Cuentos para leer el casa | Andar en bicicleta

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De veras que es odioso cargar tacones y verse forzada a andar por calles rotas. Eso de que en cada poste le salgan a una cantidad de bolsas amarillas, hediondas a basura. Un nuevo invento de la civilización para enseñarnos a ser ordenados y “limpitos”. Nunca he visto tantas bolsas plásticas como en estos días. Las bolsas caminan, se abomban, crecen, están aquí, están allí, como Dios, en todas partes. ¿Tendrá Dios algo que ver con la basura? Sí, por imponentes. Porque no te las puedes quitar de encima. Porque son una verdadera amenaza pública.

En estos días, se han puesto de moda en los periódicos, gracias a la crónica policial y a los conjuntos residenciales, donde envuelven a las víctimas en bolsas de basura. Hay que tener mucho cuidado con ellas, nunca se sabe cuándo puede asaltarnos una.

Pues quería estirar los huesos. A ver si de paso rebajo un poco; deja la flojera. Levántate temprano a recibir los rayos del sol. ¿Qué haces allí metida? Muévete. Sí, me moví, y aquí me tienes. Encogida entre un hueco kilométrico y una endiosada bolsa de polietileno. Pensando cómo debo hacer, si llamar primero a los bomberos, porque presiento que adentro descansa la bomba, o si mejor buscar a los fotógrafos, formar cualquier escándalo. De lo contrario, no me quedará otra sino encaramarme en la dichosa mole y pasar decorosamente, con cara de Woody Allen, hacia el lado más afortunado de la vía. Si es posible. No me extrañaría que inmediatamente después, me saliera al paso una bolsa más.

Así que dudé un breve instante y casi me disponía a recordar una oración. Se me ocurre buscar una moneda en el bolsillo. Déjame ver si me da suerte. Mejor miro para el cielo. La luz se ha escondido. Me pesa la angustia de esa nube. Huele a tierra. Está lloviendo. Si tuviera un paraguas. Si estuviera mamá. Si pudiera regresar. Andar en bicicleta.

Se vio reflejada en el vidrio de la infancia. Por la esquina circulaba una bicicleta que venía con un niño.

Mira que raro. Tengo tiempo que no veo bicicletas por esta zona. ¿Será que quieren decir algo? No me parece. Está bien un Toyota, una ranchera, una gandola, pero bicicletas. Eso está como el carrito de los helados. Si se acabaron las campanitas, también las bicicletas. Pero déjate de visiones. La bicicleta se acabó. Se acabó la televisión de tarde, la obligación de: “Haz la tarea primero”, la merienda con diablitos.

Sí, mi querida, la verdad es otra. Tiene mucho que ver con los techos de zinc, los cuartos alquilados, las colas, la mujer que tiene miedo de los ascensores, el mal estado de los autobuses, la comida de media hora al mediodía, la falta de agua durante quince días, durante un mes, durante mucho tiempo. O los microbios, la leche contaminada, el tener que morir callados porque al fin y al cabo “es mejor la democracia”, porque no estamos presos ni nos morimos de hambre. Pero las cosas están así, a nadie le duele lo de uno, como decía el perro de mi casa: “a ninguno le duele mi dedo, nadie quiere saber lo que yo siento”.

La calle se disfrazó de rojo, no por causa del sol. La nube se mantuvo estática. En cambio abajo, el lila de sus recuerdos, de su infancia y sus bicicletas, se transformó en una masa vivamente desintegrada. Ella no alcanzó a presentir. Apenas oyó el grito del caucho contra el niño, y lloró, como el día en que su hermano espachurró una paloma.

Fin

De Extraños viandantes (1990)

Iliana Gómez Berbesí
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LA AUTORA

Iliana Gómez Berbesí
(Caracas, 1951). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Profesora de idiomas, publicista. Con su libro Secuencias de un hilo perdido, ganó la Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre en 1980. Autora del ensayo Las criaturas de la ciencia-ficción (1978), publicó Confidencias de cartabón (1981), Extraños viandantes (1990), entre otros.