Correo de Carabobo | “Aparta de mí este cáliz”

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De músicos, saqueadores y borrachos

Bolívar celebró el relato con grandes carcajadas cuando un oficial le contó cómo hizo para ir en busca del mulo, que iba cargado de aguardiente, mientras dejaba al músico amarrado de un árbol y tocando su instrumento.

Sucedió durante la Batalla de Calabozo, según cuenta Robert Vowell, legionario inglés que anduvo varios meses al lado de Bolívar.

Morillo, atrincherado en la ciudad con sus tropas, debió enfrentar el asedio de Bolívar y los suyos, incluido un buen contingente de lanceros y alta oficialidad. En las primeras escaramuzas los lanceros de Páez despedazaron en un pequeño monte de los alrededores a un grupo de unos 600 Húsares de la Reina, cuerpo de combate español; “cuando llegamos al campo de batalla (relata el inglés, que lo presenció todo al lado del Libertador) algunos soldados criollos estaban ocupados en cubrir su casi desnudez con los uniformes blancos y azul celeste de los infortunados…”.

El resto de los soldados se retiró dentro de la ciudad para reorganizarse al mando de su jefe máximo. Bolívar envió a un emisario para exigirle a Morillo la rendición y concederle el derecho a enterrar a los muertos. Morillo salió y mandó a fusilar al emisario; esto casi ocasiona una rebelión entre los patriotas, porque Bolívar en lugar de asaltar la ciudad en plan de venganza, ordenó esperar al día siguiente. La promesa de Bolívar de asaltar el poblado al día siguiente los medio tranquilizó un rato, pero en la mañana Morillo ejecutó un ataque sorpresa y exterminó a un regimiento a las órdenes de Manuel Cedeño estacionado en las afueras. Páez les cobró una parte de las ofensas con varias cargas de caballería, y de pronto los dos ejércitos estaban combatiendo fuera de las murallas. Hubo un receso de ambas partes, y la matanza paró unas horas.

El sabroso y peligroso aguardiente

En ese receso, un oficial escocés llegó a amenizar el descanso con tremendo cuento: en una exploración de las adyacencias descubrió a un español que intentaba llegar a la ciudad en un mulo que iba demasiado pesado. Alcanzado por el escocés, se arrodilló y pidió clemencia, diciendo que él era músico. Su captor le pidió una prueba de eso con que intentaba chapearlo, y el hombre sacó un clarinete y empezó a tocar una champeta, reguetón o bachata (el británico no especificó el género) lo cual le salvó la vida, ya que decidió llevarlo como trofeo a Bolívar y a la tropa. Bolívar celebró el relato con grandes carcajadas cuando el oficial le contó cómo hizo para ir en busca del mulo, que iba cargado de aguardiente, mientras dejaba al músico amarrado de un árbol y tocando su instrumento.

A medianoche Bolívar ordenó atacar e invadir la ciudad, cosa que Morillo previó o intuyó con tiempo y logró huir con el grueso de su ejército por un flanco. Pero su retaguardia, compuesta por unos 800 hombres, quedó atrapada y debió rendirse cuando entraron los republicanos.

El desenlace de esta acción arroja luces sobre una clave importante y para algunos quizá desconcertante, de la guerra, de todas las guerras. Ya Bolívar les había prometido a sus hombres enfurecidos permitirles saquear la ciudad y tomar lo que quisieran durante varias horas; aquella lógica que tanto se le reprocha todavía a Boves (permitirles a sus hombres que desparramaran sus bajos instintos) ocurrió plenamente en Calabozo.

El inglés Vowell revela un dato más en medio de ese datazo tremendo y todavía difícil de digerir para quienes quieren creen que la guerra es una cosa sublime cuando la ganan los nuestros. Dice que los oficiales patriotas se dedicaron, apenas entraron a la ciudad, a evitar que los soldados encontraran aguardiente en exceso: “como los oficiales se apresuraron a romper todas las botellas que contenían licores fuertes y a agujerear las botas de vino fue menos difícil restablecer el orden entre las tropas patriotas”.

José Roberto Duque / Equipo de investigación / Ilustración Javier Véliz