modo, los emplastes típicos para las festividades paganas y hasta de mal gusto –no pocas reyertas han causado, unas con catastróficos resultados–, contienen este año un alto porcentaje de alcohol, otro efectivo anticovid.

La tradición quedó cercenada por las medidas de bioseguridad. Este 2021 prohibieron comparsas, conciertos y algunos actos de concentraciones masivas, para evitar la propagación de la pandemia en esta segunda o tercera ola y sus nuevas cepas.

Las mascarillas se impondrán en comparación con fastuosas creaciones de corte y costura o con banales disfraces de súper héroes. Hasta las “típicas negritas” deben supeditar su vistosidad al uso correcto del tapabocas.

Mutación carnestolenda

Las fiestas del carnaval se originaron en Grecia y Medio Oriente antiguos. Esas costumbres fueron inoculadas en los vastos territorios que abarcaba el hasta entonces todopoderoso Imperio Romano.

Carnaval implicaba el desahogo de aquellas sociedades en fechas próximas a Semana Santa: Había que “alejarse de la carne”, a manera de purificación para afrontar lo que significa la vida, pasión, muerte y resurrección del hijo de Dios. Esa cuaresma de “carnes tolendas” –quitarse las carnes– hoy se disfraza de forzosa cuarentena.

A Venezuela llega con la conquista, con costumbres como jugar con agua, huevos, negro de humo, azulillo y diversas sustancias. Desde el siglo XVIII el asunto se adecenta con carrozas, comparsas, música y arte popular, que afianzó por mandato el afrancesado presidente Antonio Guzmán Blanco en el siglo XIX… No obstante, impera en el gusto criollo el bochinche que dificulta erradicar el sentido originario de esas celebraciones.

Bastante se ha escrito sobre la influencia del Obispo de Caracas, Diez Madroñero: Convirtió los carnavales en días de rosarios y procesiones, para reducir “actos pecaminosos”, que reaparecieron tiempo después bajo el mandato del intendente José Ábalos, quien devolvió el derecho de disfrute a esclavos y los pelabolas, encargados de fabricar carrozas, organizar comparsas y otras manifestaciones culturales.

Cada época tuvo una huella del gobierno de turno hasta que la cosa se volvió netamente musical entre los años 50 y 80 del siglo XX, al punto que los de Caracas llegaron a ser la meca de los carnavales caribeños.

¡A que no me conoces!

Ese grito de adivinanza típica desaparece porque el disfraz es común. Aunque muchos insistan en disfrazar realidades y situaciones en el marco del nuevo orden.

Desde la intimidad familiar se revivirá la efervescente musicalidad carnavalesca que antes copaba grandes salones, famosos hoteles caraqueños y espacios públicos al ritmo de las estrellas importadas y de la casa. La rumba se disfraza: No es en vivo y directo. Es grabada y segura…

Surgen disfraces circunstanciales: El gas se disfraza de leña. Invasores del km 6 de la carretera Panamericana disfrazan la vía con rancheríos sin ley. Maleantes identificados pero no convictos disfrazan barrios enteros como zonas de paz.

Desde el año pasado las túnicas púrpuras del caraqueñísimo Nazareno de San Pablo mutaron en blancos trajes de bioseguridad para combatir el contagio. El miedo colectivo se disfraza de esperanza para erradicar el virus.

¿De qué color es el disfraz de sueldos y salarios que se expresan en soberanos –cono monetario desaparecido en efectivo– en un país cuyo Banco Central es dominado por una página web y todo se canaliza en divisas? El dólar oficial se disfraza del paralelo y viceversa.

¿Cómo se llama el disfraz de quien ahora no rinde cuentas de bienes usufructuados a la Nación y que ahora le exigen públicamente sus socios de causa? ¿Son disfraces de contralores sociales? ¿Quién se disfrazó de Harry Houdini y acabó con tan inconmensurable suma de dólares?

¿Cómo luce el disfraz de alguien cada vez más huérfano de apoyo internacional respecto de un caprichoso interinato?

Sobre Carlos Lanz alguien pretende disfrazar desaparición con secuestro. El pueblo se disfraza de sobreviviente. Los hilos de mando se mimetizan ante el daltonismo político que posiblemente discurre entre infiltrados e ineficacia, que a su vez usa el disfraz de bloqueo –que es un hecho innegable pero que no puede ser tabla de salvación ante la desidia y la dejadez de quienes truncan los objetivos del país. Hasta Jorge Bergoglio, disfrazado de Papa, exige reducción de sanciones y bloqueos…

El poder mundial cambia el disfraz de lobo por el de ovejitas. Todo para para producir, comercializar y administrar el jugoso negocio de las vacunas.

¿San Valentín mutó en el Rey Momo, los amantes en comparseros y los hoteles –aposentos lujuriosos– en descanso para asintomáticos?

Otros disfrazan la identidad nacional. Igualan mentiras con verdades y al revés. Que el disfraz final sea la cura de tantos males y el fin de la pandemia.

Ciudad Ccs / Luis Martín