HISTORIA VIVA | Carabobo y el contexto internacional

Aldemaro Barrios R.

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La batalla de Carabobo, cierra y abre un ciclo de la independencia suramericana, fue un evento local con muestras de arrojo de los soldados grancolombianos, así como de los irlandeses, ingleses, italianos, franceses, estadounidenses y españoles que se confrontaron en ese campo de batalla; en toda Venezuela, Cundinamarca y Quito donde se libraron luchas en un espectro continental bajo la genialidad estratégica y táctica de Simón Bolívar.

Al tiempo que en aquel campo se batían patriotas y realistas, en el Oriente y Occidente de Venezuela no descansaban ninguno de los dos bandos. Rafael Urdaneta y Cruz Carrillo hostigaban a las tropas realistas de Manuel Lorenzo en San Felipe; y José Francisco Bermúdez, con sus guerrilleros orientales y barloventeños, hacía lo propio contra las tropas de Pereira y Correa en Caracas. Fue una guerra de dimensión territorial y tácticas de amplio espectro que incluyó la guerra de los corsarios contra naves españolas, portuguesas y contrabandistas piratas en el Mar Caribe desde el Atlántico norte al sur. Guerra que no descansó el 24 de junio de 1821, sino que se movió hacia el sur y continuó en el mar.

Igual en el norte los gobiernos de las grandes potencias vigilaban los acontecimientos con sus agentes, espías e informantes que seguían y advertían paso a paso la movilidad de esa guerra que ciertamente fue mundial, aunque no ha recibido esa categoría, pero el mundo occidental pendía de los resultados de esa conflagración. Sobre todo porque España y parte de Europa recibieron durante tres siglos un alto porcentaje de metales preciosos y riquezas productivas generadas en las tierras de ultramar; ya la importancia del tabaco, el café y el cacao, frutas como insumos agrícolas, igual el cuero, la carne y los derivados de materias primas pecuarias resultaron riquezas que en el caso de España soportaba el 60% de su economía.

La crisis generada en Estados Unidos a partir de la guerra con Inglaterra desde 1812, dejó cicatrices aun frescas en 1821; cuando ocurrió la batalla en las planicies de Valencia en Venezuela. En los principales puertos de la potencia del norte de América se vivió una depresión generada por la sobreproducción capitalista y la saturación de los mercados europeos, así el pánico cundió en ciudades portuarias como Baltimore desde 1819.

Los grandes inversionistas financieros norteamericanos que veían caer sus negocios optaron por moverlos hacia puertos seguros, de allí que muchos capitales de EEUU fueron a parar a Londres, las lujosas mansiones que se construyeron después de la guerra con Gran Bretaña (1812-1815) quedaron vacías, no así las elegantes goletas que adquirieron prestigio en los mares con la marca “Baltimore Clippers”, entonces muchas fueron destinadas al mundo corsario. Miles de inmigrantes europeos, llegaron a ese puerto con los ánimos de aventuras corsarias patentadas por la república de Colombia ya en 1819, entusiasmados por la ganancia de los ataques a las embarcaciones españolas y portuguesas en el Caribe. De allí vino uno de los épicos de la independencia de Venezuela Agustín Codazzi, entre otros militares.

En Baltimore quedó gravemente afectada la poderosa flota británica que luchó hasta 1815, para entonces su poderío lo constituían setenta y cuatro cañoneras de línea, veinte fragatas, bergantines y balandras fuertemente armados, además de varios barcos bomba de poco calado montado con morteros que lanzaban un proyectil explosivo de 190 libras y lanzadores especiales que disparaban grandes cohetes incendiarios. Todos comandados por el general Robert Roos, veterano de las luchas junto al duque de Wellington en la guerra contra Napoleón. Roos encontró la muerte por el tiro de un francotirador estadounidense, curiosamente su cuerpo inerte fue introducido en un barril de ron jamaiquino y trasladado a Gran Bretaña para ser sepultado en 1814.

El mutuo respeto que se confirieron ambas potencias era equivalente a la fortaleza que logró reunir el Libertador Simón Bolívar y Luis Brión con las fuerzas navales patriotas y corsarias del Caribe, que fue respetada por las potencias a pesar de que esa fuerza naval era constituida fundamentalmente por corsarios de Baltimore dirigida por oficiales norteamericanos veteranos de la guerra entre Estados Unidos y Gran Bretaña, que, podemos decirlo, fueron leales a los patriotas suramericanos y resultaron un apoyo decisivo al cortar las fuentes de suministros al ejército realista de tierra firme.

El mismo John Quincy Adams se aferró al tratado de neutralidad entre España y EEUU, constantemente violado por los corsarios norteamericanos y algunas autoridades del puerto en Baltimore, pero además la carrera opositora que le hizo Henry Clay en el Congreso de EEUU al apoyar a los independentistas suramericanos, vista a una elección presidencial, y que finamente terminó apuntalando a Adams como presidente para asumir la Secretaria de Estado y colaborar con su antiguo enemigo. Como ocurrió con la otrora enemistad entre Gran Bretaña y EEUU que terminaron aliándose, a pesar de los arrebatos entre parte y parte, para quitar a los rusos las costas continentales del pacífico desde la hoy Brithis Columbia hasta California, donde el Zar había anclado sus fuerzas navales y tomado posesión de esas costas hasta que llegó la alianza británica y estadounidense para repartirse esos territorios.

Desde la osadía de los patriotas venezolanos entre otros al ocupar la Florida en 1817, Estados Unidos apuró la ocupación continental del norte, tal percepción también la tuvieron los ingleses, aunque ellos abogaban por una relaciones comerciales con los suramericanos en vez de una intervención militar como la que propuso el ministro austriaco Klemens von Metternich para la recuperación de la monarquía española, pariente pobre de la Santa Alianza.

Y es que la misma Santa Alianza (Prusia, Rusia y Austria) incluyendo Francia y España no tenían la fuerza para enfrentar a la armada británica ante una pretensión de reconquistar América meridional, es lo que nos señala la historiografía tradicional pero no destacan el poderío naval con que contaban Bolívar y el almirante Luis Brión en el arco marítimo caribeño y del Atlántico ni las verdaderas razones porque una poderosa armada como la británica no se arriesgó a surcar las aguas caribeñas con ínfulas de conquista.

Sin embargo, posterior a la “anunciación” de la Doctrina Monroe (1823) inspirado por el mismo George Canning ministro de asuntos exteriores de Gran Bretaña, quién advirtió en 1824: “La cosa está hecha; el clavo está puesto (…) la América Española ya está libre; y si sabemos dirigir bien nuestros negocios, será británica” (1). Canning fue consejero del Rey Jorge IV durante los años 1820 al 1822, un hábil político que movía sus piezas en el ajedrez político inglés. Cuando el canciller británico Robert Stewart, Lord Castlereagh, se suicidó en 1822, Canning asumió las relaciones exteriores del reino británico. Lord Castlereagh para 1821 ya mostraba signos de inestabilidad mental que terminaron en su suicidio.

El triunfo de Carabobo visto desde los distintos ángulos de una guerra internacional fue el resultado de una compleja fórmula táctica y estratégica cuya escenario internacional fue favorable para los patriotas en el entendido que las grandes potencias interesadas en los recursos de Suramérica se encontraban disminuidas por las continuas guerras en la repartición del mundo de entonces. Posterior a la batalla se impuso la Doctrina Monroe en el continente hasta que EEUU logró la hegemonía política al sur del Río Grande.

Aldemaro Barrios R. | venezuelared@gmail.com

(1) Some Official Correspondence of George Canning [1821-1827], Volumen1. Longmans, Green and Co. and New York 1887.