Cuentos para leer en la casa | Miedo en la noche

0

La mujer se despierta, le suda el cuerpo desnudo debido al calor tropical. Se queda un rato escuchando los sonidos de la noche. Ya es muy tarde, pero en algún lugar, en la profundidad de la noche, puede oír el sordo retumbar de los tambores.

Conoce el sonido, de niña se quedaba a menudo echada en la cama escuchando y se dormía al melancólico son de África. Es un extraño sonido apaciguador, parte de la respiración de esta tierra.

Se levanta sin encender la luz y se mueve a trompicones por la conocida oscuridad de la casa hacia el baño. Las gruesas paredes permanecen frías y seguras bajo sus dedos mientras las va palpando en la oscuridad para no pasarse de largo la puerta del baño en el pasillo.

Al volver, se mete en la habitación de los niños, para arroparlos hasta los hombros con las mantas que durante la noche siempre se les caen. Enciende la luz pequeña de la estantería. Las ventanas están abiertas de par en par a la noche, las cortinas se abomban ligeramente sobre el ancho alféizar. La mujer percibe el olor sofocante de verano que entra por las ventanas. Estiércol, lilas y el olor del caramelo quemado, que produce la caña de azúcar tostada.

¿Ha abierto las ventanas esta noche?

El hijo mayor está tumbado sobre la cama con las piernas y los brazos abiertos y duerme con la boca entreabierta. Le tapa la parte inferior del cuerpo con la sábana fresca y se da cuenta de que un mosquito le ha picado los hombros desnudos a pesar de la crema que le había puesto por la noche.

La otra cama está vacía. El niño que estaba durmiendo allí ya no está, entre el revoltijo de mantas y sábanas.

La mujer vuelve a su habitación porque sabe que el niño, que todavía busca en ocasiones sus pechos con la boca, podría haberse cobijado en su cama grande de cobre llena de confianza. Enciende la lamparita de noche, mira bajo las sábanas y las almohadas buscando a su pequeño.

No hay nada.

—Señor, mi hijo —grita la mujer.

Enciende la luz de la habitación. La luz eléctrica brilla nítida sobre los pocos muebles y la cama enredada. Enciende el pasillo y va a mirar si el niño está en el baño, en la cocina, en el sofá de la sala de estar frente al televisor.

Va encendiendo luces por donde va. Sale a la terraza.

—¡Señor!, solo tengo mis hijos.

Durante un momento se queda callada escuchando. El retumbar de los tambores ha cesado.

La histeria se le escapa por la garganta. Mientras corre, intenta pensar qué número debe marcar primero. ¿La policía? ¿Los vecinos? ¿El padre de los niños?

Cuando vuelve a la terraza lo escucha llorar. Medio dormido, quejumbroso y con miedo.

—¿Dónde estás —grita la mujer fuera de sí, por el miedo y la incredulidad.

—Mamaaaaaá —llora el niño impaciente— estoy aquí.

Está en el umbral de la puerta abierta y con los puños se protege los ojos de la luz intensa. Tiene el pijama corto empapado.

—¿Dónde estabas?

El niño llora medio dormido.

—Buscaba a mamá.

Lo levanta y lo abraza con fuerza. Nota el frío del pantalón contra su piel, su aliento huele a sueño. La mujer cierra la puerta de la entrada y apaga las luces una por una. El niño cuelga pesado de su hombro. Ya está casi dormido otra vez. En la habitación de los niños cierra las ventanas y corre las cortinas. El otro hijo está tal y como lo había dejado.

Se mete en la cama con el niño aún durmiendo entre los brazos, apaga la lamparita de noche y siente como le tiembla el cuerpo de forma incontrolable.

Permanece así durante un rato largo sin pensar en nada. El niño se ha quedado dormido. Tiene las piernitas acurrucadas contra el cuerpo de forma que ella nota las rodillas en su vientre.

Más tarde, mucho más tarde en la noche, le quita el pantalón del pijama y lo echa al suelo junto a la cama. Entonces comienza a palpar la tripita y el culito del niño, se asegura de que todo está bien allí.

 

La Autora: Riana Scheepers.Sudáfrica, 1957. Recibió su doctorado de la Universidad de Ciudad del Cabo. Escribe libros para niños, ficción corta y poesía. Es autora de un libro de impactantes y sensibles relatos centrados en las mujeres zulúes actuales, La cosa en el fuego, de la editorial Icaria.