HORIZONTE DE SUCESOS | Contra la muerte

Heathcliff Cedeño

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Por más que se reflexione sobre la muerte, se acepte como un proceso inevitable y necesario, nunca deja de golpearnos cuando su aleteo pasa cerca de nosotros.

Algunos dicen que nace con nosotros y nos acompaña el resto de la vida muy de cerca, como si viviera en la nuca y de vez en cuando nos mandara señales de peligro porque siempre es bueno retrasarla, pero, finalmente, no evitarla.

Acaso no podemos asumir que puede ser solidaria cuando sentimos el impulso de retrasar un viaje, transitar por otra calle distinta o dejamos pasar el transporte. Como si caminara más rápido que nosotros y se adelantara unos pasos para advertirnos, como si corriera en otra dimensión, sin tiempo y espacio, así como todo lo que nos sobrepasa.

Otros se refieren a ella como la otra cara de la vida, indivisible a tal punto de que ninguna puede vivir sin la otra. A veces, para consolarnos, simplemente pensamos en la existencia como una molienda en la que todo parece ir desde el fondo al interior en un flujo constante e infinito del hacer y deshacerse de las cosas. Como si la vida fluyera con obstinación e inocencia.

Podemos pensar, por ejemplo, que pasamos por todos los reinos —vegetal, animal, mineral— y nos vamos cristalizando en muchas formas diferentes y posibles. Que nos transformaremos en un árbol, escoja el animal de su preferencia o en una piedra inmutable. Hasta ahora nadie tiene certeza de esto, pero nadie contradice esta idea a la ligera.

Sin embargo, no importa la idea madura o no que tengamos sobre la muerte, siempre que se va gente cercana nos golpea y perdemos el control de las emociones. Nos quedamos absortos ante el cambio de paisaje de los nuestros y siempre lo veremos como algo injusto.

El virus causante de la pandemia nos ha arrancado violentamente a familiares y amigos que hasta hace poco nos sonreían. Sus muertes nos hacen pensar que el círculo se va estrechando frente a nosotros, que cada vez está más cerca. Y luego sobreviene el miedo habitual como síntoma natural de autopreservación, el deseo de persistir.

Y creo que lo que mejor podemos hacer para rendirle honores a los que se fueron es tratar de ganarle días y años a la muerte. Cuidarnos para seguir siendo testigos de este mundo, porque a fin de cuentas de eso se trata la vida, de presenciar la existencia de este lado de la cortina que sostienen las sombras hasta que nos toque traspasarla.

Heathcliff Cedeño