MONTE Y CULEBRA | Esta juventud, aquella y la que viene

José Roberto Duque

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Fue 2007 el año en que nos batimos sin cuartel y con más denuedo en favor de la visión o revisión clasista de nuestra historia, y en contra de cierta visión “un poquito bastante” incongruente de la misma, por parte nuestra (del chavismo, de aquel chavismo). Específicamente, nos interesaba mucho descifrar o al menos desnudar el enigma contenido en la celebración del Día de la Juventud en Venezuela: esa extraña fiesta en que, automáticamente y sin ningún esfuerzo por interpretar ciertas claves, nos vemos empujados, impelidos, catapultados hacia el aplauso de lo ocurrido en La Victoria el 12 de febrero de 1814, año de la Guerra Social.

Resumen de los hechos: las huestes de Boves, pero sin Boves (pues éste se recuperaba de heridas de guerra en Villa de Cura) asediaban e intentaban penetrar en la población de La Victoria, con Tomás Morales como jefe, a lo que José Félix Ribas respondió desde Caracas con un contingente improvisado (muchachos de la Universidad y el seminario: “la flor de la juventud”, los llamó después Bolívar). Con estos novatos, en número de 800, se fue a reforzar a los propios habitantes de La Victoria (que, por cierto, no estaban escondidos bajo la cama sino peleando, defendiendo su plaza). Al final de la jornada, después de varias horas de plomo y cargas de caballería en las que los atacantes no lograban avanzar y los defensores tampoco, hizo acto de presencia el coronel patriota Vicente Campo Elías con 200 jinetes, y este crucial refuerzo hizo que las tropas al mando de Morales cesaran en el asedio y escaparan rumbo al Llano.

Que eso se celebre como una victoria de los asediados, que no se dejaron tomar la ciudad ni sucumbieron ante la furia de los atacantes, está bien, es correcto y responde a la estricta lógica de los combates: si usted huye usted perdió, y eso fue lo que le pasó a Morales.

Lo que está mal, lo que resulta bastante injusto y tenebroso, es que se silencien o se manipulen datos y verdades del contexto, a saber: 1) que ese “ejército” que atacaba a La Victoria no era el ejército español sino una multitud de esclavos y sirvientes hartos de ser carajeados durante 300 años por españoles y mantuanos: eran los negros, indios y pardos buscando despescuezar a los propietarios, a los amos, a los ricos; 2) que aquella “flor de la juventud” que Ribas se llevó reclutada para La Victoria eran los hijos de los ricos, los únicos que tenían derecho a estudiar (por eso estaban en la Universidad y el seminario). ¿Por qué ellos y no la carne de cañón de siempre? ¿Por qué Ribas no llevó a matarse a los pobres? Pues porque los pobres se negaron a ir a combatir contra el único líder que los aglutinaba como clase oprimida: aquel desprestigiado Boves, el taita de todos los desposeídos.

Así pues, los venezolanos somos anualmente empujados a celebrar cada 12 de febrero el día glorioso en que los manitos blancas, los hijitos de papá, los herederos de la basura mantuana y esclavista, se salvaron de que los pobres y sus hijos (sí: había esclavos jóvenes peleando del lado de Boves) los reventaran a puño y machete.

¿Quién recuerda o quién ha olvidado a los sifrinos idiotas que saquearon y quemaron en 2007 en nombre de la “democracia” empresarial y de RCTV? ¿Por qué a estas alturas del campeonato todavía seguimos honrando cada 12 de febrero a los Guaidó, Goicoechea, Pizarro, Requesens, Freddy Guevara de 1814?

Creo tener a la mano la respuesta más incómoda pero más evidente: porque en las escuelas adecas que formaron a mi generación y a las anteriores, y también en las de este tiempo, no dimos ni hemos dado el salto crucial, consistente en darle perspectiva y sentido de clase al estudio de la historia. Muchos nos declaramos bolivarianos, pero al mismo tiempo somos inmensamente conservadores y cuadrados, apegados a la versión más cómoda o difundida de lo que nos cuentan. Nos cuesta aceptar que la historia no es una película donde los buenos están aquí y los malos allá; no digerimos muy bien el carácter dinámico y contradictorio de los procesos, por eso preferimos la Gran Historia aplasmada en libros que consideramos irrebatibles e indiscutibles por toda la eternidad.

¿Ribas, conductor de sifrinos? ¡Uy no, qué herejía! El dato que enaltece a Ribas se encuentra semioculto en la historia de la Primera República, en 1811: ¿en cuántas biografías de José Félix dice que fue preso y exiliado por sus compañeros mandamases de la Primera República, por intentar sublevar a un ejército de negros y pardos en Barlovento? ¿Por qué la historia de Ribas que nos siguen contando es esa donde aparece dirigiendo a sifrinos, pero sin llamarlos sifrinos?

Nos cuesta entender entonces que 1) el pueblo pobre de ahora tiene una historia, y en el caminar sobre esa historia no siempre caminó del mismo lado de Bolívar, sino que lo combatió, 2) declararse bolivariano pasa por el trámite de saber que ese tipo era un ser humano, y por lo tanto el Bolívar de 1810 no era el mismo de 1820 (así como, de la misma manera, usted y yo no somos hoy las mismas personas que éramos en 2010 o 2000). La gente cambia a distintas velocidades, y esa velocidad se multiplica varias veces en el trance espantoso de la guerra.

La generación 2007 de fascistas, ricos y defensores de ricos, es esa basura que ustedes saben: allí están, “madurando” y envejeciendo en su inmundo arrodillamiento al imperio norteamericano.

La generación chavista de esa década dio ejemplares brillantes de humanidad, y también muchachos que no entendieron nunca que una Revolución no es, no puede ser una fiesta donde reinan la abundancia, la chapa, el privilegio y el consumismo.

Lo decíamos en aquel tiempo, y lo repetimos: la abundancia, el hartazgo, las comodidades propias de aquella temporada insólita del petróleo a más de 100 dólares hicieron que muchos chamos se levantaran creyendo que una Revolución consiste en pasarla chévere y sabroso, con un sueldazo y una chaqueta roja que te identifica como casta dominante. Esa lógica que Chávez se cansó de combatir se imponía sola, favorecida por la entendible seducción que ejercen el poder y los billetes que parece que no se acaban.

Esa primera década del siglo XXI desató los monstruos de la Venezuela fatua, engreída y pajúa de todos los tiempos, aunque dejó espacio para el florecimiento de un liderazgo que todavía está en proceso de formación. Y esta tercera década asiste al forjamiento de la generación que sustituirá a la que ya conocemos: esos chamos que hoy tienen de 15 a 20 años, se hayan quedado o hayan partido. Asómbrele a quien le asombre, el país será conducido algún día por los jóvenes que no vivieron el Caracazo y que hoy caen y se levantan, y siguen cayendo. Creo que esa cohorte ha de ser recia, aguerrida y potente, porque las carencias, la permanente tensión y el dolor asociado a las penurias de la nueva guerra ya están templando su entraña.

Esperamos que nos alcance el tiempo y la memoria para rescatar en el año 2030 estas reflexiones; tal vez entonces hablemos con propiedad de algunos nombres y apellidos.

José Roberto Duque