PUNTO Y SEGUIMOS | El precio de la “libertad”

Mariel Carrillo García

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Hemos llegado a la etapa en que el virus se nos volvió real. Todos conocemos a alguien que se ha contagiado, o quizá nosotros mismos, y peor aún, ya hay fallecidos con caras reconocibles. Ya no son rumores, o números, son familia, amigos, vecinos. Cada día oímos (o vivimos) los cuentos de corridas a los hospitales, de la búsqueda de medicamentos – carísimos, valga acotar – de las mediciones de saturación de oxígeno varias veces al día, de la angustia y el cansancio de tener que producir cuando debes estar aislado o internado, de ir a trabajar sabiendo que te expones pero no queda de otra porque ni la comida ni las medicinas aparecen por generación espontánea, o de la espera de unas vacunas que no podemos pagar aún teniendo el dinero, porque a cierta gente no le gusta el gobierno y no se les ocurrió nada mejor que sancionarnos y bloquearnos las cuentas.

Deben estar felices con el aumento de los casos y de los muertos: ¡Ojalá empiecen a salir ataúdes como en Ecuador! se relamen los miserables. ¡Tarde o temprano esto iba a pasar! ¡No vacunan a nadie! comentan en sus whatsapp con aire de satisfacción, porque tenían razón, el gobierno no sirve y ahora finalmente, después de 20 años, esos chavistas sí que van a matar a todos. ¡Nos vamos a morir en masa!, dicen como en delirio mientras sus líderes viven como reyes en el exterior con la plata de las vacunas del resto y solicitando que por favor se tomen medidas más duras contra el régimen; ya que parece que la gente no se está muriendo tan rápido y que los números del Covid podrían ser mejores- perdón, peores.

¿En qué momento producir un incendio solo para tener cenizas como prueba de algo se convirtió en una manera racional de hacer política? ¿Cómo es que a nadie le parece aberrante que en plena pandemia Venezuela no pueda usar sus propios recursos? ¿Es realmente más satisfactorio “probar” que el otro es malo malísimo antes que evitar que se pierdan vidas? Y no hablamos solo de la enfermedad, sino de todo, porque antes de la Covid tampoco es que la cosa estaba muy buena.

¿Para qué es que nos quieren sacrificar entonces? ¿Para que Guaidó o alguno de esos se siente en Miraflores a hacer exactamente lo que hace en el salón de fiestas de su edificio? ¿Para que nos roben unos que parezcan menos chusma? ¿Para que los números de Covid sean como en Colombia o Brasil, es decir, malos, pero en “libertad y democracia”? La gente de la oposición que es proletaria – si, ustedes no son dueños de los medios de producción – debería al menos hacerse esas preguntas y exigir proyectos de país que puedan refrendarse en las urnas antes de seguir en este plan absurdo de asfixia que no afecta realmente a quienes tanto odian, sino a los más vulnerables de aquí y de allá. ¿De verdad vale la pena el precio que exigen sus “libertadores”? Respóndase con el cerebro y no con el hígado, que mientras tanto, acá seguimos resistiendo.

Mariel Carrillo García