Un gallo fino llamado Héctor Mujica

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Fue dirigente político y gremial, periodista, escritor, profesor universitario, articulista y melómano. Estudió Economía y Filosofía en Venezuela, Psicología en Francia y Periodismo en Chile. Se desempeñó como director de la Escuela de Periodismo en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y primer presidente del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Se llamó Héctor Mujica y fue uno de los grandes nombres del Partido Comunista de Venezuela (PCV), de la historia de la comunicación social y de la intelectualidad de izquierda en el país. Un gallo fino en todo lo que hizo.

Nativo de la culturalmente prolífica ciudad de Carora, Héctor Mujica pudo haber sido Héctor Oropeza, pues su padre fue el médico Pastor Oropeza, figura de gran relieve en su campo profesional. No obstante, en su calidad de “hijo natural” llevó el apellido de su mamá, Águeda Mujica. Vino al mundo en la plenitud de la dictadura gomecista, en 1927, es decir, un año antes de que se dieran a conocer los integrantes de la famosa Generación del 28.

Con ideas de reivindicación social desde sus años más tempranos, Mujica se incorporó al PCV en 1944, iniciando así una trayectoria de gran relieve, en la que llegaría a ser, incluso, candidato presidencial del partido en 1978.

Previamente, fue diputado en el primer período de la democracia representativa, a partir de 1958. Debió ejercer su mandato como legislador hasta comienzos de 1964, pero se lo impidió el agitado clima político generado por la insurrección armada contra Rómulo Betancourt. El presidente que ordenaba disparar primero y averiguar después, mandó también a meter presos a varios diputados de los partidos de izquierda, entre ellos Mujica, quien luego fue a parar a Europa, destacando como profesor de técnicas de información en la Universidad de Roma.

No era la primera vez que vivía el destierro. En los años de la lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez fue privado de libertad en la cárcel Modelo de Caracas. Las influencias de su célebre padre lograron que saliera exiliado a Chile. En el país austral tuvo una intensa actividad intelectual y periodística. Colaboró en los medios El Siglo, Las Noticias de Última Hora y La Gaceta de Chile, entonces dirigida por Pablo Neruda. “De la muerte provocada por las criminales torturas de los esbirros de la dictadura, lo salvó su padre, algo que el propio Héctor contaba con el orgullo del hijo natural que se hizo apreciar por su dignidad e inteligencia”, comentó el profesor Juan Páez Ávila, otro larense de gran calado intelectual.

Luego del segundo destierro, y tan pronto pudo, volvió al país y prosiguió su trabajo en la Escuela de Periodismo de la UCV y en la Asociación Venezolana de Periodistas, antecesora del CNP. Continuaba corriendo la tumultuosa década de los años 60 y los fracasos de la guerrilla apuntaban hacia una obligada pacificación de los grupos alzados. El PCV estaba ilegalizado, pero actuaba en el escenario electoral a través de una organización-fachada, Unión Para Avanzar (UPA). Mujica logró un escaño de diputado para el período 1969-1974.

Páez Ávila, que fue su alumno y luego su compañero en la docencia, recuerda que Mujica es el “refundador” de la Escuela de Periodismo de la UCV, que años antes había fundado Miguel Acosta Saignes, pero que estuvo prácticamente clausurada durante la dictadura. “Desde 1958 hasta su conversión en Escuela de Comunicación Social en 1968, Héctor le imprimió el sello de su personalidad inquieta, brillante, política y humanística en general.  Cuando se presentaron los nuevos tiempos de la Renovación Académica, impulsada por la tormenta ideológica del llamado ‘Mayo Francés’, que arrastró justa e injustamente, según el caso, a muchos profesores apegados a sus viejos métodos de enseñanza, y sacudió los esquemas de algunos currículos académicos caducados, Héctor Mujica reveló su talento y su energía para enfrentar el vendaval, su inteligencia para comprender los cambios que se anunciaban y se mantuvo victorioso al frente de la dirección de la escuela e impulsó la propia renovación”.

Su contribución a la investigación académica y la docencia universitaria del periodismo se amplía con dos libros fundamentales: El imperio de la noticia y Sociología venezolana de la comunicación. “En el primero hace un exhaustivo estudio de los problemas y técnicas del periodismo, su importancia a escala universal y la demostración de que la noticia es el centro del periodismo. En el segundo intenta una síntesis de las distintas posiciones que los teóricos de la comunicación social habían establecido en la época en que escribe. Y esboza un plan de trabajo para la aplicación de la metodología universal propuesta hasta entonces (1974) en la realidad venezolana”, explica Páez Ávila.

La obra que dejó en los medios nacionales no ha sido cuantificada ni debidamente recopilada. Si alguien lo hace será una labor titánica porque escribió durante más de medio siglo en medios como El Nacional, Fantoches, Aquí está, El Popular, El Heraldo, El País, Últimas Noticias, Tribuna Popular y El Globo.

Una de sus facetas no tan conocidas es la literaria. Formó parte del grupo Contrapunto y publicó numerosos relatos, entre ellos Pez dormido, Las tres ventanas, Cuento de todos los diablos, La noche de los ayamanes, La historia de una silla, Los tres testimonios y otros cuentos. Mezclando su labor política con la periodística y la literaria, fue autor de Chile desde adentro y Venezuela desde afuera. Y, luego de la experiencia como candidato presidencial, plasmó su testimonio en un libro que –una vez más, citando a Páez Ávila– “escribió sin amarguras, sin complejos, con gran fe en el porvenir”.

El vozarrón del bohemio

Muchos son los rasgos que evocan a Héctor Mujica. Uno de ellos era su voz grave, cavernosa. Otro, sus crónicos dolores de espalda, que lo llevaron tres veces al quirófano en busca de un alivio que nunca llegó. Y uno más fue su vida bohemia, sus andanzas por esos lugares fulgurantes donde se reunía la intelectualidad en Caracas.

De esa parte de su historia emergió, seguramente, otro de sus libros: Daniel Santos, el inquieto anacobero, gran semblanza del cantante puertorriqueño, uno de los ídolos indiscutibles de los arrabales de toda América Latina.

La amalgama de un brillante académico y un marxista bien leído con esa vocación por la tertulia y la noche dejó huella en su vida sentimental: se casó tres veces, la última de ellas cuando ya andaba por los 60 años.

Periodistas de varias generaciones lo recuerdan con emoción. Por ejemplo, Zenaida Hernández, quien tuvo la suerte de cursar el último semestre que Mujica dictó, Sociología de la Comunicación. “Cada clase con Héctor Mujica era placentera y enriquecedora. Mi título lleva su firma y la del también camarada insigne Manuel Isidro Molina padre. Mi primer voto presidencial fue para Héctor Mujica y en ese proceso electoral participé, por primera vez, como testigo de mesa por el PCV. Libros como El imperio de la noticia deberían ser lectura obligada para quienes asumen la comunicación como profesión o herramienta de lucha”.

Perfil Clodovaldo Hernández