Memoria sobre torturas

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1 En todos los pueblos del distrito quedó el mal recuerdo de José Gregorio Capó, el más temible de los jefes de la Seguridad Nacional que por aquí pasaron. Y mire que pasaron varios. Pero ninguno capaz de tantas demasías como ese, sí señor.

2 Adecos y comunistas y uno que otro urredista supieron de sus tropelías. Copeyanos, no; porque por aquí entonces no se veía copeyano. “Guardajumo” lo llamaban por mal nombre, pero nadie se hubiera atrevido a decírselo de frente. No más por la espalda; por la espalda, no más.

3 A Nicasito Figuera, un maestro de escuela de El Chaparro, lo hizo colgar de la campana de la iglesia que estuvo sonando y sonando y sonando tres noches con sus días hasta que las vibraciones lo mataron. Más que matarlo, lo hicieron estallar. Estalló por todas partes, el pobre hombre; por los ojos, por los tímpanos, por las venas.

4 Al turco Bahduf se dice que lo desolló con sus propias manos. Parece que el turco se atrevió a protestar. “La has tomado conmigo” o algo así le dijo casi moribundo. “No, no la he tomado contigo”, “la he tomado con tu pellejo”.

5 Era un diablo el Capó. Más que un diablo, ni por un dios. Ninguna tortura se le escapaba. Todas las aplicaba con la pericia de un centurión romano. Igual el degüello con machete afiladito que el fustigamiento de la crucifixión, la del ring que la tortura china de los Cien Pedazos. “No me gusta repetir tormento, fanfarroneaba cada vez que se rascaba en la gallera del “Carvajal”.

6 A mí me estuvo amenazando con empalarme en el asta de la bandera de la prefectura y a mi compadre Jorgito Salazar con colgarlo boca abajo debajo de uno de los postes del telégrafo para que le destilara la sanguaza como a una iguana podrida. Nos le salvamos de pura casualidad. Más de tres años estuvimos escondidos por los lados de Atapirire.

7 Créemelo, mijito, que era un diablo ese Gregorio Capó y que no hubo en el mundo aparato más perverso que la mentada Seguridad Nacional. Cuando cayó Pérez Jiménez, él trato de fugarse del pueblo disfrazado de campesino viejo y montado sobre una mula rucia.

Con la ropa raída, una barba postiza y una joroba simulada, se parecía a un cómico de teatro. Y casi que logra escabullirse; pero varios de los que fuimos sus víctimas nos acordamos para perseguirlo.

Armados con revólveres y con palos y cabillas, le dimos alcance en Bajo Grande. A empellones lo bajamos de la mula.

8 Puesto en el suelo, más tembloroso que una capiruleta, no piense usted que lo liquidamos de una sola vez. Fue al compadre Jorgito a quien se le ocurrió la idea. Cercado como lo teníamos, apuntándolo con las armas, lo obligamos a dar vueltas, en un claro del monte, bajo el solazo inclemente, para que muriera de cansancio.

9 Más de siete horas duró la dadera de vueltas. Al final, cayó estertorando, lívido, con la cara blanquita y ahogado en un mar de sudor. Deshidratado, pues. Por un porsiacaso, fui yo quien apretó los dientes y le tiró al corazón.

Fín 
De Lugar de crónicas (1985)