VITRINA DE NIMIEDADES | Normalizar el diálogo

Rosa Pellegrino

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Desde esta semana tenemos nuevos rectores del Consejo Nacional Electoral, designados por la Asamblea Nacional. Desde 2006 no ocurría una renovación total del Poder Electoral hecha por el Parlamento, pero eso no es lo que resulta más peculiar de todo ese proceso, producto del diálogo político entre el chavismo y sectores de la oposición que se deslindaron de la corriente abstencionista. En la circunstancia que vivimos, persiste en algunos grupos la idea de que dialogar es casi una declaración de derrota e inferioridad, un gesto de debilidad inadmisible, como si la única salida es el todo o nada.

Esa postura, tristemente, también permea hacia otros campos. Hace unas semanas, el director de un cuerpo policial fijó su posición sobre la situación con una banda delictiva en Caracas, pero lejos de lo que muchos esperaban no salió ofreciendo plomo parejo. Y es que hablamos de la vida de miles de personas, desde vecinos hasta simples transeúntes, puestas en riesgo si no se toman las acciones adecuadas, pero en el ambiente quedaron las ideas de debilidad, actuación conveniente y falta de arrojo porque la propuesta no fue la aniquilación, sino el trabajo táctico.

Si así nos va cuando hablamos de seguridad ciudadana, saquen la cuenta frente a las recientes denuncias sobre violencia de género: polarización extrema entre quienes creen y quienes dudan de cada caso expuesto en redes, sin contar con otras prácticas que están saliendo naturales, sin esfuerzo: revictimización, desestimación y falta de rigor para hablar de un tema tan antiguo y tan doloroso al mismo tiempo. Hay quienes intentan mostrar otro ángulo del tema, pero son esfuerzos dispersos ante la urgente necesidad de un diálogo sincero, amplio e incluyente sobre este tema, tan definitorio para nuestro provenir en todos los sentidos.

Pero la cosa no es difícil solo para los temas de género, hablemos del hecho social del trabajo. Sin duda, el punto de atención está en el salario, quién duda de su necesario rescate, pero no es el único asunto que nos toca abordar en este momento tan complejo y exigente. En un país bloqueado, que debe afrontar también los efectos de la pandemia por covid-19, urge revisar los modelos de relación laboral y de productividad que están naciendo, porque muchos llegaron para quedarse. Aunque el presidente de la República, Nicolás Maduro, presentó una agenda de trabajo, aún queda un campo amplio y vasto para debatir.

En ese punto, como en muchos otros, hay pasiones desatadas: los que creen en los efectos de las sanciones sobre el mercado laboral y los que no; los que proponen anclar el salario al petro y los que prefieren estudiar otras posibilidades; los que expresan su malestar y quienes creen que no se está señalando al verdadero culpable de esto. ¿Y todavía hay quien duda de la urgente necesidad de promover la más amplia discusión?

Debate y pasión parecen ir juntos, pero dialogar de verdad implica un acto de madurez, claridad y de mirada prospectiva: ¿dónde estamos parados? ¿Qué ganamos? ¿Qué perdemos si no dialogamos? ¿Cómo construir salidas y alternativas si seguimos apostando al “todo o nada”? Frente a quienes apelan al extremismo sin alternativas ni salidas, no solo toca dialogar, sino convertir este proceso en una actividad normal, vital para el progreso y la paz.

Rosa Pellegrino