PARABIÉN | Libro que no lees, libro que te lee

Rubén Wisotzki

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1.

Los libros nos amparan. Por ello desde pequeños nos lo dicen como consejo, sugerencia, sermón, y hasta orden: “Lee, lee”. Y por eso, ahora se lo decimos a los que vienen detrás, como consejo, sugerencia, posiblemente sermón, nunca orden: “Lean, lean”. En esa práctica, en ese ejercicio, leemos y releemos.

El hombre, el lector, pretende siempre explicar la trascendencia de la palabra. Es como una piedra filosofal. Hablamos de la importancia de la palabra, de la escrita, de la oída, de la leída, porque, creemos, aún no puede dar crédito ante el poder inconmensurable del fenómeno. Y, necesitados de respuestas, como andamos siempre, intentamos, en el ejercicio de la reflexión, del comentario, del exordio, dar con el todo, el fin totalizador de una experiencia humana que nos sobrepasa, nos cubre, nos trasciende. “Lean, lean, que leemos”.

Por eso, de vez en cuando, y por estas “Voces” que hemos compartido con otros autores y autoras, hemos visto el intento, válido, legítimo, complementario, pero no completo, de hablar del bien del posar los ojos, esos satélites nuestros del alma, en el siempre bien estimado ejercicio lector. “Leemos porque (y por qué) leemos”.

2.

Hace muchos años, cuando nuestro cuerpo llegó a estas tierras calientes del trópico, proveniente del frío, –llegada del cuerpo, no del espíritu– porque en el inmigrante éste no se muda, sino que se desdobla (si se puede llamar así), se duplica (si se puede llamar así), le sale brote (si se puede llamar así), o crece (sí, con acento, se puede llamar así), nos acercamos hasta la sede, para ese entonces vacía, y casi arrinconada, de la Sociedad Bolivariana, ubicada entre las paredes de las Academias, frente a la ahora sede de la Asamblea Nacional.

Por los años setenta, allí, en unas bermudas que delataban, “y vendían”, como se dice ahora, que uno no era del lugar y estaba más cerca de la mirada turística que de la mirada del residente, solicitamos sin vergüenza alguna una biografía del Libertador. Quien haya sido el que nos atendió, y no recordamos hoy día, tuvo a bien no darnos una biografía del hombre de todas las plazas venezolanas, sino una caja completa con los volúmenes de toda su correspondencia editada hasta esos días.

Pero, a no equivocarse, que no estamos para loas, y mucho menos para crearlas o recrearlas: entusiasmados llegamos sudorosos a la casa, abrimos la caja, revisamos un par de libros y hasta allí quedó esa experiencia. No más. Llegaban con muchísima más fuerza en ese entonces juvenil los cuentos de Cortázar, Benedetti, Onetti y la poesía de Machado y Neruda, entre otros.

Pero la caja quedó ahí. No se fue ni la fueron. Y en un momento, en un acto de jactancia estúpida, ocupó paños de una biblioteca incipiente como aviso (in)necesario ante el visitante que ha llegado a la casa de un lector, de alguien que reconoce en lo escrito por los mayores (de importancia y valía, no de edad) un valor digno de ser exhibido aunque no leído. Fue el señor Horst Wisotzki quien café en mano se paseó en más de una oportunidad en esos años por esas páginas y hasta lo dibujó seducido por la famosa frase del arar en el mar en esos años de las dictaduras sureñas, donde el continente no tenía puerto alguno y andaba a la deriva…

Valga aclarar que aquí no repartimos a diestra y siniestra epítetos despectivos a aquellos que en sus salas exponen libros, enciclopedias, colecciones, aún encerrados en su papel de plástico. Si hay dueños de esos objetos que merecen el título de imbecilidad mayor, imbuidos más bien como víctimas, en una apariencia culta innecesaria, también podemos ver que hay algunos que, no solamente reconocen el real significado de lo allí representado en los lomos debidamente ordenados, sino que también entienden que en ellos hay una posibilidad de lectura, de alcanzar otros estados, de llegar a unos puertos impensados del vivir y soñar, si llega el momento valiente y decidido en el que el libro se abre, como obedeciendo a una orden superior intangible, y se asoma la vida, desde la primera página, a un nuevo universo.

3.

A veces el libro que no lees te lee a ti. La no lectura, ya sea por negación, por imposibilidad, por dificultad, por gusto, o simplemente por capricho, marca una ausencia que la obra, en cuanto presencia, obra como evidencia de lo que no hay en ti, de lo que no eres. En ese sentido, la existencia del hito, la marca o señalización del hecho histórico, opera, o puede operar, como un revulsivo para que las cajas cerradas donde se guarda el testimonio de un ayer lejano, sean abiertas hoy para una nueva lectura, según la contextualización personal del acto lector.

Como decíamos hace una semana, el círculo rojo en el calendario, como conmemoración, como recuerdo y evocación, es imborrable para la historia de una sociedad. Así los libros, aunque no parezca. Ya sea en amarillentos o blancos papeles, o en los nuevos formatos electrónicos, lo escrito queda porque, de alguna u otra manera la historia, Batalla de Carabobo o la que sea, donde queda, más allá del corazón, es en la palabra. Y la palabra, la que ampara, siempre está, siempre espera. Aunque esté encerrada en una caja. Para bien.

Rubén Wisotzki