Punto de quiebre | No quiso decir a su familia que estaba contagiada y todos murieron

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Cada vez que sonaba el teléfono todos en la casa temblaban. La última vez que sonó fue para anunciar la muerte de Verónica y luego para decir que su esposo José Antonio también había fallecido. Ya no quedaban lágrimas, ni fuerzas, como tampoco ánimo ni plata para un sepelio más. Solo quedaba la opción de rezar, pero la vecina Filomena siempre decía que ya era algo tarde para eso. Filomena siempre con sus cosas, su mala vibra y su pesimismo.

Verónica tenía 36 años de edad. Comenzó con los malestares una tarde de mediados de diciembre cuando estaba lavando. Primero fueron unos estornudos seguiditos. Pero ella no le paró porque pensaba que era alergia a ese nuevo detergente que estaba usando para lavar. Pero luego le vino un malestar general, como una pesadez en todo el cuerpo y por la noche le llegó el fiebrón.

Días después, toda muerta de miedo, decidió ir a un centro asistencial en Táriba (Táchira) donde luego de esperar un rato le hicieron la prueba rápida del covid-19 y resultó positiva. Nadie sabe por qué no la dejaron hospitalizada o si fue que ella se escapó, pero lo cierto es que Verónica llegó a su casa. Y tuvo miedo. Miedo a contagiar a sus hijos, a su esposo, a los vecinos. No dijo ni una sola palabra a su familia, pero sí se aisló en su casa y sólo decía que era un catarro. Una semana después decidió hacerse la prueba de PCR, porque una amiga le dijo que la rápida hay veces que se equivocaba y que a lo mejor ella lo que tenía era un simple resfriado o algo viral. Pero le dio miedo ir a un centro hospitalario y se la realizó en un instituto privado del estado Táchira y el resultado arrojó positivo. Ya no había lugar a dudas. Le daba pánico que la hospitalizaran porque había escuchado muchas historias de que si los trataban mal, que si no les llevaban comida o que si le llevaban era muy maluca, como hecha de mala gana.

Decidió mantener el silencio, pues estaba aterrada pero con ayuda de un médico privado inició su tratamiento en casa, pero la depresión y el miedo terminaron por derrumbarle el sistema inmunológico y su cuerpo no estaba reaccionando positivamente al tratamiento.

Su esposo José Antonio, tres años menor que ella, no sabía nada de la gravedad del asunto, pues prefería creer la hipótesis del catarro fuerte que estaba dando en Táriba. Se enteró esa noche cuando se encontraba en una fiesta en casa de unos familiares. Verónica lo llamó y le contó la verdad y le dijo que ella no había querido ir a la fiesta por temor a contagiar a sus familiares, pero que ahora le daba pánico que él también estuviese contagiado y fuese a contagiar ese gentío.

José Antonio se fue para su casa, discutieron, se dijeron cosas, pero ya no había remedio. Ya el mal estaba hecho.

Al día siguiente el hombre fue con sus tres hijos (Nicol Verónica Gómez García, adolescente de 17 años; y los morochos: Jhoneider Stiven y Jhoneiker Enmanuel, de cuatro años) a hacerse la prueba y los cuatro salieron negativos, pero comenzaron a enfermarse uno a uno, por lo que asumían que se trataba de una gripe, pero se igual manera resolvieron aislarse y no salir para nada de su casa ubicada en la población de Palmira, ubicada en el municipio Guásimos del Táchira, y comenzaron a tomar guarapos caseros y algunos medicamentos, de los que le habían recomendado a Verónica.

Pero los pulmones de Verónica, con el sistema inmunológico desplomado, no aguantaron más y los primeros días del mes de enero la trasladaron de emergencia para un centro asistencial privado porque ella no confiaba en el hospital central, donde le diagnosticaron neumonía y le dijeron que su estado era delicado, pues su salud y sus pulmones se habían comprometido bastante.

Los galenos ordenaron practicarle la prueba de PCR tanto a la pareja como a los niños y los cinco dieron positivos al coronavirus, no obstante deciden continuar todos en la casa, pero a mediados del mes de enero a Verónica la sacaron de emergencia otra vez y la dejaron hospitalizada. En vista de que no reaccionaba al tratamiento decidieron entubarla.

José Antonio teme lo peor y comienza a angustiarse y es atacado por un estado de ansiedad que termina por desplomarle su sistema inmunológico también. Y de repente todos comenzaron a presentar una tos que no se les calmaba con nada y el 16 se complicó y lo llevaron de emergencia para el hospital y lo dejaron hospitalizado, pues la RX determinó que tenía los pulmones negros, es decir, ya el virus se los había destrozado.

Los niños quedaron solos en la casa al cuidado de Filomena, la vecina amiga de la familia, quien tomó todas las precauciones y quien se asustó mucho porque a los días a Verónica le comenzó un fiebrón y unos dolores de cabeza que no se le quitaban con nada. “Es raro que a estos niños no los haya venido a buscar la gente de Sanidad al saber que los papás están hospitalizados con el virus ese”, se preguntó Filomena en voz alta, al tiempo que le preparaba un té de malojillo con jengibre y romero a ver si les bajaba la fiebre. En el fondo temía lo peor porque ya notaba que a la jovencita le costaba respirar. “Esta noche me hablo con mi comadre para que la vengan a buscar y la hospitalicen. Esta muchacha se va a morir aquí en la casa”, se dijo.

Pero ya el día dieciocho comenzaron los desenlaces fatales. La pantallita que daba cuenta de los valores de Verónica de pronto se detuvo… ya no hubo más una línea verde que subía y bajaba, sino una sola raya y comenzó a sonar un pitico. Y al día siguiente la maquinita que se apagó fue la que daba cuenta de los valores de José Antonio.

Filomena se enteró por casualidad cuando fue a hablar con su comadre que trabaja en el hospital central y ésta le contó. A Filomena se le bajó la tensión, solo de pensar que los tres muchachitos iban a quedar solitos.

La familia no hallaba qué hacer. No podían creer tanta desgracia junta y para colmo los tres muchachos estaban prendidos en fiebre. El 27 de enero el abuelo se armó de valor y agarró a Nicol y se la llevó para el hospital en su carro, pero la niña ni siquiera al hospital llegó. Se le murió en el camino.

Una semana después los morochos son recluidos ingresados al Hospital Central de San Cristóbal, donde les realizan todos los exámenes y determinan que tienen bronconeumonía, pero ya no había nada que hacer. Ese mismo día los dos hermanitos murieron sin siquiera saber que sus padres habían fallecido escasos días antes. En poco más de un mes el virus se los comió a toditos.

No fue sino hasta que se hizo pública la tragedia cuando las autoridades sanitarias tomaron cartas en el asunto y luego de entrevistar a los familiares decidieron realizarles la prueba y aislarlos a todos.

WILMER POLEO ZERPA / CIUDAD CCS

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