Mestizajes 5

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A todas estas en Cuba ocurría una corriente subterránea de jazz americano, que acontecía en pequeños círculos musicales que iban desde las sesiones familiares de los Valdés, por ejemplo, la gran ventaja de Chucho Valdés –culturalmente hablando– reside en su conocimiento de pianistas del jazz de los años 20, 30 y 40 que escuchaba desde niño en su propia casa: Art Tatum, Earl Hines, Duke Ellington, Count Basie, Bud Powell o Hank Jones u otros no pianistas como John Coltrane o Charlie Parker… Gracias a su padre, Bebo Valdés, gran entusiasta del jazz que tocó en La Habana, desde los años 40, y grabó discos con grupos intérpretes de jazz afrocubano, e incluso compartió con jazzistas famosos en el cabaret Tropicana.

Por otra parte, en el callejón Hammel se formó el filin, que venía del inglés feeling, un movimiento con evidentes influencias del jazz, que sentó pautas en la canción cubana a partir de la segunda mitad de los 40. César Portillo de La Luz fue uno de los fundadores, Chucho Valdés me decía en una entrevista: “En esos días surgió el movimiento Feeling y de mi casa no salían José Antonio Méndez, César Portillo, Elena Burque… Y ellos se empeñaban en que yo los acompañara en el piano, además había como 5 amigos de la casa fanáticos del jazz que me enseñaron a Glenn Miller que estaba bien pegado por esa época”.

Antes de continuar, es necesario referir los libros de Leonardo Acosta El jazz en Cuba (1900-1950) y Raíces del jazz latino: Un siglo de jazz en Cuba, que reseñan la formación y desarrollo del jazz cubano, su singular y prolífico desarrollo en Cuba y su importancia en la configuración de lo que hoy llamamos Latin Jazz y que otros prefieren nombrar Jazz Latino; y contar que antes de llevarse Bauzá a Chano Pozo a la Orquesta de Gillespie, ya Chano se había hecho famoso en Radio Cadena Azul y sus temas eran conocidos en La Gran Manzana.
Mientras tanto, en Ciudad Gótica, la fusión del latin jazz, ese delicioso sofrito musical, se cocinaba a fuego lento pero seguro.

HUMBERTO MÁRQUEZ