PUNTO Y SEGUIMOS | La moda del odio

Mariel Carrillo García

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Si alguien en pleno año 2021 no se ha dado cuenta del nivel de manipulación y cinismo imperante en el mundo, por parte de los defensores del establishment, es porque no quiere ver lo evidente. Claros estamos de que, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial (1945), la humanidad intentó –al menos en lo formal– establecer parámetros de convivencia, institucionalidad, cooperación y prevención de actividades que pudieran llevarnos a otro conflicto de escala global; el horror de la guerra estaba fresco y quienes hasta entonces habían sido las potencias económicas, quedaron en la ruina.

EEUU aprovechó la oportunidad de convertirse en hegemón; solo en disputa con la URSS, que, a diferencia de los estadounidenses, pagó con 20 millones de vidas su triunfo en el conflicto, al erigirse en el diseñador y financista del plan de recuperación económica de Europa, con el cual se afianzaría como potencia y frenaría la expansión del comunismo.

El reinado de terror del nazismo y el fascismo pareció ir amainando con el paso de los años, dando lugar –al menos en esa parte del mundo y gracias al Plan Marshall– a un período de paz, recuperación y bonanza a inicios de los años 50. Alemania Occidental, Inglaterra, Francia e Italia constituyeron el núcleo duro de una Europa enfocada en consumir con avidez y recuperar su espacio de centro imperialista.

Con la caída del bloque socialista en 1991, el imperialismo occidental ya no tuvo oponentes y se instaló definitivamente el poderío del capital, con el establecimiento global de sus “valores”, pero bajo el disfraz de la democracia plena y las libertades, estas siempre controladas por empresas y holdings operando tras bastidores, redactando leyes antiderechos bajo cuerda y haciéndole creer a los pueblos que los medios de comunicación poseídos por pocas familias eran la garantía de la verdad y la libertad de expresión.

Al pasar los años, y con la recuperación de Rusia, el renacimiento de China (que no necesariamente eran anticapitalistas) e incluso la oleada progresista de América Latina liderada por Venezuela, el establishment occidental y sus aliados en el resto de los continentes se vio amenazado, y, en su desesperada defensa, comenzó a dejar caer el disfraz demócrata y objetivo tan cuidadosamente elaborado por décadas.

Hoy somos testigos de la vuelta de la piratería de naciones, del derrumbe del poder real de las instituciones multilaterales (en crisis que eliminan el consenso, se impone la ley del más fuerte), el descaro en invasiones y robo de activos de países “amenaza”, manejo de big data y estudios de comportamiento de grupos humanos enteros, manipulación masiva, posicionamiento no velado de medios de comunicación y todos sus subproductos, y, aunque parecía imposible, la validación pública de doctrinas, políticas y/o movimientos extremistas de derecha.

En pocas palabras, el nazismo, la supremacía blanca, el colonialismo, el fascismo, el franquismo y otros volvieron a estar de moda. Nunca desaparecieron y supieron esconderse y esperar por años, en los que se dedicaron a acumular poder económico y mediático, un poder que no dudan en ejercer y al que hoy mismo enaltecen con los aparatos de propaganda de este nuevo siglo.

Vivimos en el planeta de la doble moral. Las leyes y “valores” se aplican y se tuercen sin el decoro de la posguerra. En la monárquica España, un rapero comunista le dice ladrón al rey en una canción y es condenado, mientras la policía escolta una manifestación de homenaje público a la División Azul de Franco en la que se hace el saludo nazi y una falangista de 18 años se manda un discurso impensable en otras épocas.

En Estados Unidos, los muchachos del KKK salen a matar negros y a invadir el Capitolio sin asco, y ni hablar de los grupos neonazis y antinmigrantes en toda Europa. Aún así, a los ojos de cualquier televidente en cualquier país, lo peor de este mundo es Venezuela, el mayor miedo es ser como Venezuela o como Cuba, o ser comunista, rojo, socialista; y si para no ser eso hay que ser facho, pues seamos fachos, aunque también seamos pobres, indios, latinos, negros y migrantes. Nunca fue tan urgente educar y formar para lo bueno, para lo hermoso, como ahora que tantos y tantas parecen no comprender, o haber olvidado las consecuencias del odio.

Mariel Carrillo García