MONTE Y CULEBRA | Aguas de marzo

José Roberto Duque

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La penúltima vez que La Niña se nos puso brava de verdad, hacia noviembre-diciembre de 2010, la devastación fue tan macabra y anormal que empujó al Comandante Chávez a una acción que un gentío, de aquella acera y también de esta otra, catalogó de loca y mediocre, pero que igual acatamos militante o resignadamente. Esa loca acción consistió en la ubicación de miles de damnificados en refugios habilitados a toda carrera en espacios institucionales, con la promesa de que saldrían al cabo de un año de ahí rumbo a viviendas dignas.

Ya ustedes más o menos saben o recuerdan algunos pormenores de lo que pasó y sigue pasando después. Pero como de lluvias y vainas estamos hablando, llovamos sobre lo mojado y o seco, porque esas cosas parece que se le olvidan a alguna gente.

Aquella embestida del clima enloquecido sobre Caracas y otras ciudades se hizo más dramática porque, justo un año y medio atrás, se había ensañado contra nosotros con otro tipo de desmanes: en el despliegue de El Niño, el fenómeno diametralmente opuesto, nos mamamos una sequía que duró 14 meses, se incendió toda vegetación incendiable, se masificó la mención a un efecto llamado calina o calima, que antes solo conocían quienes habían leído Cien años de soledad, y que ahora nos cubría de desesperación y bochorno porque bueno, ya tú sabes cómo es eso de lidiar con el calor y sin el líquido que por aquí llamamos “vital”.

Así que fue un año y pico de sequía, y luego unas semanas de chaparrones incontrolables, y muchas personas que sobrevivieron a las quemazones sucumbieron a la furia de las aguas. De aquella temporada de aguaceros las comunidades pobres de Caracas salieron fortalecidas o reacomodadas en varios sentidos. Primero, porque en esa cohabitación incómoda y en muchos casos insoportable en edificaciones divididas improvisadamente como habitaciones para familias enteras, hubo que recurrir al talento organizativo de nuestra gente más depauperada.

Cuando llegó el momento de la repartición de apartamentos y estaba claro que en un primer momento no habría solución habitacional para todo el mundo, se activó la solidaridad natural o aprendida, y la propia gente decidió quiénes eran los que merecían ser reubicados con más prontitud. Estuve presente en asambleas de damnificados en las instalaciones de VTV, y todavía recuerdo con la piel erizada la forma en que muchas mujeres con dramas familiares graves le cedían su turno a otras más jodidas que ellas. La enormidad de la conciencia o del corazón (qué voy a saber yo de anatomía) imponiéndose a las miserias del egoísmo, e incluso a la necesidad y al hambre, para ir resolviéndole el rollo a los pobres de verdad verdad, porque siempre hay alguien que está más devastado que nosotros.

Así comenzó la Gran Misión Vivienda Venezuela: en una emergencia climática y social, que el liderazgo personal de Chávez y el liderazgo colectivo del pueblo supieron reconducir hacia soluciones formidables, que hoy perduran.

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Por lo general estos días de marzo son de violenta sequía, calorones y candelas en casi toda Venezuela. Este año, La Niña ha trastocado el asunto hacia una situación anormal, pero definitivamente más agradable: una temperatura del carajo, fría en las noches y madrugadas, y de vez en cuando algún aguacero. Aguas de marzo: no es bossa nova ni nada brasileño, es algo que el descontrol del clima nos ha traído en estos días.

Diez años después de aquel inicio accidentado y perturbador de la GMVV, he tenido la suerte de ser beneficiado también con la oportunidad de comprar una casa, oportunidad que solo en Revolución podemos disfrutar los que nada tenemos. Antes que yo, tres millones y medio de compatriotas (y entre ellos muchos que hablaron y siguen hablando mierda de la Revolución) lograron el mismo beneficio, algunos incluso con más suerte porque no tuvieron que pagar nada. Esto hay que recordarlo de vez en cuando así suene a cobro simbólico, porque en ningún otro país del puto mundo pueden los ciudadanos decir lo mismo, y aquí hay mucho cabecemachete que siempre le busca el lado malo a las cosas.

Volviendo al tema aguas de marzo: me han asignado casa en un lugar donde no falla el agua nunca, y muy por el contrario: el problema es que el agua viene con mucha presión y las tuberías de vez en cuando ceden y se revientan. Si así llueve, que no escampe, decimos algunos. Pero otros se aferran al lado calamitoso de esta especie de bendición.

Hay gente que nunca será feliz porque nunca encontrará la perfección, como si eso existiera.

José Roberto Duque