PARABIÉN | Dejarse habitar

Rubén Wisotzki

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1.

Aproximadamente, hace tres o cuatro lunas llenas, les pedimos a los integrantes de mi tribu que me comunicasen, los que están cerca a los ojos, los que están lejos a través de cualquier dispositivo electrónico, qué pensaban del habitar hoy en estos días pandémicos. Lo hicimos a partir de la lectura del titular de una noticia redactada en torno a un estreno teatral: “Dejarse habitar, ahora que no nos podemos tocar”. Quizás no era necesario comentar la solicitud de opiniones, ya que lo que uno escribe es el conjunto de las consideraciones de los otros, matizadas, entonadas, o afinadas, quiere creer uno, con los aportes y apreciaciones personales.

La frase es poderosa, sin lugar a dudas. Ahora que la distancia social es un término insólitamente aceptable por la inmensa mayoría de la humanidad, algo impensable en otras épocas, algo que podría impulsar a cualquiera a deshacerse de cientos de libros de autoayuda, pero también de unos cuantos de sociología, filosofía, sexología, y otras “ías” que proponían la proximidad física, la cercanía, el roce, la caricia, el abrazo, el tocar (todas conductas, modos de expresión, maneras de sentir), es necesario buscar una idea a ensayar para que el Otro llegue a nosotros, le abramos la puerta de lo que somos y le permitamos, porque lo necesitamos, que nos habite. Es decir, que esté en nosotros. Y, obviamente, recíprocamente.

2.

En nuestro empeño ¿comunicacional?, ¿emocional?, ¿cómo llamar a semejante iniciativa?, esperábamos que nuestras filiaciones hicieran lo mismo con sus pares, con sus parejas, con sus amistades, con sus compañeros de estudios o de trabajo. Y así, con este proceder, tejer una visión colectiva de pensamiento amoroso que es imprescindible para estos días de razonable desasosiego.

Los resultados, a nuestro entender, fueron fabulosos. Pero no todos. De nuestros hijos y amigos, por ejemplo, hubo aquellos que respondieron inmediatamente como si estuviesen, en la distancia insalvable, pensando en lo mismo, preocupándose y ocupándose, en el mismo tema. Pero también hubo, no hay que negarlo, quien dijo que lo pensaría…y se quedó pensando. Actitud nada reprochable porque ha de comprenderse las circunstancias del Otro, sus complejidades, sus adversidades, sus complicaciones, si esperamos que en algún momento comprenda las nuestras. ¿O no?

3.

Pero al igual que el campesino que entierra la semilla y espera, en la esperanza, porque esperar es esperanzarse (leer a Bloch y su maravillosa obra Principio esperanza en tres tomos extraordinarios), así los que manejamos la palabra como herramienta sabemos que lo dicho, lo enunciado, lo expresado, sea como sea, viaja en el espacio y tiempo, y se deposita, aunque nunca lo sepamos, en otro que crecerá con el riegue de todas las palabras recibidas en su vida. Por eso la poesía y la filosofía son tan admiradas y temidas: porque existe la certeza, más que comprobada, de que lo que un poeta o un filósofo dice procede de un proceso, muchas veces doloroso, de un tránsito invisible e indefinible en conceptos comunes, de un decantar, paciente, profundo e intenso, de un sentir.

4.

Por eso, y por otras consideraciones, muchos que se consideran poetas o filósofos no lo son, y muchos otros, que no lo saben y tal vez nunca lo sepan, son grandes poetas y grandes filósofos. Una vez más: la academia o la lectura de un libro, no define qué eres o quién eres. Muchas veces, y nos permitirán aquí un cariñito al gremio, muchos periodistas son poetas o filósofos. En la escritura de la premura y de la urgencia, a veces estallan unas ideas, unas reflexiones propias de quien ha trasladado en uno o dos párrafos, escritos en pocos minutos y contrarreloj, que se apuntan a la trascendencia.

5.

Tómese, ya para finalizar esta latosa introducción, un principio único, imprescindible en estos de días: Habitar es estar. Donde sea, desde la presencia o la ausencia. El hombre sabe poblar su existencia de todas las maneras posibles, desde la mirada, la conversación (y la sana discusión), hasta de los recuerdos y los sueños. Antes de construir la casa que habitamos, nuestra o ajena, nos hemos construido a nosotros. Cuando entramos a una casa es una casa (yo) dentro de otra casa (el Otro).

6.

En todo caso, y para no ser pesados, sino todo lo contrario, una tentativa de liviandad (que no es superficialidad) más que necesaria para estos días, va una breve selección de pareceres de nuestros Otros en torno al “dejarse habitar” en la espera de que al menos uno sea semilla en usted, querido lector. Para bien.

  1. “Es posible, si habitas, que estalle el amor”.
    2. “Siempre será probable habitar una vida”.
    3. “Si no podemos habitar al Otro, debemos poder habitarnos a nosotros mismos”.
    4. “Si logro habitarme, me habitas”.
    5. “Para habitar a alguien no se necesita techo”.
    6. “Siempre que habites a alguien tendrás techo”.
    7. “No importa que habites si te habitan”.
    8. “Aislado en mi casa como estoy, están todos”.
    9. “Quien quiere habitarme sabe que no tengo puertas”.
    10. “Desde mi ventana veo a la persona que deshabité estando a su lado”.
    11. “Mis puertas siempre están abiertas”.
    12. “Para habitarme debes saber ser techo”.
    13. “Quien habita desconoce todo desalojo”.
    14. “Habítame si tienes habitación en ti”.
    15. “No he dejado de estar habitado, pa”.
    16. “El que me habitó dejó quién es acá”.
    17. “Cada quien habita en sus leyes habilitantes”.
    18. “No sé estar si no habito”.
    19. “Habitándola me dijo que no estaba”.
    20. “Dejarse habitar, me dejo”.
Rubén Wisotzki