Tras la noticia y la Historia

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En la sabana donde tuvo lugar la batalla más grandiosa del siglo XIX venezolano, hoy hay comunidades vivas, personas con sentido de la política, de la cultura y de la historia. Un equipo de Ciudad CCS acudió allí en visita exploratoria; nuestro mejor homenaje al bicentenario será el intercambio humano de experiencias, saberes y afectos.

Hay frases dichas en discursos libros o simples conversaciones que pudieran parecer exageradas y hasta mentiras. Otras son solo consignas huecas y se les repite sin comprender el significado y cómo se expresan en la cotidianidad de un país.

El último sábado de febrero fuimos un grupo de compañeros y compañeras del periódico Ciudad CCS al glorioso Campo de Carabobo, que es mucho más que el bonito paseo monumental adornado con el arco y la tumba del soldado desconocido. Se trata de un valle o sabana inmensa llena de caseríos y de barrios, de conucos e instituciones, habitado por herederos de la misma gente que hace 200 años derrotó al imperio español en la gran batalla.

Llegamos a la Base de Misiones de Nuevo Carabobo, parroquia Independencia, donde fuimos recibidos por un grupo de mujeres, parte de las organizaciones populares que siguen en la misma lucha por nuestra soberanía. Les contamos en qué andábamos, que queríamos conocer detalles de cómo se preparan para celebrar el bicentenario, de algún lugar o historia popular relacionado con la batalla. Ellas nos hablaron de sus planes, de varios sectores: El Rincón, El Naipe, Valencey, La Pica. De pronto una de estas mujeres, Yasmín Álvarez, se levantó, hizo una llamada telefónica y luego nos comunicó que el teniente Medina nos esperaba en el cuartel Guardia de Honor y que él podía ayudarnos con alguna información.

Fuimos al cuartel. El teniente de navío Medina nos recibió de manera muy amable y quedó en invitarnos a los ensayos generales de la celebración del Bicentenario de Carabobo. La llamada de Yasmín y nuestra conversación con Medina, llenan de contenido y le dan vida a las palabras de Hugo: “Unión cívico-militar”. La comunión entre nuestro pueblo uniformado y nuestro pueblo civil en una sola causa es algo que algunos prefieren creer que no es real.

Al salir del cuartel fuimos a la comunidad La Pica, las compañeras que nos recibieron, y sus hijos, nos invitaron a dar una corta caminata. Nos llevaron a una especie de mirador desde donde se puede ver toda la sabana de Carabobo.

Cuando miré la inmensidad de aquel valle, me llegaron de golpe las palabras de Eduardo Blanco en Venezuela heroica: “Hay lugares marcados por acontecimientos de tanta trascendencia, que no es posible, so pena de comprobar el más refinado estoicismo o la más crasa ignorancia, pasar por ellos con indiferencia”. Imaginé a miles de hombres y mujeres jugándose algo más que la vida, peleando por la patria que en ese momento dejaba de ser una idea y nacía en pleno campo de batalla, y se hizo presente la voz de Chávez con su “cuando el plomo está cerrado y es pareja la batalla y unos van que a que te mato y otros que a que no me matas…”, coño estar ahí me emocionó.
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Nuestra misión

En concreto, nuestro equipo conformado por periodistas y reporteros, músicos y cultores de artes circenses, visitará varias veces más las comunidades aledañas al campo, en busca de un contacto que ya comenzó a arrojar frutos o germinados en proceso, a manera de compromiso:

  • Intercambios culturales y musicales en esas comunidades.
  • Taller práctico de periodismo comunitario, al final del cual los propios habitantes de la zona producirán textos informativos publicables.
  • Exploración de las manifestaciones musicales y vestigios de la memoria viva y la tradición oral que rememore la batalla.
  • Registro periodístico de las actividades locales que celebren el bicentenario de la batalla.

