VITRINA DE NIMIEDADES | ¿Cuál es el problema?

Rosa Pellegrino

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Si algún día viniera un ser con suprapoderes a Venezuela (puede llamarlo Dios, súper ánima 4.0 o colocarle el nombre que prefiera, si no es amante de la religión), va a salir más perdido de lo que llegó. Y no por falta de caminos, baquianos o GPS, sino porque va a requerir ayuda celestial o al menos paranormal para entendernos a nosotros frente a nuestros problemas.

Si arranca por los ingresos y gastos, por un lado le saldrán los que afirman que hay unos flojos que quieren todo gratis, porque así nos acostumbraron y eso debe acabarse pues de esa forma no progresa ninguna sociedad. Muy probablemente le darán semejante cátedra en alguna cafetería con un personal activo desde las 6:00 de la mañana, que se irá luego del mediodía a rebuscarse haciendo otras cosas.

Si camina unos pasitos, quizás se encuentre con algún trabajador de esos que prefieren andar a pie antes de lidiar con el transporte colectivo y sus misterios. Apurando la marcha, le contará que gratis no quiere nada, pero que entre tantos tigres que mata al mes hay gastos que, simplemente, no puede hacer. Solo en pasaje, por el cálculo mínimo, se gastaría 6 millones de bolívares, un dinero que no es mucho pero, como dicen en el habla popular, ¡cómo ayudan!

Y si nuestro ser suprapoderoso se va a conocer el mercado de divisas, ¡cuántas sorpresas le esperan! Acá se dará cuenta de que los billetes son sometidos a inusuales cánones: no se aceptan si son muy viejos, están rotos o gastados. También conocerá la extraordinaria versión del vuelto: es problema del comprador, no del vendedor, y comprobará esa inusual pasión que despiertan las piezas de un dólar. Si hablamos de tasa de cambio, pues tendrá montos para escoger según quien cobre y la forma de pago (en billetes verdes o en bolívares).

Otras aventuras le depararán el pago en divisas. No sabemos cómo se tomará comerse un par de donas y tomarse un refresco por cinco dólares, o adquirir una franela por 15. Alguien decía por ahí que si supiéramos cuánto cuesta ganarse 20 dólares en otro país, quizás no diríamos que esa cifra es nada. La verdad, también cuesta un mundo devengarlos acá, pero no piensan lo mismo quienes fijan los precios. Medio complejo entenderlo, ¿no?

Después de semejante vapuleada cambiaria, podemos llevar a nuestro nuevo amigo (ya hay confianza, luego de tantas penas compartidas) a aventuras más fuertes. Una habría sido la rueda de prensa de la relatora sobre Medidas Coercitivas Unilaterales (MCU) de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Alena Douhan, quien nos dijo lo que muchos ya sabíamos: las sanciones son criminales y exacerbaron la crisis económica que ya vivíamos.

Pero la sorpresa no es que ella hiciera su trabajo según la naturaleza de su función, sino que se haya despertado una oleada de críticas, con campaña en redes y todo, porque el Estado no sale señalado con la saña que algunos esperaban. El asunto no es todo el sufrimiento de quienes comen menos aunque trabajen más, la salud de miles de personas y el futuro de millones de venezolanos, sino que hay alguien que hace su trabajo mal y punto. ¿Fallas? Claro que existen, pero es innegable el efecto nocivo de las MCU.

Si nosotros, que vivimos a diario todos los escenarios aquí descritos, no podemos ponernos de acuerdo sobre las verdaderas causas de nuestra situación, ¿quién podría hacerlo? Si le tocara definirlo a ese ser imaginario que se perfiló en estas líneas, solo saldría de acá con una pregunta: entonces, ¿cuál es el problema?

Rosa Pellegrino