MONTE Y CULEBRA | El orden, las órdenes y los desordenados

José Roberto Duque

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Hace un tiempo tuve noticias de la existencia de un libro de Allan Brewer Carías titulado “La ciudad ordenada”. La combinación de lo que sugiere el título con el nombre del autor me produjo un ardor asociado a cierto tipo de gastritis.

Según el resumen más difundido de esta obra, se trata de “un ‘Estudio sobre el orden que se ha de tener en descubrir y poblar’, o sobre el trazado regular de la ciudad hispanoamericana. Una historia del poblamiento de la América colonial a través de la fundación ordenada de ciudades”. He tenido mi encontronazo con uno de los ensayos a manera de prólogo que contiene el libro, además de media docena de artículos, reseñas o comentarios adulantes, autoría de intelectuales, urbanistas y otros jalabolas. Como este espacio es corto y el tema es aburrido como pocos, quiero solamente hacerle una autopsia a sus líneas maestras, a lo que parece ser su leit motiv: convencernos de que el hombre europeo quiso hacer una vaina de pinga al fundar ciudades en América, y que entonces vinieron los indios y los negros y les volvieron mierda “su” obra. “Sus” ciudades.

Según reseñan las alabanzas que se volcaron sobre el autor y su libro, Allan Brewer Carías es tan brillante que un día se percató de que el centro o núcleo fundacional de todas las grandes ciudades hispanoamericanas es perfectamente cuadriculado, “a modo de retícula ortogonal”, tiene una plaza principal y frente a ella una iglesia. Segurito que usted no se había dado cuenta de eso: usted es un imbécil, usted seguramente es negro o indígena, usted seguro es pobre y no ha ido a la universidad, así que vaya agradeciéndole a Brewer el haberse quemado las pestañas para revelarle los secretos de ese tremendo hallazgo. Nadie se había dado cuenta de esa vaina hasta que llegó el superabogado y se propuso investigar misterio tan hondo.

Una monografía afín al libro de Brewer, titulada “La Fundación de las Ciudades Hispanoamericanas”, de un Javier Aguilera, se dispara esta tremenda sentencia, que es punto de partida de Brewer y otros: “El proceso de población del territorio Hispanoamericano, se llevó a cabo mediante una serie de disposiciones legales que emanaba la Corona en el transcurso del desarrollo de la conquista”. Es preferible entonces entrompar a la idea, precisamente a esa idea, y no necesariamente al personaje, a quien es muy fácil desnudarle la naturaleza de sus ínfulas de amor por la legalidad. Con sólo recordar que sus panas lo señalan como redactor del decreto de Carmona intuye uno por qué se afincó tanto en cierta propuesta: el imperio español lo hizo todo correcta y organizadamente en América, porque lo hizo protegido por leyes escritas. Por sus propias leyes, claro. A eso lo llaman pagarse y darse el vuelto: yo redacto un papel donde dice que es legal meterle un chuzo en la barriga al chavista que me cae mal y voy y se lo zampo.

Y ya: no me venga nadie a meter preso, aquí tengo este papel que me autoriza.

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A ver qué se trae Brewer con esto del “orden”, y qué cosa significa en realidad. El calificativo “ordenado” aplicado a la ciudad, a seres humanos o a lo que sea, da para mil variaciones y navegaciones por los significados, sobre todo cuando lo aplica quien lo aplicó en esta oportunidad. No hay que tener muy afinados el oído o la mala intención para percatarse de las acepciones más claras que tiene la palabra “orden”: es algo que le impone a usted una autoridad o un ente considerado superior (“ordene, mi comandante; ordene, jefe o patrón; ordene, su señoría”) y es también el resultado de hacer las cosas “como Dios manda”. El ser ordenado camina derechito; el ser libre es desordenado por naturaleza. El ser domesticado necesita de alguien que le ponga orden, que le diga cómo hacer las cosas o que se las tenga hechas; el ser cimarrón y bravío tiene siglos construyendo un orden que todavía no es total y mucho menos perfecto. El sujeto que vive en una quinta de Los Chorros la compró hecha; el sujeto que vive en La Vega levantó ese rancho peleando contra los elementos, contra la policía y contra la estigmatización de los medios y del discurso “ordenado”: el hombre blanco no asesinó indígenas en masa sino que civilizó, evangelizó, fundó; el oprimido no funda sino que invade, enajena, ensucia y afea.

No es en lo absoluto casual ni extraordinario el que un abogado (y sobre todo este abogado) piense que las leyes imponen el orden en las sociedades. En América hubo una matanza espantosa de seres humanos, pero como esa matanza vino autorizada por unos papeles sellados entonces todo va bien. La ciudad ordenada con la que sueña el burgués promedio es una parecida a la que había aquí para el siglo XVII: una cuadrícula más o menos perfecta y más o menos soportable y domeñable por parte de los blancos peninsulares y criollos, y una periferia donde malvivían, proliferaban y se hacinaban los sirvientes y excluidos. La miseria no es un problema sino hasta que se deja ver y sentir. El problema con la desordenada Caracas actual no es que haya miseria, violencia y sobrepoblación, sino que esa multitud miserable le está creando incomodidades a los ricos y pequeñoburgueses.

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Hablando de las dos ciudades que son en realidad Caracas: ¿a que no adivinan por qué La Castellana, La Florida y Santa Mónica son cuadraditas y fáciles de transitar, mientras que El Guarataro, la Carretera Vieja Caracas-La Guaira y Mamera son laberintos eternos?

Leopoldo López se pasó su maldita juventud tratando de convencer a los caraqueños de que él puede convertir a La Charneca en Altamira, porque ignora que la gente ordenada es gobernable y la desordenada no lo es. El lema del habitante del este es: “Tú a mí no me desordenas”; el lema del habitante de los cerros es “Tú a mí no me das órdenes”. Quien aspire a gobernar esta ciudad y no quiera partir de estas verdades se encontrará con que su orden y sus órdenes acabarán demolidas por la fuerza de la Historia.

José Roberto Duque