CARACAS EN ALTA | El ejercicio de ser un anónimo

Nathali Gómez

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Sabemos que caminar por los lugares habituales es abrirle la posibilidad al encuentro con alguna cara conocida. Caracas es más pequeña de lo que pensamos y nuestros gustos, zona residencial o laboral, edad y afinidad política hacen que la ciudad sea casi del tamaño de la palma de la mano.

Cruzarse con alguien y saludar no es algo extraordinario, forma parte de pertenecer a una comunidad y de ser contemplado como miembro de ella.

Las redes nos han alejado de esa microrrealidad para aproximarnos a un mundo digital infinito donde todos sabemos de todos, aunque nunca hayamos estado en un mismo espacio físico ni sepamos cómo es el tono de voz de esa persona con la que tanto hemos interactuado. Los usuarios terminan siendo anónimos muy reconocidos cuyos pensamientos podemos leer 24 horas, todos los días del año. ¿Agotador, no?

Pero volviendo al entorno donde nos movemos, suele suceder que sabemos más datos de la gente más lejana de nuestra casa que de quienes nos circundan. Una suerte de muro nos separa de lo que ya está demasiado próximo, para poder conservar eso que guardamos.

Todo esto es a propósito de un camino desconocido con el que me topé una tarde cuando subí al Ávila. Mientras avanzaba, recuerdo oír el canto de algunos pájaros y el sonido de “algo nuevo” que atrajo totalmente mi atención. No ocurría nada extraordinario, solo estaba allí por primera vez, inaugurando una realidad. La quietud también puede escucharse.

Caminé unos tres kilómetros y conforme entraba en esa zona custodiada por árboles, sentía el peso liberador de mi anonimato en ese momento. Pude dejar a Caracas sin salir de ella.

Es cierto que también sentía temor: no formar parte de algo hace que seamos vulnerables, porque no manejamos el código común. Además, una mujer sin compañía siempre debe estar alerta ante cualquier señal.

Con mi anonimato encima, seguí un poco más y pude sentirme verdaderamente sola. No había nadie más que yo. Esa tarde tuve una oportunidad de abandonarme y de dejarlo todo, solo para querer regresar, ante la incertidumbre de aquel otro lado.

Nathali Gómez