CARACAS EN ALTA | Mujeres en alta

Nathali Gómez

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No necesitas hacer nada para ver a una mujer trabajadora en Caracas. Es una forma de afrontar la vida que no suele ser una elección: hay que salir a frentear, a batirse o a bailar con todo aquello que te sale al paso, porque la lucha no toca tu puerta, te espera en cualquier rincón.

Es inevitable pensar en mis mujeres: mi madre, mis abuelas, mis amigas. Ellas lo pusieron todo sobre la mesa, con esa energía que las impulsaba y que les impedía parar. Fueron fieles a lo que creían y no claudicaron ni en los momentos más oscuros. Las admiro porque me sé tambaleante.

Aún escucho el taconeo de mamá, pienso en el cansancio producto de su doble jornada, en mi propia incomprensión de lo que significaba trabajar y tener hijos. Nunca paró de correr, de extender su limitado tiempo para que se hiciera ilimitado para nosotros.

Es lugar común hablar de las mujeres guerreras, que lo dan todo. Sobra porque es tan real y cotidiano que redunda. Son las mujeres las que llevan el CLAP de mi cuadra como una orquesta afinada, las que dan un paso al frente cuando hay que resolver un problema comunitario, las que te escuchan y las que te sonríen cuando hablas desde la voz de tu inexperiencia.

Pienso en mis amigas, en lo que nos ha tocado afrontar en este tiempo. En la permanente demostración de fuerzas que se impone en un mundo capitalista hecho a la medida del patriarcado; en las situaciones de conflicto en las que nos vemos envueltas para que claudiquemos, para que nos miremos con recelo y creamos que solo las mejores, las más bellas o las más obedientes, serán tomadas en cuenta.

La competencia busca imponerse como un valor para desplazar a la solidaridad, al entendimiento que tenemos de nuestras propias realidades.

Pienso también en las veces que nos menospreciaron por nuestro exceso de ideas o por la falta de ellas. Esa falsa creencia que nos implantaron de que tenemos que dominar todas las circunstancias y escenarios para demostrar que sabemos lo que hacemos, como si siempre estuvieran en duda nuestras capacidades.

También nos rodea la violencia, de cualquier tipo, la percepción de nosotras como el reducto de las frustraciones masculinas y la banalización de nuestras emociones.

Nuestros monstruos no vienen de afuera pero han sido creados en la mente de quienes nos quieren atomizadas, dispersas, decepcionadas y sin ideales.

Ser mujer, más allá de los cantos a la belleza y a la capacidad infinita de amar, es un descubrimiento constante del valor de lo verdadero en medio de un juego de sombras.

Nathali Gómez