Perfil Clodovaldo Hernández | Aristóbulo, revolucionario con la sonrisa en ristre

0

En las tertulias con el enjambre de periodistas en el Congreso de los años 80 y 90, Aristóbulo Istúriz siempre tenía una ocurrencia a mano. Una vez preguntó: “¿Ustedes saben por qué a las mujeres les gustan los hombres casados?”. Y, sin dejar que nadie opinara, respondió: “Por instinto de supervivencia, porque un hombre casado sabe hacer mercado, sabe arreglar una poceta, sabe cambiar un caucho. ¡En cambio, el soltero no está probado en nadita de eso!”. Cada vez que decía este tipo de cosas, desplegaba su sonrisa reluciente de negro dientón.

Porque –hay que decirlo de entrada– con Aristóbulo no funcionaba bien eso de afrodescendiente (aunque fue militante del movimiento afro). Tanto para los admiradores como para los odiadores, es “el Negro”. Al referirse a él, los amigos usan esta palabra con acento de cariño, de simpatía, de amor. Los enemigos, con el amargo racismo que no pocas veces es expresión de autodesprecio. A raíz de su fallecimiento esto ha quedado asentado en las actas de las redes sociales.

¿Y qué decir de esa carta de presentación que era su sonrisa? Pues, que sin ella tal vez no hubiese tenido una carrera política tan exitosa. Porque Aristóbulo Istúriz marcó distancia de esa escuela de la izquierda malhumorada, liderada por querrequerres a los que nunca nadie vio (o ha visto) sonreír. Él tenía sus arranques –¿quién no?–, pero en lo cotidiano era el típico hombre de pueblo, con el chiste a flor de labios.

Esa cualidad le permitía romper el hielo de las formalidades y los protocolos. En cierta ocasión recibió en su despacho a directivos de una editorial de libros escolares para hablar del polémico tema de los contenidos. El ambiente estaba tenso. De pronto, reparó en la ejecutiva que servía de enlace entre la empresa y el ministerio, una joven que acababa de regresar de reposo posnatal. “¡Chama!, ¿cuándo hacemos otro muchacho?”, le dijo en tono de chanza, y de allí en adelante, el diálogo comenzó a fluir.

Diálogo. Esa palabra también fue clave en la biografía de este personaje que acaba de dejarnos. Cuando se escriba la historia de los intentos de conciliación entre los polos de la Venezuela actual, su nombre tendrá que ser reconocido.

Para ayudar en este camino, contaba con un bagaje muy apropiado: sus experiencias como maestro, sindicalista, político trashumante, parlamentario y primer alcalde izquierdista de Caracas tienen como denominador común esa necesidad de lograr acuerdos para el bienestar colectivo.

Porque, si se analiza con cuidado, la vocación educativa –al menos cuando es entendida en el sentido robinsoniano– prepara para el ejercicio de la tolerancia y el respeto por las diferencias ¿O es que habrá alguna actividad que requiera de más disposición que la docencia en lo que toca a entenderse con toda clase de personalidades y entornos, con paciencia y con compasión?

Ni hablar del rodaje adquirido negociando contratos colectivos o procurando acuerdos entre tendencias dentro de los partidos, especialmente en ese periplo que llevó a muchos desde la vieja Acción Democrática hasta alguna de las teselas del mosaico de la izquierda de la segunda mitad del siglo XX y de allí a la encrucijada de la Revolución Bolivariana, que puso a cada uno en el sitio que le correspondía.

Ya en pleno proceso revolucionario, ha sido una referencia en campos fundamentales. La educación, desde luego, es uno de ellos, pues en sus dos etapas acumuló cerca de nueve años en el ministerio, empujando siempre hacia la utopía de la escuela liberadora de Simón Rodríguez.

Fue una figura eminente en otro ámbito revolucionario por excelencia: el del poder popular. Aquí cabe llamarle pionero, pues su gobierno municipal en la Caracas convulsa de los años 90 puede considerarse el primer experimento de empoderamiento de las comunidades, previo a la llegada del comandante Chávez al poder.

Como no muchos, Istúriz encarnó la máxima atribuida al Che Guevara, “irreverencia en la discusión, lealtad en la acción”, y prueba inequívoca de ello es el episodio en el que –a propósito de un desacuerdo entre Chávez y el PPT– dijo que el presidente se había fumado una lumpia. Esa dura expresión quedó compensada con la actuación del eléctrico dirigente cuando llegó tempranamente a Miraflores el icónico 13 de abril de 2002 como parte de la avanzadilla del líder que volvía a su cargo en hombros del pueblo. “Vamos a tomar este palacio y a cuidarlo hasta que vuelva el presidente”, expresó mientras caminaba con determinación por los túneles de acceso a la sede gubernamental.

El país vio a un Aristóbulo señero, dispuesto a la inmolación, transmitiendo al pueblo la certeza del regreso de Chávez a través de los escasos medios disponibles, pues la maquinaria comunicacional guardaba cobarde silencio. Fue solo después de la medianoche, con el comandante ya en su puesto de mando, que retornó también la emblemática sonrisa del Negro.

Por cierto, los muy democráticos medios de esos tiempos lanzaron entre el 11 y el 13 numerosas noticias falsas sobre la muerte de Istúriz, supuestamente a manos de la “sociedad civil”, a la que esos mismos medios arengaron hasta el paroxismo para la delación y el linchamiento.

Y esto nos lleva a otro terreno en el que fue un baluarte: el de la perenne batalla comunicacional. Sus técnicas didácticas le permitían exponer temas complejos con suma sencillez y por eso mantuvo una constante presencia en espacios de radio y TV, como Dando y dando, con la diputada y periodista Tania Díaz. A raíz de la pandemia, perseveró hasta el último momento como el motor del programa Cada familia una escuela, en el que el protagonista es el maestro, ese modesto título que el Negro honró toda su vida.
______________

Sobre Bret y otras tormentas

Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y de seguir de cerca alguna parte de la carrera política de Aristóbulo Istúriz sabemos que su contagiosa alegría pocas veces bajaba de tono.

En los años finales de la IV República hubo dos de esos momentos. El primero fue una tragedia terrible ocurrida en su familia. Uno de sus hijos, un brillante estudiante, perdió la vida en un absurdo accidente cuando aparcaba el carro en el estacionamiento del edificio donde residían, en la avenida Panteón de Caracas. Pasaron meses antes de que la característica sonrisa aristobuliana volviera a ser vista. Aquel hombre era en esos días la encarnación del más fiero de los dolores.

Ya en la Alcaldía de Caracas, empeñado en iniciar la revolución tantas veces soñada, se topó con un obstáculo formidable: el infortunio de la tormenta Bret, que azotó a toda la zona norte del país y se cebó en los endebles urbanismos espontáneos de la capital. Testigos directos aseguran que Aristóbulo lloró de impotencia mientras participaba en las labores de rescate de víctimas fatales y damnificados en el kilómetro cero de la Carretera Panamericana y otras zonas de El Valle.

Fueron esas dos tormentas que borraron la felicidad del rostro de quien, como lo dice Roberto Malaver –que de eso sabe, y mucho– siempre fue un militante de la alegría.

Clodovaldo Hernández