Por supuesto que no permaneceremos al margen de la celebración oficial, pero haremos hincapié en lo que el pueblo no institucionalizado hace y seguirá haciendo conforme a su amor por su historia local, que también marcó la historia del continente.

• Texto y fotografías Jesús Arteaga •
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Olores de Carabobo

El viaje al Campo de Carabobo realizado el pasado sábado 27 de febrero, a propósito del Bicentenario de la Batalla, me dejó un sabor a satisfacción.

Fuimos un equipo bonito, sencillo, consagrado a la labor propuesta: buscar testimonios y razones en este siglo XXI para recordar este hecho ocurrido en 1821. Y saber cómo la gente de las comunidades que hoy habitan lo que fue ese campo de batalla lucha por la vida y por mantener palpitante el recuerdo de lo acontecido. A pesar de la pandemia.

Además de sabor a casabe y a confraternidad, esta gira me dejó olores. ¿A qué huelen estos pueblos hoy? A las deliciosas galletas de yuca que hacen en el sector El Rincón de estas sabanas. A ganado, a los quinchonchos que transportaban en un saco las mujeres en su cabeza. Huelen a leña, a casas alegres y sencillas. A la tinta de la historia escrita sobre la epopeya que en estas tierras se escenificó. Estos pueblos tienen el olor de los caballos de la gesta. Huelen a tierra mojada…

Estas localidades también tienen sabor a jalea y a mango de hilacha. En la comunidad de La Pica nos dijeron que los mejores son los que se dan en los terrenos donde se encuentra el monumento, hoy lleno de tierra, tractores y frondosos árboles de mango. Se prepara el festejo.

En la hora en que el sol doblega la voluntad, llegamos a una cima desde donde vimos la hermosa y relajante sabana que ayer fue lugar de contienda. Imaginamos lo cruento de ese ayer que nos emancipó del infierno español.

Palpamos un pueblo alegre y protagonista. Unas 1.500 almas de muchachas y muchachos recrean hoy la epopeya. Por allí indagamos con el Negro Primero, hoy Derwin Chourio, simpático, amable y conversador. Fuimos en batalla a sentir en nuestra piel la historia de los herederos de nuestros héroes y heroínas, que hoy en el municipio Libertador, parroquia Independencia del Campo de Carabobo, bregan por su pan diario con la certeza del socialismo.

Y al final, el redondel de una luna llena e inmensa nos iluminó el camino de regreso a Caracas.

Teresa Ovalles M.
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Mujer e Independencia

“Cuando en la búsqueda de anónimos combatientes recorrieron el dramático escenario de esa victoria los tenientes Rafael Mendoza y Vicente Piedrahita, hallaron vistiendo el uniforme de soldado del Ejército Libertador, a dos mujeres (…) mujeres que no temían ni a los fusiles, ni a las bayonetas, ni al fuego de la artillería, que nada le significaban en esa hora en que compartían un ideal de Patria (…)”.

Así reseña o compila Marcos París del Gallego el momento en que, después de la Batalla de Carabobo, los oficiales patriotas fueron a reconocer en el campo a nuestros muertos. La sorpresa fue mayor cuando descubrieron que varias mujeres participaron en la acción, así no estuviera permitido para ellas.

Doscientos años después, nos encontramos protagonizando como pueblo un nuevo capítulo histórico de la guerra en contra de un imperio poderoso. Hoy no es necesario vestirse (disfrazarse) con uniforme de soldado para defender la patria: coordinar las comidas diarias para la familia y la comunidad, buscar la leña, cortarla, prender el fogón, la cocinilla a tiro para las horas con energía eléctrica, la bombona de gas pequeña para cuando no haya luz, atender el conuco, la cosecha, todas las tareas de la casa: lavar la ropa, la escuela junto a los niños y niñas, la cultura, la salud de la familia, la estratégica organización familiar y comunitaria para la resistencia y la supervivencia.

Si usted quiere saber sobre las artes de la guerra, asómese a la cocina de cualquier familia venezolana y converse con la señora de la casa, acérquese a una comuna o a una base de misiones, como por ejemplo la Base de Misiones de Nuevo Carabobo donde estuvimos de visita el pasado fin de semana. Allí se encontrará con grupos de mujeres ejerciendo el trabajo cotidiano y permanente de dirección de tropas en el teatro de operaciones, tácticas, maniobras de fuerza de combate, logística, construcción de cuerpo de doctrina, combinaciones estratégicas, armisticios y tratados de paz.

La guerra, sea cual sea, nos lleva a experimentar escenarios complejos, dislocados, difíciles, muchas veces inimaginados. Millones de mujeres visibles o no, a lo largo de la historia han permanecido firmes al frente de múltiples flancos, coordinando sin desmayar los diferentes escenarios de combate, siempre dispuestas a vencer en cualquier batalla por la defensa de nuestro territorio, nuestra independencia y nuestra soberanía.

Leorana González
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El baquiano

Un tractorcito amarillo retrocedía y la pequeña mole, un escombro gigante en medio de la polvareda, no quería moverse. Está haciéndose otra fachada y otra vez, la máquina empuja hacia adelante. Estamos en la entrada del “inmortal campo”, como se refieren las baquianas, orgullosas, al Campo de Carabobo. La larguísima reja negruzca que lo bordea en la parte norte está siendo sacudida de polvo. En el lado sur, otro equipo hace otro tanto; limpian, lijan, pintan. Hay rejas retorcidas, rejas despegadas, rejas escoñetadas, rejas recién pintadas; el negro va tomando color. El baquiano hunde el pie en el acelerador y lo veo alejarse: otro día cuento las rejas que conforman la reja.

Un semáforo en rojo. “La bolsa de plátanos por un dólar”. El baquiano, a lo lejos, pone las luces intermitentes. Me da tiempo de contar los plátanos. Por el mismo precio, me dan, sin bolsa, cuatro plátanos más en la avenida Lecuna. “El mejor mango de hilacha de Venezuela”, dice el baquiano. A pie, la extensión de La Pica de La Mona es una incógnita; luego de la batalla, hasta Naguanagua persiguieron a los realistas. “Y el mejor casabe”, agrega el baquiano, bajo la sombra de una mata de mango. Una pequeña pendiente, y vemos el Campo de Carabobo. A lo lejos, el mirador, donde estuvo Bolívar. El sol aprieta. Un gran racimo de cambures verdes, acostado sobre la cabeza de una mujer que tenía una gorra ladeada, apenas se movía. Ella caminaba y sus caderas, sutiles, acompasaban el ramillete que traía entre las manos. “Eso es chaparro. Sirve para fregar las ollas”. Me da un par de hojas y las toco: es como papel de lija número 50. Un conocedor, o conocedora, pudiera argüir que lo correcto es número 35, pero el chaparro es el chaparro.

“Quinchoncho, quinchoncho, llevo quinchoncho”, decía sonriendo mientras trotaba, de primerito, el carajito de cinco años. Eran una familia y todo el mundo cargaba algo. La señora de los cambures y el chaparro, que era la última, en esas circunstancias, y en otras, le hace a uno preguntarse en qué es lo que andamos. Nos toca volver a Carabobo.

Gustavo J. Mérida F.
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Esta pica y la otra también

Hace 200 años y unas pocas semanas, Bolívar se encontró con Páez y el grueso de su oficialidad en San Carlos. Allí separó su ejército en tres divisiones: una comandada por Páez, otra comandada por Ambrosio Plaza y otra por Manuel Cedeño. Estos dos últimos murieron en combate, pero de eso hablaremos después, otro día.

Al aproximarse al campo o sabana donde sería la batalla, luego de ver a lo lejos los movimientos del enemigo, decidió mover sus fichas en el terreno. Eso se hace tal como hacen los mánagers de beisbol: tú te vas por aquí, tú haces esto mientras tus compañeros hacen esto otro. A Páez lo mandó a caer desde la izquierda, por un largo camino llamado Pica de La Mona, para obligar a los realistas a mover hacia allá unos cuantos batallones; a Cedeño lo mandó detrás de este, y a Plaza lo mandó por otra pica ubicada a la derecha (recordar que los patriotas venían del sur hacia el noreste) del campo. En ese sendero que tomaron Plaza y sus muchachones para enfrentarse, entre otros, con dos cuerpos bravos, disciplinados y veteranos (Valencey y Hostalrich, que entre otras coñazas exhibían varias contra los ejércitos de Napoleón Bonaparte), estuvo el equipo de Ciudad CCS, jurungando la historia y sus historias.

La comunidad se llama La Pica, y bastante rato estuvimos confundidos porque no nos cuadraba la ubicación de esta pica con aquella otra desde la que entró Páez (La Mona). Y picaos quedamos todos, porque en esa comunidad, y en otras de los alrededores, hay relatos y huellas humanas en cantidad, que remiten a la batalla y a su espíritu.

Y ya que invocamos el dato espiritual, habrá que decir, a manera de adelanto, que en el ejercicio de la espiritualidad y los ritos ceremoniales del pueblo, en La Pica sobrevive una clave cultural que abordaremos, si los cofrades nos lo permiten, con el respeto que merecen todas las manifestaciones que vienen de lo profundo. Solo nos es permitido adelantar que, a muy poca distancia de donde cayó sin vida el cuerpo terrenal de Pedro Camejo, sobrevive su ser energético. Nada más por los momentos.

José Roberto Duque
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La Estrella que guía

Entre tantas normalidades actuales y anteriores, estuve a punto de no viajar con la gente del semanario Ciudad CCS al Campo de Carabobo. Pero en la madrugada del 27 de febrero, un mensaje me lanzó a un terreno de tristeza infranqueable: el fallecimiento de mi amada amiga y maestra Estrella Sanoja. Sentí que nada me levantaría del estado de dolor y rabia. Lo significativo de la fecha produjo el giro: ¿al origen? Como las estrellas en la oscuridad, empezaron a venir constelaciones de recuerdos asociados a esa gran mujer que se elevó a la inmortalidad dejando una estela de belleza, nobleza y alegría.

En el año 2006 se ejecutaba la última tarea del extinto Consejo Nacional de la Cultura (Conac): la municipalización de la cultura. Desde Mérida logré incorporarme como activador comunitario. Luego en Maracay, en un encuentro nacional, reconozco a Estrella, quien era la coordinadora por el estado Miranda. Digo “reconozco”, pues antes nos habíamos visto porque su hijo, mi querido Pancho Montañez, y yo, estudiamos en el mismo liceo. Pancho, músico excepcional y baterista de mil batallas musicales, envió el mensaje que me removió en lo más hondo.

Regreso a Miranda convocado por Estrella, conozco a mis amigos Enrique Duarte “Kilombo”, cultor afromirandino que mucho me ha dado y enseñado, y Roberto Santaella, con quien creamos La Liga y La Tribu Caracas (2008 – 2012). Entre recuerdos, esa madrugada del 27 de febrero atendí el llamado de esa valiente mujer, y seguí su luz, para celebrar la épica bicentenaria.

Y es que cuando no creía en mí, Estrella me regaló su oído atento, su abrazo sincero, un instante de luz y una agenda en un proyecto comunitario bonito. Me dijo que ya estaba bueno del trabajo institucional, que continuara cantando, que persiguiera con atención y humildad la ruta que me trazarían las canciones. Eso he intentado. Sin ese destello quién sabe dónde estaría yo. Son chispazos. Seguirás alumbrando con tu energía cósmica, Estrella, mujer amada.

José Delgado
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