DATE CON LA CIENCIA | Sinfonías agroecológicas campesinas

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Estudian tejidos y compases sociales de la agroecología en asentamientos guaros

“Uno siente en los ojos
y en los dedos
la presión, la paciencia,
el trabajo
de gérmenes y bocas,
de labios y matrices.
El viento lleva ovarios.
La tierra entierra rosas.
El agua brota y busca.
El fuego hierve y canta.
Todo
nace”.
Pablo Neruda, en Oda a la fertilidad de la tierra

Montaña adentro, a una hora de Barquisimeto, hay tres asentamientos campesinos donde hoy todo es un bien común. Monte Carmelo, Bojó y Palo Verde resuenan como una orquesta agroecológica en el corazón del municipio Andrés Eloy Blanco, en el estado Lara.

Desde los años 70, más de 120 familias y sus nuevas generaciones han cultivado una mística de organización y trabajo como una suerte de sinfonía. Estas familias rurales mueven sus brazos, sus mentes, sus piernas, sus miradas, con tal sincronía que pareciera que bailaran a un mismo son: comparten sentimientos, ideas, narrativas, experiencias, territorios, alimentos. Monte Carmelo, Bojó y Palo Verde encontraron su camino en la organización comunitaria en torno a prácticas y saberes ancestrales agrícolas, profundamente humanos y en armonía con la naturaleza. Dichos pueblos son la cuna de la agroecología en Venezuela.

Esta organización campesina, conocida como La Alianza, fue estudiada por la científica venezolana Olga Domené, durante cuatro años. Una médica veterinaria que cursó una maestría en Agroecología, en la Universidad Pinar del Río, en Cuba; y acaba de culminar un doctorado en Ecología, en el Colegio de la Frontera Sur, en México. Es fundadora del programa de formación de Agroecología de la Universidad Bolivariana de Venezuela.

La investigación de esta maracayera cerró en el año 2020, en plena pandemia de covid-19. Olga encontró que, en estos caseríos, el conuco es un espacio de aprendizaje, convivencia y subsistencia, gestionado generalmente por mujeres, niños y niñas. El conuco es una unidad de producción —básicamente familiar, que cobra vida en los patios de las casas— donde se cultivan especies locales, que van desde plantas alimenticias hasta plantas medicinales, incluso plantas que limpian el alma, porque las enfermedades no son solamente físicas. El espacio-tiempo es fundamental, en esta estrategia: las familias poseen una sabiduría profunda del territorio para saber dónde, cuándo y en qué tiempo van a sembrar y a cosechar. Hay asociaciones y diversificación de especies. Del conuco, se alimenta la familia, a diario. Allí tienen topocho, yuca, maíz, caraotas; algunas raíces que se manejan en la zona; plantas medicinales; gallinas, cabras, vacas.

Otro resultado interesante del estudio es la emergencia de sinfonías agroecológicas situadas cuyo ritmo favorece la aparición y la permanencia de la organización comunitaria, a partir de la conformación de un tejido social, con intersubjetividades que no solo ven el territorio como un espacio biofísico, sino como lugares simbólicos con historia, donde se imbrican saberes, haceres, sabores, pensamientos, sentimientos. Es un trabajo que evoca la magia de hacer música juntos, pero a través de sincronías simbólicas en un tiempo compartido y vivido simultáneamente. Una agroecología construida desde las bases, desde las prácticas en la relación social, desde una grafía del poder distinta, que ha transformado la realidad del municipio Andrés Eloy Blanco, de forma colectiva: campesinos sin tierras han entrelazado una red de organizaciones con poder. Bajo esa visión, lo social es lo relacional.

La investigación de Olga sobre los procesos de territorialización de la agroecología en los alrededores de Sanare parte de una perspectiva sociohistórica crítica, que deja atrás teorías y categorías de análisis impuestas desde las ciencias convencionales. Es un estudio hecho desde el tejido comunitario, a partir de la sistematización de experiencias y relatos. Este método permitió retejer un suceso histórico que visibiliza cuáles han sido los factores y los dispositivos sociales que han hecho posible el avance de la agroecología en el estado Lara.

Entre los hallazgos, sobresalen algunos componentes transformadores: 1) la organización horizontal como base para la participación comunitaria, que favorece la consolidación de diversas cooperativas y asociaciones. 2) La importancia de los procesos educativos movilizadores como estrategias claves para la territorialización de la agroecología. Un ejercicio que visibiliza un sujeto pensante atípico: el maestro-pueblo, cuya pedagogía emerge en la oralidad, lee el tiempo y no cosifica la vida, sino al contrario: se inmiscuye dentro de ella. Un maestro que infiltra un currículo otro y propicia estructuras como la escuela campesina. 3) El rescate de culturas y conocimientos ancestrales, despreciados por la modernidad eurocentrista, los cuales protegen la vida. 4) El rescate y la multiplicación de semillas locales, semillas autóctonas, así como la construcción de laboratorios comunitarios de bionsumos.

En dichos procesos, la contribución de las mujeres ha sido vital para sostener la vida. Las mujeres han conquistado espacios, garantías y roles, una lucha muy difícil en el mundo rural. Son lideresas comunitarias, con abundante poder en sus lugares de trabajo y de estudio; muchas son maestras. Viven en la búsqueda de nuevos lugares para recrear horizontes diferentes.

Las expresiones de solidaridad, de trabajo colaborativo y de complementariedad, necesarias para crear y mantenerse en resistencia en los territorios campesinos, se manifiestan en todos los rincones vitales de Monte Carmelo, Bojó y Palo Verde. En cayapa, las familias ayudan a construir las casas de otros compañeros de las comunidades, limpian las vías, organizan ferias de alimentos.
El estudio muestra que el sonido de las sinfonías también cambia en el tiempo. El tema intergeneracional es importantísimo. Hay nuevos desafíos, nuevas amenazas, nuevas oportunidades.

Los fundadores y las fundadores de esta organización campesina recuerdan que el primer acorde en las montañas de Sanare fue una campaña de alfabetización campesina influenciada por tres corrientes de pensamiento: la Teología de la Liberación, de los padres jesuitas que llegaron allí y se asentaron en el territorio; la presencia del movimiento guerrillero de Argimiro Gabaldón, con su ideario de construir bienestar colectivo; el movimiento cooperativista de los 80, cuyos principios de ayuda mutua, unión, responsabilidad compartida prevalecen aún. En esta liga de cooperativas que se llama La Alianza, participan Las Lajitas, Moncar, 8 de Marzo, la Asociación Monte Carmelo, Palo Verde; todas aportan a la Central de Cooperativas del estado Lara (Cecosesola).

Hoy, la poderosa organización de estos movimientos campesinos recorre toda la entidad. Las ferias de consumo familiar que son parte de Cecosesola fueron una idea que inició en los años 80, en las aldeas de Sanare, cuando estaban bajo los designios del mercado y, muchas veces, todo se lo llevaba el intermediario. Entonces, comenzaron su primera experiencia de venta directa de alimentos, y fue toda una bendición en Barquisimeto. A partir de ahí, llegaron las demás ferias. Ya van tres grandes abastos, que son un oasis para miles de familias guaras. En los últimos años, en Palo Verde, las mujeres tomaron la iniciativa de crear bodegas comunitarias donde se distribuyen alimentos sanos, sabrosos y soberanos, a precios solidarios.

Esta es una investigación local sobre la comunalidad y la agroecología que se cultiva en territorios venezolanos. Conocimientos que nos dan luces de otros haceres organizativos, formativos y productivos, para tomar grandes decisiones.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto