Perfil | Criada, sirvienta, cachifa o trabajadora del hogar

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En el microcosmos de una familia en su casa o apartamento pueden observarse muchos de los atributos y de las taras de una sociedad. Si se trata de una familia de clase media o alta, con personal de servicio doméstico, incluso es posible apreciar en ese pequeño escenario la representación de un mundo signado por la lucha de clases.

¿A qué viene esta reflexión marxista acerca de quienes laboran en la residencia de otros? Pues a que el 30 de marzo se celebra el Día Internacional de los Trabajadores y las Trabajadoras del Hogar, una de esas fechas que a pocos interesa porque este es uno de los oficios menos apreciados de todos cuantos se practican en este mundo.

De hecho, quienes crearon el día internacional, y los que han tratado de organizar sindicatos y asociaciones en sus países, argumentan que estamos frente a un trabajo precario, infravalorado, discriminado, muy feminizado y altamente extranjerizado y racializado.

Partamos de la feminización. Es tan fuerte esta característica que lo normal es hablar del Día Internacional de la Trabajadora del Hogar, dejando a un lado que también hay muchos hombres en este campo laboral. Ciertamente, las mujeres son la abrumadora mayoría, pues la arraigada cultura patriarcal vincula con lo femenino las actividades fundamentales que deben realizarse: cocinar, lavar, planchar, limpiar, tender camas y –un punto clave– ser niñeras o mamás postizas.

Funciona acá una división del trabajo con enfoque sexista, pues los hombres que trabajan en el servicio doméstico suelen tener otras tareas, como las de chofer, jardinero o, en el caso de familias de “cierto nivel” hacia arriba, mayordomo o chef.

Ya por el hecho de ser un trabajo mayoritariamente femenino, aparecen en escena los signos de discriminación tan típicos de nuestras sociedades. Sueldos menores, sobreexplotación y acoso sexual no son rasgos extraños en la vida de estas mujeres.

Históricamente ha habido una segregación que comienza por el lenguaje. La denominación del oficio no ha progresado mucho desde los tiempos en que era desempeñado por esclavas. Se les ha llamado criadas, sirvientas y (en nuestro léxico venezolano, sobre todo caraqueño) cachifas.

En todos esos nombres hay un significativo cariz de menosprecio. Criada era la niña pobre entregada por sus parientes a la familia pudiente para que “la criaran” como a otra hija, pero a cambio de hacer todos los trabajos de la casa, sin muchas perspectivas de educación ni avance social. Cenicienta, pues.

Sirvienta, en tanto, es una palabra que lleva la carga indiscutible de estar “al servicio” de otros, de ser parte de esa otra categoría llamada servidumbre, que hace pensar en la Edad Media, con sus señores feudales y sus siervos de la gleba.

Cachifa es el summum moderno de la marginación. Según los investigadores etimológicos viene del inglés k-chief (kitchen chief, jefe de cocina), pero vaya alguien a saber si eso es cierto. Lo que sí está claro es que adquirió rápidamente un profundo sentido despectivo, especialmente en la clase media que floreció en la Venezuela saudita. Si usted es venezolano, algo raro debe sucederle si nunca ha dicho u oído decir: “Esa tipa si se ve mal, parece la cachifa de su casa” o “Estoy cansada de cachifear en esta oficina”.

En aras del lenguaje políticamente correcto, en todo el mundo se han inventado nombres menos duros: que si asistenta, que si la doméstica, que si el servicio de adentro, que si “la señora que me ayuda en la casa”, pero la esencia sigue siendo la misma: una especie de demo de la división social que a algunos les produce una gran satisfacción (abierta u oculta) y a otros un permanente ratón moral.

Este asunto ha sido muy explotado (tanto como las trabajadoras mismas) por la industria del entretenimiento, en particular por el subsector de las telenovelas. En este género nunca puede faltar un personaje que pierde la memoria, una persona que queda “paralítica”, la mujer que se mete a monja por un desamor, una doña mala que enarca las cejas y una muchacha de servicio (que siempre está más buena que comer con los dedos) y que termina siendo la dueña del corazón del galán… y de la mansión también.

Pero, claro, eso es pura ficción. La realidad del trabajo del hogar es que es precario, es decir, que las personas cobran bajos sueldos, no tienen prestaciones ni seguridad social, laboran sin horarios o más horas de lo reglamentario y no tienen casi posibilidades de defender sus derechos.

Aparte de tener mayoría de mujeres, en muchos países se trata de un oficio casi reservado a las inmigrantes o a las nacionales de razas sometidas a discriminación. En las épocas en que Venezuela recibió olas de inmigrantes, muchas de las trabajadoras del hogar eran de Colombia. En años recientes, numerosas venezolanas (y también hombres) que escucharon los cantos de sirena de la publicitada “diáspora” llegaron a Estados Unidos, España y países latinoamericanos y asumieron este oficio que jamás habían ni siquiera pensado en desempeñar en su tierra. Hasta profesionales universitarios e hijos de papá y mamá “que siempre tuvieron cachifa” se han visto en el trance de desempeñar ese rol en su nueva realidad de extranjeros maltratados. Así es la vida.

Matiz no menor de este trabajo es que no pocas veces sirve para reforzar los patrones de la segregación racial. Familias blancas (o “blanqueadas”) suelen contratar para las tareas domésticas a personal afrodescendiente o de rasgos indígenas, poniendo así –en el microcosmos del hogar– la realidad de una sociedad que, a tantos años de la abolición de la esclavitud y del fin del feudalismo y la colonia, sigue a mucha distancia de alcanzar la igualdad.

Mi mamá fue sirvienta

No hace falta haber trabajado en el palacete de un gran ricachón para experimentar la sensación de “los de arriba y los de abajo”, una serie inglesa que mostraba la vida de una familia acomodada y sus sirvientes. Basta con que usted o alguien cercano haya desempeñado el rol para una familia cualquiera.

Mi mamá, Carmen Hernández, fue sirvienta. No fue cachifa porque ese apelativo se inventó después de que ella había cambiado de oficio por el de lavandera y planchadora de ropa ajena. Cuando se vino de su terruño en los balcones del páramo andino (Santo Domingo y Chachopo), trabajó como criada para dos familias a quienes se refería, en sus remembranzas, como los Uzcátegui y los Ochoa.

A los últimos los conocí, siendo muy pequeñito. Vivían en una casa en La Pastora (de San Fernando a Nazareno) y querían mucho a mi madre. De vez en cuando íbamos a visitarlos. Mamá nos vestía bonito a mi hermano Carlos y a mí porque para ella ser humilde nunca fue sinónimo de estar sucios ni mal vestidos.

A mí aquel lugar me parecía una mansión, con su patio central, su zaguán, sus ventanas de estilo colonial, su corral posterior con loros escandalosos y una perra negra llamada Duquesa. Una Semana Santa, a mi mamá la contrataron para cuidar la casa mientras los Ochoa iban a la playa. Fueron unos días alucinantes, como unas breves vacaciones de la pobreza. No sé si logré explicarme. Espero que sí.

Perfil Clodovaldo Hernández